Hipocondría y decadencia

Por si no se tuviesen a estas alturas de la vida ya bastantes obsesiones todavía me va apareciendo alguna nueva, y no precisamente del tipo que tendría en mente cierto escritor para afirmar que “si no tienes al menos una obsesión tu vida no merece la pena”. A la recién llegada podemos llamarla hipocondría, más bien por inexistencia de un término científico exacto que mente el pavor lógico a que uno recoja lo que lleva sembrando mucho tiempo, con dietas manifiestamente mejorables, ejercicios físicos notoriamente parcos, así como generosas ingestas de nicotina que se retrotraen a cuando uno producía agua limón por toda simiente.

Antes de los temores hipocondríacos, es decir hasta antesdeayer mismo, uno todavía se iba haciendo el valentón alardeando de que sus últimas zapatillas deportivas databan de primero de BUP, o que el último reconocimiento médico se lo había hecho con treinta años, ofreciendo unos imprevistos buenos resultados, por lo que urgía seguir haciendo lo mismo las siguientes tres décadas, por aquello de que lo semejante llama a lo semejante. Idiotez mayúscula que tampoco era del todo descartable que enmascarase una alergia a las pruebas médicas, considerando que en aquellas últimas que hice, de empresa, los trabajadores tuvimos que pasar en un momento dado por la poco glamurosa circunstancia de coincidir en una sala de espera acarreando nuestras respectivas micciones en muestras envasadas, cuya transparencia (la de los tarros se entiende) provocaba una fuga de intimidad que se escapaba también, con perdón, a chorros.

Otro temor subyacente a la recién estrenada hipocondría es que a estas alturas se tiene la sensación de haber padecido muchas de las desgracias estándar que le pueden caer hoy en día a un murciano medio, sin excluir tampoco la comparecencia de alguna realmente exótica, en infortunios que uno tiende a pensar no haber convocado, con lo que se acaba albergando auténtico terror a la jugarreta que es capaz de deparar el destino si se le tienta de verdad, de manera que ahora, por no hablar de temores más crudos, cuando me sobreviene la tos pienso que se va a quedar para siempre, de la misma forma que un dolor de muelas hace temer que lo próxima que escriba aquí lo haga ya parcialmente desdentado.

Supongo que si no una hipocondría desbocada, sí una cierta lógica preocupación por la salud es consustancial a lo que pomposamente podemos llamar el amanecer de la decadencia, habiendo dejado atrás aquella sensación de invulnerabilidad, como se fue también aquella otra autopercepción de crecimiento permanente en un espacio infinito, para verte ahora en cambio menguante entre paredes que cada vez se estrechan más. Así, uno barrunta que ha de amoldarse a la gestión de una decadencia que cuesta asumir, de la misma forma que a comienzos del siglo XVII el Conde Duque de Olivares se resistía a captar el ocaso de la monarquía que gobernaba, moviendo sobre un mapa de Europa ejércitos de existencia fantasmagórica, totalmente rebelado frente a la realidad, aunque con todo hay que reconocer que siempre ha tenido más mérito rebelarse en decadencia, y además siempre se puede contar con ese excepcional combustible que es la rabia acumulada.

27-1-2016

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Diletantes, excéntricos y raros

La heterodoxia puede ser socialmente asumida de diversas formas, así nos podemos encontrar con cierta fascinación hacia el diletante solitario cuya riqueza le permite entregarse a lunes de ‘dolce far niente’, en los que sopesar que nuevos cuadros añadir a su colección, relamiéndose ante la perspectiva de su futura contemplación bajo el dulce sopor de alguna droga decadente como el opio o la morfina. De igual manera, también puede gozar de la aceptación común el excéntrico cuya brillantez en un determinado campo le disculpa su retraimiento y torpeza en las relaciones humanas, pero ay como no se sea ni rico ni artista, ni príncipe ni dentista hay que olvidarse de las luces de bohemia y darle la bienvenida a la tenebrosidad con la que se mira la rareza sin ton ni son.

En todo esto también influye una discriminación por edad, ya que un veinteañero solitario parece tener ojos soñadores en la misma medida que a la soledad de un cuarentón se le va poniendo la mirada turbia del perturbado, pero creedme que puede haber metamorfosis todavía menos embriagadoras, o si no ¿quién nos puede asegurar que aquel ‘fanzinero’ salvaje de la época de la universidad no sea hoy un mesurado votante de Ciudadanos?, siendo lo más probable también que aquella flor negra de colegio de pago que decía “yo es que soy muy radical” y que te animaba vehementemente a escribir, ahora lleve pendientes de perlas y lo único que recomiende con énfasis sea el programa de Bertín Osborne, desde la indignación frente a tanta telebasura.

14-1-2016


Contracorriente

Ahora que uno cuando sale tiene la sensación de estar fuera de lugar en la mayoría de sitios, debiendo acudir hacia los locales ideados para gente de su edad, ya que de no hacerse así, te expones a incidentes como el que me pasó la otra noche al entrar a un bar, en cuya puerta tuve que escuchar de las espadas como labios de una flor de arroyo un “uy pensaban que entraban mis yayos”, que bajo una irredimible rebeldía frente a la realidad todavía fue interpretado en un primer momento como una probable confusión con ciertos amigos suyos, tocayos de alias por algún extraño azar, y eso por no suponer que quizás lo que dijo, impresionada por nuestra fulgurante aparición, fuese un “uy pensaba que entraban mil rayos”, que es lo que reclamaba nuestro donaire, amigo Sancho.

De esta forma, a menos que se abracen quimeras no queda más remedio que dejarse pastorear a los rediles prescritos, a los bailes de máscaras en los que el maquillaje no puede encubrir el poso de tristeza en los ojos que dejaron los sueños rotos, heridas que ahora sangran en hemorragias de colorete a las cinco de la tarde. Y paro ya porque como siga por estas simas reflexivas todavía voy a caer en una espiral constructiva del tipo deportivo-senderista o algo mejor, cordura que estaría muy bien cometer si no fuera porque a estas bajuras ya no se puede redimir un alma verbenera imbuyéndola de espíritu Boy Scout. Con lo que no queda otra que unirse a la fiesta, y ya que nos ponemos habrá que hacerlo también de manera entusiasta, como es mi caso, pudiéndolo acreditar así innumerables testigos.

Pero existe un viejo oasis, un bar que destensa a los que acuden hasta el punto de poder darse el lujo de prescindir de portero, un lugar en el que podrán ser un poco reiterativos con la música, pero que no realizan concesiones a gustos masa, sin darle tampoco carrete a las imposturas musicales como catedrales erigidas por los gurús de turno o los aspirantes a su púrpura. Un sitio parco en decoración, lujo de la desnudez que no resulta privativo de la belleza sino que también se lo puede permitir la verdad, no haciéndole falta ningún pastiche decorativo como ese que, por ejemplo, usa libros como atrezo, aglutinando Murcia en este sentido la triple conjunción de los índices más bajos de desarrollo, los porcentajes más altos de voto conformista y el mayor número de bares por habitante que usan libros para decorar, ya sea en su vertiente de libro real humillado, o bien en la de utilización de falsos libros huecos, “calabozos de aire” como el reloj de Cortázar. Con este panorama, no digáis que no dan ganas de ir aunque sea de vez en cuando a contracorriente.

3-1-2016


Vísperas de malaje

Puede parecer mentira, pero en estos tiempos de ligoteo directo por guasaps, redes sociales o tínderes, todavía hay cosas que se cuecen como siempre, con prolegómenos repletos de obstáculos en los que se siguen prodigando malajes épicos, que desde luego serán cometidos por ambas partes, aunque me vais a permitir que hable preferentemente de los de ellas, porque solo faltaba que no se le permitiese a cada uno sangrar por su herida.

En el escalafón de las maldades debería estar el darle a un pobre diablo un número de teléfono hurtándole a propósito la última cifra, para que el infeliz tenga que llamar a todas las combinaciones posibles, devanándose en un devaneo que con tanto divismo por la otra parte no puede augurar nada bueno. Claro, que también hay malajes que si se realizan por una buena causa son más perdonables, como el que hizo una conocida mía tras saber que iba a compartir techo en habitaciones separadas con alguien que le gustaba, para cuya seducción ideó el sortilegio de envenenarle la almohada con su perfume, sutileza que hay que reconocer que difícilmente concebiría un tío, siendo ya complicado incluso que llegue a captarla.

Lo que sí que nunca voy a entender de algunas de ellas en estas tesituras es lo que podríamos llamar su “gestión del silencio”. Admito que pese a que te hayan dado el móvil, cuando te lances a dar el primer paso puedas quedar expuesto a que te basureen con una callada por respuesta. Entra dentro de las reglas del juego, se asume y ya está. Pero ya resulta menos entendible que tú uses algún prosaísmo para romper el hielo y que te contesten después de un muy dilatado periodo de tiempo, extensible incluso a cuatro o cinco días, haciendo ya imposible una naturalidad de por sí bastante espuria en estas situaciones, de manera que se deja así el mismo margen a la espontaneidad que el que debe prever el protocolo de la Casa Imperial Japonesa para sus cosas, con lo que entre esto y el revenimiento consiguiente a la absurda espera uno al final acaba desistiendo, y encima con peste a desinterés e inconstancia propia.

Claro que puede haber experiencias preliminares mucho peores, como la que padeció un amigo mío que teniéndola ya en casa y estando a punto no solo fue parado en seco porque sí, sino que además la tía mientras se iba todavía tuvo el cuajo de soltarle con muchas leyes un “y ahora no te vayas a masturbar pensando en mí”, incurriendo así en el totalitarismo más descarnado, nunca mejor dicho.

Aunque el ‘zasca’ más épico, que tuvo un arte que para hacerlo entendible en términos masculinos universales sería equivalente al taconazo de Guti en Riazor o al gol de toque sutil de Ronaldinho en Stanford Bridge, se lo propinó merecidamente por buitre a un amigo otra buena amiga mía con la que él nunca había hablado, aunque la tenía más que fichada, cuando al coincidir los dos en la cola de un baño, mi amigo expresando una duda de credibilidad insostenible le preguntó:

-“¿Tú eres amiga de Víctor?”

– A lo que ella respondió “sí”, girando acto seguido la cabeza y dando por concluida la conversación.

19-11-2015


Por una canción

Tengo una acentuada indiferencia musical que, por ejemplo, se traduce en que pueden pasar grandes periodos de tiempo sin que me ponga una canción en casa. Esto no implica que cuando estoy en un bar no me guste que haya música, o que no prefiera como todo el mundo un tipo a otro, ni tampoco comporta que de vez en cuando no descubra canciones que como buen obsesivo me guste escuchar un millón de veces seguidas, e incluso, ya desatado, puedo llegar a descolgarme perpetrando listas de reproducción en Youtube, cuya coherencia, eso sí, probablemente solo sea descifrable a la luz de la psiquiatría.

También en momentos de tribulación puedo echar mano de algún ‘Dignidad Mix’ compuesto por los  ‘Resistiré’ o ‘Qué sabe nadie’ de turno, porque ya se sabe como dijo aquella folclórica que “contra las penas puñalás”. Pero pese a todo esto, lo cierto es musicalmente soy bastante átono, por no poner cosas peores, ya que si voy a conciertos o festivales a los primeros siempre suele ser por motivos espurios, y a los segundos con la mentalidad con la que va la tercera edad a las actuaciones gratuitas de las fiestas de los pueblos, es decir a lo que les echen, al bulto, al cogollo, de manera que, confieso, ha habido festivales en los que voluntariamente habré escuchado un par de canciones.

Pero donde no ha llegado la pasión lo ha hecho la obsesión, de forma que he buscado con denuedo canciones desconocidas que me habían gustado, casi siempre con éxito, ya que lo hurtado a la indagación lo ha acabado brindando tarde o temprano el azar. A él me encomiendo para la última búsqueda ante la difícil pesquisa de una composición instrumental, escuchada en unas circunstancias muy particulares, en un momento que no tuvo por qué ser forzosamente bonito y ni tan siquiera agradable, pero con el que tuve la sensación de estar más vivo que nunca, en una época en la que uno comienza a tener esa viscosa impresión de que la vida se le está escapando entre los dedos.

21-10-2015


Pánico doméstico

Están el temor, el miedo, el espanto, el horror y lo que viví una noche del invierno pasado. Reduciéndolo a palabras sería un terror doméstico, adjetivo que aun conlleva un agravante, no por nada las películas que más canguelo nos dan son aquellas en las que El Mal se aposenta en el hogar de alguna inocente familia, desplegando con saña su nutrido repertorio de fechorías. Aunque de las de miedo procuro ver pocas y menos acompañado, que no queda muy digno ser incapaz de mantener una mínima compostura con los sustos, reaccionando a cualquier truco de guionista con entereza propia de damisela asustadiza del Antiguo Régimen.

Pero la cosa no fue de apariciones sobrenaturales, aunque sí hubo aterradoras presencias invisibles, y desde luego todo el drama se desarrolló en casa, en un espacio como el del hogar en el que uno los máximos horrores que había experimentado fue, viviendo solo, el de pasar todo un mes de octubre duchándome con agua fría por la desidia de no llamar al casero. O bien, el resultante de irte de fin de semana habiendo dejado un frigorífico abierto, teniendo que encarar luego, entre otras consecuencias, dos días de preocupación por sus desajustes de temperatura, afrontados con el desvelo del que tiene una criatura afiebrada. Y es que cuando uno deja de estar guarecido por lo previsible en el hogar, alterándose el “sota, caballo y rey” esperable, nos damos cuenta de que somos barro y poniéndonos en lo peor, incluso mierda, si llega a romperse la cañería menos oportuna. Pese a todo, en el horror que viví no hizo falta que se estropease nada, ya se encargaron una mezcla de desgana y torpeza de engendrar una mezcla letal, en sentido casi literal.

Todo empezó en una típica noche invernal de esas en la que uno está abotargado, apaciblemente mecido por la nadería del día a día y el noche a noche, recién pimplada mi ‘tonti-pizza’ de jamón york y queso, viendo por inercia la televisión desparramado en el sofá cual araña patuda abarcando toda su tela. En medio de toda esa laxitud, me dio un antojo de chocolate cuyo remedio estaba en la cocina. Solución que efectivamente estaba allí, pero por la vía drástica del trueque del capricho por el espanto, ya que al llegar me estampé con un escape de gas bastante desatado a juzgar por el fuerte olor que se desprendía, apreciable con bastante intensidad incluso por un fumador con el sentido del olfato bastante atrofiado como el que esto escribe. De manera que aquello a mí, de aprensión fácil también, más que oler ya directamente me apestaba a voladura inminente de todo el edificio.

Con escasa entereza, atiné a detectar que el causante del sindiós estaba siendo el botón mal enroscado de uno de los fuegos de la placa de cocina, cuyos botones comparten panel con los del horno en el que me había preparado la pizza. Vecindades que sumadas al empanamiento habían artillado una explosión en ciernes que debía llevar cociéndose como una hora, calculé. Entre temor y temblor, acerté a abrir las ventanas de la cocina y a cerrar la puerta con virulencia de quien está encerrando a La Bestia en una cámara sellada para toda la eternidad.

Y ahí acabó mi resolución, dudando angustiosamente a partir de entonces sobre qué hacer ¿voy avisando a los vecinos puerta por puerta? ¿Acaso no sería más rápido hacerlo abajo desde los telefonillos? Eso, ir llamándolos e ir diciéndoles algo así como “vecino soy el del quinto a, no te asustes pero sal de tu casa con toda tu familia que el edificio está a punto de explotar”. Con más tino también sopesé llamar a los bomberos, y que ellos calibrasen de acuerdo a la enjundia del escape el peligro real de explosión. Pero, ay, quién sabe si por los resabios que todavía tenemos de ese sentido rancio de la hidalguía de origen medieval, o por qué será, pero lo cierto es que todavía en ocasiones nos cunde más el miedo a la comedia que a la tragedia, de forma que lo descarté y ya embebido de mentalidad totalmente actual decidí buscar auxilio en Google.

De manera que ahí estaba yo en mi salita, a oscuras no se sabe muy bien por qué extraña asociación de ideas, buscando información desde el móvil sobre escapes de gas, de los que, para colmo, sólo obtenía los ejemplos más chuscos bajo la forma de noticias trágicas que eran las que por relevancia Google posicionaba primero, sin que por los nervios atinase tampoco a afinar mucho en las búsquedas. Por no hablar de que cada ruidito estándar, lógico de cualquier casa, a mí me desbocaba el corazón pensando que era el de la gran explosión.

Poco a poco fui reuniendo el valor necesario para asomarme por la cocina a oler la intensidad que tenía todavía la peste a muerte, y así fue pasando el tiempo, tranquilizándome lentamente lo suficiente como para que barajase incluso fumar un cigarro, que lógicamente no me atrevía a encender allí, pensando en bajar a la calle a echarlo, aunque finalmente no me atreví no fuese a explotar finalmente todo y todavía pensasen que había sido premeditado, incriminándome mi ausencia de la casa, mientras que mi presencia cercana al edificio fumando con aparente sosiego un pito, cual Nerón contemplando su obra, ya me arrojaba directamente a las tipologías criminales de la psicopatía, aunque siempre podría esgrimir ante los peritos informáticos policiales mis búsquedas desesperadas en Google como prueba de mi inocencia.

Lentamente pasaron las horas y el peligro se esfumó, aunque la jindama tardó mucho más en desaparecer, pese a que la información que fui recabando después rebajase bastante el peligro real que hubo dada la escasa importancia del escape, siendo por eso por lo que permito contarlo escanciando mis gotas de frivolidad habituales. De todas formas me gustaría pedir disculpas a hipotéticos lectores vecinales, por lo que pasó, o mejor dicho por lo que pudo pasar, y por enterarse de esta manera, por no hablar de que a lo mejor hubiesen preferido no enterarse absolutamente de nada bajo ninguna forma, pero necesitaba escribirlo y a mi manera que diría el otro, a modo de exorcismo, de conjuración definitiva de aquel miedo que pasé, de aquel horror, de aquel espanto, de aquel pánico doméstico.

7-10-2015


Los impostores

Hace unos meses grabaron a unos pobres diablos en la puerta de un festival, satisfechísimos de escuchar en directo a esa banda tan rompedera sobre la que les preguntaban, diciendo incluso los más iniciados que ya la habían disfrutado en varias ocasiones sobre el escenario. Grupo que era en realidad perfectamente inexistente, fruto exclusivo del malaje de alguna mente calenturienta, emperrada en burlarse de la obligatoria omnisciencia musical que han de exhibir por férrea normativa tribal ‘indies’, modernos y asimilados.

Una trampa muy parecida muñeron recientemente contra unos pacíficos bebedores de cerveza artesanal, a los que sometieron a la ordalía de darles a probar una barata de supermercado, haciéndosela pasar por una manufacturada ‘top’. Cayeron casi todos, pero tampoco es plan de hacer mucha sangre porque si a un bebedor recurrente de ron como el que escribe, le pidiesen que distinguiese el sabor de su marca entre varias opciones, probablemente erraría. Ya me gustaría a mí tener la sutileza de paladar de por ejemplo esos catadores de agua, que se deleitan en maridajes de hidrógeno y oxígeno a los que pueden llegar incluso a adjudicar el estatus de ‘premium’. Aunque, por si acaso, yo de ellos visto este frenesí por desenmascarar iría ya echando el cuerpo a tierra.

De todas formas, la manera más difícil de mantener una impostura es ante los amigos, pudiéndose hacer un paralelismo con lo que decía el político aquel acerca de que los miembros de los otros partidos podían ser adversarios, pero los peligrosos de verdad son los que están en tus filas. Esto lo sabe bien uno que yo me sé, al que maliciosamente preguntaron en una comida organizada por anfitriones cómo estaba la carne de la hamburguesa, a lo que no pudo por menos que responder cumplidamente que era una ternera tiernísima y riquísima, sin duda una de las mejores que había probado en su vida, hasta que alguien le rebajó el éxtasis diciéndole que era atún.

Y es que impostar no es nada fácil, requiriendo de habilidades muy desarrolladas, desde luego muy distantes de las de un compañero frecuente de remotas partidas de póker, quien cuando iba armado hasta los dientes tenía la costumbre de prodigar bostezos, consiguiendo en vez del efecto perseguido sembrar el terror en sus adversarios, que huían de la mano despavoridos. Todavía espeluznaba más el espíritu que solía poseer a otro de los jugadores en trance de llevar buenas cartas, y que se manifestaba haciendo hablar con las eses a su poseído.

Hay veces que si bien las circunstancias no obligan a ser impostor, sí lo hacen a fingir, para que no se te note el degüello en los ojos, como a los integrantes de cierto grupo de música contratado para amenizar una boda con sus versiones rock, que tuvo que tragar veneno con un público imposible que despoblaba la pista de baile con sus canciones y que cuando ellos descansaban la llenaban para romperse en los clásicos temas BBC. A ellos al menos nadie les quitará la lucidez, aunque sea amarga, cuya carencia sí afectó a otro grupo que tocaba este verano en una discoteca de playa en una noche de calor infernal, en la que el único oasis bajo la forma de sala con potente aire acondicionado era precisamente donde ellos estaban, lo que provocó un efecto llamada multitudinario que el cantante malinterpretó viniéndose arriba y dándolo todo cada vez con más ahínco. “Así me gusta que se corra la voz”, decía no yendo del todo desencaminado, aunque obviando que la velocidad de aquella corría paralela al aire.

En ocasiones mantener la máscara en su sitio tiene incluso más mérito, pongámonos de nuevo en la veta inagotable de algún amigo mío, supongamos que una noche has invitado a cenar en casa a alguien con quien llevas meses de pico-pala (de momento infructoso), a otra amiga de la receptora de tanto esfuerzo y a un inevitable amigo tuyo. Imaginemos que nuestro protagonista está de pie junto a la mesa de la cena recién acabada, castigando a sus invitados con un elevado discurso en plan mitad Savonarola mitad José Carlos Díez, y que de repente a ella le da por ponerse a acariciarle subrepticiamente la pantorrilla, mientras que él sigue de pie hablando con naturalidad espuria tratando de disimular su empalme (en sentido figurado creo). Como la cosa iba después de mojitos, fruto de la motivación los fue elaborando con una perfección y productividad asombrosas, en unos de los pocos trabajos manuales que ha realizado en su vida y desde luego el mejor de todos, descontando los dedicados a sí mismo.

Pero aun puede haber mejores impostores de naturalidad como, desde luego, otro amigo que en una fiesta nocturna veraniega, aledaño a la piscina de la casa estaba hablando con la mujer de un tercer compadre con la que tampoco tenía una gran confianza. Entonces el marido y sin embargo amigo tuvo la ocurrencia de gastar la broma parvularia de bajarle el bañador hasta los tobillos, que ya son ganas también de ponerle tentaciones delante de las narices a tu mujer, pero lo mejor del caso es que los dos mantuvieron la conversación como si literalmente nada hubiese pasado, sin que él ni siquiera hiciese el conato de revestirse hasta unos buenos segundos más tarde.

Qué más da que el rey vaya desnudo.

20-9-2015


El auto whatsapp

La torpeza es un atributo letal en esta era de ‘hiperconexión’ tecnológica. Quien más quien menos, acumula errores veniales como enviarse un tuit a sí mismo en vez de al destinatario pretendido, o bien, ha estado a punto o incluso materializado la publicación en el muro de Facebook de un nombre que tan solo se quería escribir en el buscador, efectuando así un homenaje involuntario a la otra persona, que de repente se ve alentada como los ciclistas a los que se les estampa su nombre en el asfalto de los puertos de las etapas de montaña.

Correos electrónicos para enviar un currículum requerido, que la precipitación hace enviar sin adjuntar el archivo correspondiente, en un aturullamiento especialmente lesivo si el trabajo pretendido es en el ámbito de las nuevas tecnologías. Cosa que a mí no me ha sucedido ni espero que me vuelva a suceder nunca más. En cambio, sí he dejado por imposible evitarme el sobresalto producido por el silbido de aviso del email recién auto enviado (voluntariamente). Por si sirve de descargo, leí que Einstein no dejaba de aguardar ilusionado como un infeliz todos los años la llegada de la primavera, pese a que invariablemente siempre le acarreaba una feroz astenia. De manera que si hasta los genios tienen problemas en ocasiones con el principio de causalidad, que no nos ocurrirá a los encarnados en carne mortal.

Por no entrar en otra vertiente, como es la de los ‘accidentes tecnológicos’ no debidos a torpeza alguna, si acaso a la negligencia de, por ejemplo, no asegurarte de tener el móvil bloqueado. Con todo, esto también puede dar lugar a insospechadas y felices consecuencias, como las sobrevenidas una vez en tiempos SMS al enviar un accidental mensaje en blanco. Aunque esta ‘serendipia’ fue cuestionada por el examen pericial de un riguroso comité de amigos en modo comadre, que detectó la necesidad de que el azar hubiese concatenado en el teléfono hasta ocho precisos pasos, cuya ligazón fortuita, según ellos, dejaba en cosa pedestre los zigzagueos imposibles adjudicados a la ‘bala mágica’ justificativa de la existencia de un asesino solitario en la muerte de Kennedy.

Nadie está a salvo de pifiarla con estrépito, en la vida en general y no digamos con el WhatsApp en particular. Da igual lo inteligente que uno sea, que se tenga una titulación técnica obtenida a curso por año en una universidad pública, que se haya culminado un doctorado, o se domine uno de los idiomas más difíciles que pueda existir sobre la faz de la tierra. Que siempre llega tu hora:

Con todo, la frontera entre cometer una estupidez y una genialidad puede ser mucho más porosa de lo que parece, ya que hablar con nuestro yo ebrio de la noche anterior seguro que va más allá de la ensoñación de cualquier genio visionario de Palo Alto, o de la fértil imaginación tenebrista de los guionistas de Black Mirror. Y mientras tanto, la espectadora de semejante diálogo de singularidad cósmica muda. Seguro que por no romper la magia del momento.

 

10-9-2015

Muchas gracias

Os espero en http://www.laopiniondemurcia.es/blogs/la-errancia_1/


Constatación en un domingo de verano (en Molina)

¿Y quién no recuerda siempre,
a todas horas, a oscuras,
la sombra de aquellas caricias
que titubeaban?

José Luis Cuerda

Escribo esto para infligirme una terapéutica constatación: ya no soy joven. Para todo el mundo la evaporación de mi juventud puede ser una obviedad desde hace mucho tiempo, pero para mí la asunción de la circunstancia ha sido mucho más lenta y dolorosa, haciéndolo de manera tan tardía que incluso se cernía el peligro insólito que dentro de un año le fuese a sobrevenir una crisis de los cuarenta a un muchacho en plena juventud. El caballo te puede dar muchos revolcones, pero ahí sigue uno manoteando para intentar asir de nuevo las riendas con la incoherencia de quien pretende cabalgar un tigre salvaje, albergando la vana ilusión del que todavía aspira a ir en volandas por la vida, amarrándote para ello a la cancha como equipo sudamericano en Copa América, o mi amigo Pochitov al Musik ya sin música.

Pero cuando uno tiene se tiene que humillar y ponerse unos pantalones cortos para ejercitarse combatiendo una incipiente barriga, o se escruta día sí día también la coronilla temiendo evoluciones más devastadoras que las del agujero de la capa de ozono, ya no hay ‘dulce pájaro de juventud’ que pueda sostener su trino. Por no mencionar el estar dándolo todo arrastrando tu talento enrobinando pendiente y que te escupan un “tú debiste ligar mucho…..en tus tiempos”. Frente a esto, uno se queda exangüe, y solo le queda apelar a lemas rancios como el de cierta marca de colonia dirigida a caballeros maduros, que proclamaba que impregnarte con su esencia significaba detentar “la diferencia entre los hombres y los chicos”.

Ahora le dan a uno ganas de vivir en la Viena de entreguerras que cuenta Zweig, en la que los jóvenes se teñían de gris porque la juventud era la peste y para ser importante o meramente tenido en cuenta había que aparentar vejez, bien lejos de este ‘forever young’ de ahora, extinguido ya hace tiempo también el espíritu de esas juventudes anarquistas que a diferencia de las socialistas o comunistas no ponían límite alguno de edad para militar en ellas.

Sales de noche y menguan los sitios en los que no estás fuera de lugar, y a partir de cierta hora ya no hay ninguno, como bien saben las tías de mi generación que no asoman el pelo, imbuidas de toda la dignidad que nos falta a nosotros. Por no hablar de las comidas con la totalidad de tu grupo de amigos, en el que sin darte cuenta de repente han florecido un montón de niños pequeños, preguntándote de dónde cojones ha salido tanto crío así como de repente.

Con todo, uno tiene la sensación  de que nunca va a madurar, que pasará de lo verde a lo podrido directamente, trabajado por el paso del tiempo, que suele quitarte todo lo que preveías sin dejarte más que las migajas de lo que aguardabas, con el regusto a ceniza en la boca que dejan los fracasos aunque se intenten enjuagar con besos. “Hablo con la humildad, con la desilusión, la gratitud de quien vivió de la limosna de la vida” escribió José Hierro, y si a uno a día de hoy le conmueve esto es que ha dejado de ser joven. No tiene nada que ver ya con los adolescentes de la fea ciudad en la que vivo, que en pleno invierno las noches de los fines de semana copan los bancos de la plaza del ayuntamiento, sin dinero para meterse en ningún sitio, ni siquiera para hacer botelleo, desafiando al frío, a la tristeza, al consumismo, a la crisis, al capitalismo y a lo que se les ponga por delante, incluyendo al tiempo.