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Constatación en un domingo de verano (en Molina)

¿Y quién no recuerda siempre,
a todas horas, a oscuras,
la sombra de aquellas caricias
que titubeaban?

José Luis Cuerda

Escribo esto para infligirme una terapéutica constatación: ya no soy joven. Para todo el mundo la evaporación de mi juventud puede ser una obviedad desde hace mucho tiempo, pero para mí la asunción de la circunstancia ha sido mucho más lenta y dolorosa, haciéndolo de manera tan tardía que incluso se cernía el peligro insólito que dentro de un año le fuese a sobrevenir una crisis de los cuarenta a un muchacho en plena juventud. El caballo te puede dar muchos revolcones, pero ahí sigue uno manoteando para intentar asir de nuevo las riendas con la incoherencia de quien pretende cabalgar un tigre salvaje, albergando la vana ilusión del que todavía aspira a ir en volandas por la vida, amarrándote para ello a la cancha como equipo sudamericano en Copa América, o mi amigo Pochitov al Musik ya sin música.

Pero cuando uno tiene se tiene que humillar y ponerse unos pantalones cortos para ejercitarse combatiendo una incipiente barriga, o se escruta día sí día también la coronilla temiendo evoluciones más devastadoras que las del agujero de la capa de ozono, ya no hay ‘dulce pájaro de juventud’ que pueda sostener su trino. Por no mencionar el estar dándolo todo arrastrando tu talento enrobinando pendiente y que te escupan un “tú debiste ligar mucho…..en tus tiempos”. Frente a esto, uno se queda exangüe, y solo le queda apelar a lemas rancios como el de cierta marca de colonia dirigida a caballeros maduros, que proclamaba que impregnarte con su esencia significaba detentar “la diferencia entre los hombres y los chicos”.

Ahora le dan a uno ganas de vivir en la Viena de entreguerras que cuenta Zweig, en la que los jóvenes se teñían de gris porque la juventud era la peste y para ser importante o meramente tenido en cuenta había que aparentar vejez, bien lejos de este ‘forever young’ de ahora, extinguido ya hace tiempo también el espíritu de esas juventudes anarquistas que a diferencia de las socialistas o comunistas no ponían límite alguno de edad para militar en ellas.

Sales de noche y menguan los sitios en los que no estás fuera de lugar, y a partir de cierta hora ya no hay ninguno, como bien saben las tías de mi generación que no asoman el pelo, imbuidas de toda la dignidad que nos falta a nosotros. Por no hablar de las comidas con la totalidad de tu grupo de amigos, en el que sin darte cuenta de repente han florecido un montón de niños pequeños, preguntándote de dónde cojones ha salido tanto crío así como de repente.

Con todo, uno tiene la sensación  de que nunca va a madurar, que pasará de lo verde a lo podrido directamente, trabajado por el paso del tiempo, que suele quitarte todo lo que preveías sin dejarte más que las migajas de lo que aguardabas, con el regusto a ceniza en la boca que dejan los fracasos aunque se intenten enjuagar con besos. “Hablo con la humildad, con la desilusión, la gratitud de quien vivió de la limosna de la vida” escribió José Hierro, y si a uno a día de hoy le conmueve esto es que ha dejado de ser joven. No tiene nada que ver ya con los adolescentes de la fea ciudad en la que vivo, que en pleno invierno las noches de los fines de semana copan los bancos de la plaza del ayuntamiento, sin dinero para meterse en ningún sitio, ni siquiera para hacer botelleo, desafiando al frío, a la tristeza, al consumismo, a la crisis, al capitalismo y a lo que se les ponga por delante, incluyendo al tiempo.


Esplendor entre tinieblas

Cuando me levanto por las mañanas y enchufo un viejo ordenador que al encenderse ruge como si hubiese puesto en marcha la nave Enterprise, alzo la mirada y parte de la vista que tengo es este paredón:

paredon

Una mole que si llegan a tenerla en Berlín este por muro todavía estarían desafiando al capitalismo.

He omitido en la foto parte de la visión, ya que a escasos metros justo enfrente de mí,  sobresaliendo del flanco derecho del mazacote, irrumpen las ventanas de un edificio de gente de paso, prescindiendo de su exhibición desde el trauma de lo que me ocurrió un verano. Concretamente el que pasé redactando una tesina extensa, intensa y virgen de lectura no forzosa. El mamotreto lo amasé, además, bajo la veda de alivios por estar también condenado por una de mis ruinas cíclicas. Para colmo, en uno de mis alardes manazas me las arreglé para desvencijar con pocos días de diferencia el mecanismo corredero de la cortina y el de la persiana de la salita desde la que escribo. De manera que ahí tuve que estar yo, dándolo todo por revolucionar el conocimiento histórico bajo el acoso del sol y el calor, ya que tampoco me atrevía a cambiar de habitación el chiringuito informático desde la certidumbre de que algo luego no funcionaría.

Como todo es susceptible de empeorar, en la cercana ventana de enfrente a una pareja le dio por no parar ‘dale que te pego’ a todas horas, desbragados también aunque en su caso desconozco si forzosamente de cortina y persiana. Aunque hubiesen incitado al voyeurismo, que más bien no, mejorando lo escribiente, el problema era concentrase en semejantes circunstancias. Además, al terminar, alguno de los dos siempre se asomaba por la ventana, topando invariablemente con la imagen de un tipo que figurarían simulando mirar una pantalla de ordenador. Encima, por las mañanas, si bajaba a desayunar al único sitio que estaba abierto en leguas a la redonda en agosto, allí estaban ellos mirándome con caras raras. Ubicuos e inexorables como las apariciones fantasmales de los relatos de Poe.

Si hubiese optado por escapar a la calle, la sensación fantasmagórica no hubiese mermado por el exilio general a las playas, en un sitio ya de por sí con el tenebrismo bastante desatado, y que ha dado pábulo a  historias que afirmaban que la población se estudiaba en una facultad de arquitectura de Japón como culmen de fealdad. Desconozco si sabiendo allí, además, que cuando muere alguien sale un coche pregonándolo, en ocasiones con alias del finado incluido. Este panorama de cárcel y entierro me recuerda a la tesitura del tío de Tony Soprano, quien estando en el trullo por sus múltiples delitos, para obtener permisos carcelarios decidió acudir a las exequias de todos los italoamericanos  que se iban muriendo en New Jersey, hasta que acabó estallando y desarrollando una neurosis pesimista digna del mismísimo Cioran. Aquí el pesimismo llega a desembocar a veces en  nihilismo, como el que debió embargar al grafitero que en la fachada de una guardería cercana a mi casa escribió “los reyes son los padres”.

Pero bueno, tampoco pasa nada si uno es de un sitio feo, se asume y ya está. Al igual que decía hace años un amigo mío si salíamos por la noche y no ligábamos: “no le des más vueltas: somos feos tío, somos feos”. Además, que el lugar de donde provienes sea horrible a la vista es una vacuna estupenda contra el localismo y hasta contra el nacionalismo, esa “indignidad de tener el alma regida por la geografía”, que escribió alguien.

Jep Gambardella quizás no lograba encontrar la Gran Belleza que detonase su segunda novela, después de décadas de búsqueda, probablemente porque permanecía camuflada entre el esplendor general de la Roma en la que vivía. Pero en los sitios feos la belleza refulge más. Eso lo expresa a la perfección Jeff Bridges en su papel de vieja gloria acabada del country en ‘Corazón Rebelde’, cuando al ir a entrevistarle una joven y tímida periodista a la que, nada más entrar  en el tugurio donde vive, le dice mirando en derredor  “que horrible es todo esto a tu lado”, “hasta que has entrado por la puerta no me he dado cuenta de lo espantoso que es este cuchitril”.


Tardeo y nocheo

Nadie podía sospechar que llegaría un día en el que se saldría más por la tarde que por la noche, tendencia casi tan imprevisible como la de la barba poblada, moda especialmente lacerante para imberbes y medios imberbes, que somos los más desgraciados de todos ya que ni podemos tener barba ni nos libramos de afeitarnos. Tampoco es que haya asimilado nunca muy bien los gustos dominantes, de manera que raruzo que es uno, por ejemplo, de los mantras sagrados de esta tierra: ‘Murcia-sol-cerveza-marinera-Plaza de las Flores’, me sobran todos a excepción de un elemento, y aún en verano como todo el mundo rezo por una versión suya atenuada.

Salir por la tarde sí me gusta, sobre todo ahora que si se me permite la simplicidad hace frío por las noches y hay además sitios con buen ambiente. Aunque a los de mal ambiente también he ido mucho, durante año y medio con la coartada de no poder salir los sábados por la noche por tener que pringar los domingos por motivos laborales. El ‘tardeo’, en principio tiene la ventaja de que la cosa flojee como muy tarde a partir de las nueve y media, con lo que se interrumpe antes el aquelarre alcohólico y al día siguiente ese monstruo llamado resaca estará más apaciguado, sobre todo si empapas el alcohol en comida antes de acostarte. Aunque esto puede degenerar en estrategia ruinosa, cuando te da por ensamblar la tarde con la noche y no volver a casa hasta primera hora de la mañana siguiente, con el consiguiente estrago y habiendo dispendiado lo suficiente como para haber podido hacer ese fin de semana una escapada a Londres.

Otro inconveniente de tajarse sin nocturnidad, viene cuando te tiras a la calle sin tener en cuenta que el resto de la humanidad no suele ir tan eufórica ni ser tan permisiva con las euforias a las nueve de la noche. Así, como le pasó a un amigo mío, si te encuentras  en un cajero a una compañera de trabajo con la que tampoco tienes mucha confianza, acompañada de su marido y sus hijos pequeños, no es muy edificante que blandiendo tu copa balón le sueltes un “pero-guapa-que-haces-tú -aquí”, ante la mirada hostil de su cónyuge y de espanto de sus criaturas.

Tampoco es bonito el espectáculo en la puerta de tu edificio de intentar encajar la llave con notorio desmadejamiento ante testigos vecinales. Además, se pueden producir confusiones lamentables como la que nos sucedió a un amigo y a mí, al intentar volver a casa después de uno de estos frenesís vespertinos, cuando nos subimos a un coche blanco pensando que era taxi y resultó que no, como nos debió quedar claro al decir el tipo un ceremonial “caballeros bájense que esto no es un taxi”, pero que fue enunciado con tal ausencia de perturbación que a nosotros todavía nos hizo pensar que estaba de coña, hasta que nos lo volvió a repetir, de nuevo sin inmutarse, lo que habla muy bien del cuajo del tío o muy mal de nuestra apariencia de peligrosidad.

Tanto éxito tiene morir por la tarde que se está produciendo una auténtica deserción nocturna de mi generación treinteañera, observable hasta en fiestas de guardar, de manera que incluso en nochevieja por Murcia solo se veían veinteañeros, y el problema no es lo que yo no quiera con ellos, sino lo que ellas no quieren conmigo. Para colmo, en esa última noche del año me quedé un rato desenganchado de mis amigos, circunstancia que estos aprovecharon  para irse a Molina a dormir con impunidad. Como no había colmado mi sed de champán, era hora punta de demanda de taxis y hacia frío en la calle para estar porfiando por ellos, decidí esperar de bares al bus de las ocho y cuarto, fortificando mi resolución con la engañifa de un presunto ahorro.

Me fui entonces al Musik, rompeolas de todos los noctambulismos murcianos como decía Umbral que Madrid lo era de todas las Españas, seguro de que entre tanta gente me toparía con alguien conocido. Pero solo hallé a un viejo camarada que estaba hablando con una chica, y que una vez hechos los saludos y presentaciones me miró con cara de “ya-te-estás-largando-cagando-leches”. Me tomé entonces un cubatazo de lobo solitario acunado en la barra, y tan a gusto estuve que si me descuido todavía llego tarde a la parada, que estaba atestada de críos. Tras un viaje inenarrable por estar rodeado de hormonas desatadas y muchas testosteronas no resueltas, el autobús me escupió cerca de las nueve de la mañana, ignorante todavía de haber perdido la tarjeta de la Caixa y hasta un paquete de tabaco, por no hablar de las pérdidas intangibles. Aunque en estos casos siempre procuro volver a casa, como dice un amigo, “sin dignidad pero con la cabeza alta”.


El mañana no existe

Los alardes de filosofía ‘carpe diem’ y  ‘tempus fugit’ como brindis al Facebook están muy bien, pero los imprevisores sabemos que aplicada a la grisura del día a día tiene sus inconvenientes y hasta peligros, como el de exponerte al salir de madrugada un día de semana a comprar un tabaco que podías haber pillado a las siete de la tarde, operación que repetí muchas veces en distintos barrios de Murcia, dentro mi errancia de alquileres por la ciudad. En Molina, donde vivo ahora, no hay nada abierto entre semana a partir de medianoche con lo que ya no tengo estas tribulaciones. Otro motivo que me ha hecho aventurarme por la calle en lo más crudo del invierno, pongamos, a la una de la mañana de un martes, era saber si había cobrado para poder desayunar, comer, cenar y fumar  al día siguiente, e incluso, ya desde la indigencia más absoluta,  poder satisfacer también el mono de nicotina en ese mismo momento. Para ello, tengo que reconocer que entre los defectos de los sitios en los que he trabajado no se ha encontrado nunca el de los retrasos en las nóminas. Más suerte he tenido con que ni el tabaquismo ni el ‘cigarrismo’ (de cigarra de fábula y hasta de parábola bíblica) nunca me hayan costado ningún incidente y ni tan siquiera susto, de lo que se puede deducir o bien mi suerte o que los quinquis tienden a horarios más regulares, y es probable que también a una vida más ordenada que la mía.

Ya que el mañana no existe, por no ir al Mercadona una o dos veces por semana se acaba yendo al chino aledaño varias veces al día, hasta el punto que, como le ocurre a alguien que conozco, los chinos acaban haciéndose íntimos también de sus amigos,  y si caen por su tienda les preguntan si “van a casa de  Ismael”. La falta de costumbre, además, hace que cuando vayas al supermercado no sepas donde está nada y des  trescientas vueltas para buscar cuatro chuminadas. A veces, incluso, se te va el santo al cielo y te pones a pensar abstraído en tus cosas mientras das vueltas inútiles por los pasillos, entre miradas de ‘barrunto loco’ de algunas marujas, las mismas que luego se te intentan colar en la caja y si se les pone algún pero, como el que le puso una antigua compañera mía, pueden llegar hasta soltarte un “yo-seguro-que tengo-más-cosas-que hacer-que tú”.

El ‘presentismo’ provoca que no hagas nunca por quedarte con las calles por las que pasas fuera de los recorridos habituales, lo que unido a un nulo sentido de la orientación hace que siempre que vayas con alguien a algún sitio que implique callejeo no seas tú la brújula. Más patológica resulta todavía la exaltación del ‘aquí y el ahora’ si tienes que forzar al máximo la voluntad para sacar un bonobús, sufriendo la pérdida inmediata de dinero sin considerar el ahorro venidero.

Para colmo, ya ni siquiera con los libros tengo la paciencia, disciplina, y en definitiva la capacidad de posponer la recompensa que tenía antes, cuando la máxima era ‘libro abierto, libro leído de pasta a pasta’, propósito que me garantizó muchas horas de tedio con truños infumables, pero también el acceso al néctar escondido de muchos libros exigentes, cuya huella casi siempre perdura mucho más que los que brindan un placer inmediato. Una de las pocas excepciones de entonces se produjo hace ya tantos años como los del primer quebranto amoroso, al buscar un bálsamo en el libro de poemas de Vicente Alexandre ‘De la destrucción o el amor’, de cuyo título uno solo podía esperar que colmase sus expectativas bequerianas en vez de tener que tragarse un desfile de selvas y sus alimañas pobladoras. De manera que por mucho que digan que esta obra es un hito de la poesía surrealista, yo me sentí tan estafado como se debió sentir Tejero al llegar el general Armada al congreso con una lista del futuro Gobierno tras su golpe repleta de comunistas, socialistas y nacionalistas.

Atender solo al placer inmediato como si el mañana no existiese, puede conducir también a locuras como la de aquel anfitrión de una partida de Póquer del que habla Groucho Marx en sus ‘memorias de un amante sarnoso’, que para poder seguir jugando con sus invitados en medio del frío que sobrevino al anochecer en su casa nueva pero todavía deshabitada y sin calefacción, no encontró mejor recurso para caldear el ambiente que quemar sus muebles recién comprados.  Pero aunque parezca increíble, todavía hay casos más extremos, como el de cierto conocido remoto, al que le preguntaron si estaba dispuesto a tener el tercer hijo que quería su mujer y respondió: “yo lo que haga falta con tal de follar”.


Caos en los bolsillos

Es un fastidio tener que llevar cosas. Siempre con el vademécum del tabaco, el mechero, la cartera, las llaves y el móvil. Más de vez en cuando chicles, clínex o el inevitable papelujo, ya sea en versión plebeya o de tipo  ‘flyer’, que pese a su sonoridad patricia solo sirve para aumentar el engorro por el mayor tamaño.

Si no hace tiempo de cazadoras ni chaquetas, este kit de andar por calle se tiene que repartir entre los cuatro bolsillos del pantalón (al menos hasta que vuelvan a hacer las camisas con bolsillos), o aún en menos, ya que para un amigo mío, insospechado purista de la estética, no se debe llevar nada en la parte de atrás porque “estropea la vista del culo”. Yo bastante he tenido con procurar que el peso de este ejército de cosas, pese al auxilio de la correa, no hiciese que se me cayese el pantalón en tiempos de flaqueza, huyendo de una poco gloriosa estampa cantinflera.  En épocas de mayor turgencia, en cambio, lo que pierdo es comodidad, ya que el ceñimiento provoca que se te clave o incomode todo, por no hablar que se te rompan cigarros o más terriblemente se te jodan  móviles.

Cuando se puede llevar chupa (o chaqueta) se mitiga el problema de la escasez de bolsillos (aunque tengo una con la extravagancia de no tener ninguno. También le basta una gota de agua para mancharse) pero, ay, al aumentar los espacios irrumpe la incertidumbre y el problema de no encontrar nunca nada, en  hermanamiento con las problemáticas de las mujeres con sus bolsos, siendo yo especialmente perdulario de mecheros, inhallables en cualquiera de mis bolsillos como un Vietcong en la jungla sobre todo si me pide fuego una chica guapa en un bar.

Para colmo, tengo una cartera que la desidia ha convertido en un aleph borgiano, cebado por elementos tan imprescindibles como un carné de estudiante del milenio anterior, otro caducado hace cuatro años de investigador (académico aclaro aunque nadie me sospeche vetas detectivescas) o una tarjeta de crédito inutilizada de mi primo que no explicaré por qué llego hasta mí, entre otra farfolla que incluye también alguna concesión sentimental como el primer carné que tuve de la biblioteca de Molina. Con tanto abigarramiento, lo más preciado de la cartera que son los hipotéticos billetes siempre tienen su integridad amenazada, de manera que a veces me veo en la tesitura de gastarlos para evitar que se pierdan o rompan. De forma menos drástica también recurro a la monetarización, no exenta de peligros (esa piñata de monedas que caen al abrir la cartera para pagar el billete de bus), incomodidades (veníamos hablando de saturación en los bolsillos) y, last but not least, tampoco a salvo de inelegancias, ya que intuyo que la Asamblea Fashion de Telecinco no aprobaría que se vaya por ahí como si se llevara el tesoro de Long John Silver en los bolsillos.


Verano muérete

Uno se crea expectativas antes de cada verano que luego no se cumplen. Tampoco resultó un buen augurio que estuviese a punto de defecarme encima una de las noches que salí por Murcia a finales de junio. Imaginad la situación. Dos de la mañana, bares llenos, con colas en esos baños de excelsa pulcritud que son tan Marca España, al final me salvó el retrete de un Kebab de la condena que me habían impuesto tres cubatas bebidos con un entusiasmo digno de un bar más fiable, y una merienda consistente en una bolsa grande de gusanitos, otra de triskis y una bolsa de estrellitas, además de una pseudo pantera rosa. Tampoco conviene obviar que la vejez es un pozo sin fondo de penurias, siendo una de ellas que con la edad uno se va volviendo más caganías.

Fui a cortarme el pelo y el peluquero se emocionó tanto hablando de su mili que me prodigó un corte  bastante militarista, o de monje budista si se prefiere un símil más pacifista y representativo del inexorable celibato al que fui condenado. Como bastante mortificación tuve con esto, este verano no me he vuelto runner. Además de, entre otras cosas, porque creo que nunca he sabido correr. De manera que no he podido hacerme de esta secta en la que debe haber caído ya hasta Charlie Rexach, el ideólogo de aquel mantra para gandules como yo de “correr es de cobardes”. Aunque si no runner, sí he tenido que volverme walker, tratando de comprar con caminatas un cansancio que me haga dormir medio bien sin recurrir al pastillazo. Lo de andar en vez de correr tendrá sus ventajas,  pero uno no puede evitar sentir cierta punzada de indignidad cuando pasa una chica guapa corriendo y tú vas caminando como un jubilado de Móstoles de paseo por la playa.

En los ratos libres que no han copado esta frenética actividad deportiva, el trasnoche o la hiperconexión, me he dado como nunca a la lectura y a las series, con las que he hecho tabla rasa, hasta el punto de estar viendo ahora la versión inglesa de House of Cards. Para poder leer he contado con la ventaja de que por fin se cumpliese en la Biblioteca Regional la sanción con aplicación de la doctrina Parot que tenía. Draconismo padecido como si hubiese devuelto los libros, además de con retraso, mutilados a mordiscos, y especialmente fastidioso teniendo en cuenta que estoy en una época en la que no puedo derrochar en libros el dinero que necesito para juergas.

Estuve unos días en La Manga, al principio de lujo ya que siempre se empieza disfrutándola mucho antes de comenzar a padecerla con sus cosas, como que el 3G vaya como el culo, algo que podría ser hasta terapeútico a menos que te urja, por ejemplo, mandar un CV. O la escasez de cajeros, pocos y propensos a escacharrarse, con lo que por paradójico que pueda resultar un sábado de estos la banca va a hacer allí factible la utopía anarquista de la abolición del dinero. Peor resulta la contradicción entre su extensión neoyorkina y su transporte público murciano, contrapunto apreciable en toda su magnitud cuando uno ha caído en la parte final de La Manga y aspira al noctambulismo o simplemente a ver a sus amigos, instalados por fatalidad elemental por el comienzo.

Prohibitivo el taxi, que es lo mínimo que nuestra grandeza merecería, y esquilmada la bondad de mis amigos que son los que tienen carné de conducir, solo quedan unos autobuses también libertarios con los horarios o el límite de pasajeros, al menos  hasta que éstos vayan tan embutidos  que no consigan tocar el suelo, entonces no es que no paren en las paradas a recoger a más gente, es que ni siquiera lo hacen para dejar a la que ya llevan y tiene caprichos exóticos como bajarse en su destino, con lo cual la cosa ya se desliza desde el anarquismo al más descarnado nihilismo. Por no hablar de la confusa política de trayectos que, en conjunción con mi caraja, me hizo embarcarme de regreso una madrugada en un bus cuya última parada estaba situada a casi cuatro kilómetros de mi alojamiento, distancia que hube de recorrer exprimiendo mis dotes andariegas recién entrenadas. El esfuerzo me provocó un quebranto que, una vez desmayado sobre la cama, por lo que se oyó, mi cuerpo trató de exorcizar con ronquidos especialmente ruidosos, ya que cuando desperté mi sobrino de cuatro años me hizo saber que había roncado como “un cerdo”.

Pese a mi rajada no hace falta que insista en las ventajas de La Manga sobre Molina o Murcia, pareciendo esta última un viernes noche que aterricé a finales de agosto más un cementerio que un desierto por un hedor cadavérico que no tenía nada de metafórico, como si por la calle solo anduviesen zombis y la gente que quedase viva se hubiese refugiado en otro sitio, por ejemplo en el centro comercial de Nueva Condomina, donde caímos otro sábado tarde en lo más crudo del verano DG y yo a por un regalo para DV, asombrándonos de que estuviese tan petadísimo como para hacer difícil encontrar aparcamiento.

Lo peor de todo es que el año que viene estaré suspirando otra vez como un infeliz para que llegue el verano.


El hombre que buscando un mechero se topó con un universo

Los fumadores sabemos cosas, como por ejemplo que en cuestión de mecheros fuera de los clippers todo es morralla. Tampoco es que éstos acumulen unas reservas de gas argelinas ni sean un prodigio de resistencia a la obsolescencia. Aunque admite quien esto escribe mientras fuma como un descosido, que un mechero en sus fauces suele andar bastante exigido, vulnerable y propenso al extravío.

Conocemos la poca fiabilidad de los mecheros que hacen click y lo recomendables que son los de piedra, pese a que alguno nos haya amagado con brotar un incipiente callo en el pulgar. Los destrozones y ‘pierde cosas’ agradecemos también que se pasase de moda el Zippo, ese regalo tan típico de las novias noventeras, cuyo olor a gasolina (el de los mecheros se entiende) repelía a la mayoría y nos gustaba a los que somos de enganche fácil a lo que sea.

Cuando casca el último mechero en circunstancias especialmente inoportunas, como estando solos en la playa o en casa a la hora de la siesta o, más dramáticamente todavía, de madrugada, resultan muy instructivas sobre las servidumbres de la naturaleza humana las escenas de removimiento de Roma con Santiago: volteo de cojines, corrimiento de mesas, rastreo apache de suelos, registro vehemente de cazadoras invernales, en una búsqueda del fuego que roza la épica prehistórica, sobre todo si tampoco se dispone de cerillas o el clásico pistolón de cocina, o fallan también birlibirloques como intentar que prenda la llama mediante la conjunción de la chispa de un mechero con el gas de otro.

De todos es conocida la existencia de una misteriosa dimensión donde aparecen y desaparecen los mecheros, que tiene hasta páginas dedicadas en Facebook, lo que sí estoy en condiciones de avanzar en absoluta primicia es que ésta fue hallada por un amigo en su sofá, de cuyas partes recónditas extrajo un total de, agarraos bien, ¡27 mecheros! Además de un DNI mío y tres o cuatro virginidades (cobradas por su hermano). Y esto se trató tan solo de una primera exploración. En otra más reciente han emergido otros 17 mecheros, un tesoro en monedas, una linterna, un lápiz de color marrón, un protector labial y unos calzoncillos.

Después de dar noticia sobre el descubrimiento de semejante singularidad cósmica, ya  me eclipso no sin antes dar testimonio gráfico de parte de los mecheros incautados en la última incursión de mi amigo en el agujero negro:

 

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Foto by mi amigo del polvorín sobre el que se derramaba  cada vez que se tumbaba en el sofá


La tablet

Hace como año y medio me regalaron una tablet. Durante el tiempo que me logró sobrevivir le saqué bastante pringue, aunque sin llegar a las cumbres de esos chamanes tecnológicos que se instalan el Plus pirata, el mundial en Google Glass y un día de estos hasta aplicaciones de teletransporte a Marte.

Como criatura de la Facultad de Letras de finales de los 90, arrastré algún tiempo una indiferencia hacia la tecnología ya superada, además de una devoción por los siglos XVI y XVII que casi también. He conseguido progresar la cosa hasta el XX. Al menos en este siglo era indefendible el espanto ante las innovaciones, salvo que uno se encontrase en lugares exóticos como España.

El fetichismo sobre juguetes tecnológicos no sexuales es infantil, pero el eremitismo sobre sus ventajas es idiota, y propio de anacoretas marginales. Tampoco conviene obviar las servidumbres de la hiperconexión, sobre las que no voy a ahondar, ya lo hice en otro post, y además quiero hablar de mi difunta tablet. Se lo merece, entre otras cosas, porque cuando venía de currar con el estrés disparado me ayudaba en la descompresión, pese al boicot de una destreza dactilar quema sangres, poco dotada para el tableteo, y no quiero ni pensar para tener que ganarse la vida con un oficio manual.

Con todo, mi momento favorito con ella era por la noche, cuando nos acostábamos juntos después de que me tomase la rula y, ya destensado por la anestesia, me quedaba frito viendo un documental de esa mina inagotable de joyas que es Youtube. La tablet era cojonuda también para leer las entrevistas kilométricas que se marcan los de la bolica negra, así como bien sabéis para leer periódicos en general, aunque eso de que iba a ser la “salvación del periodismo”, que predecían algunos con notorio empalme, pues al final resultó que no. Más bien  han contribuido a que mucha gente haya dejado de comprarlos. Todo quisque sabe que lo que El País pretende cobrar por la mañana, te lo ha dado entero gratis la noche anterior, y El Mundo es un periódico muy aburrido desde que no está Pedro J fabulando y embargando chorradas como catedrales.

Eso sí, para escribir lo que sea, desde un simple correo, son un engorro. No digamos para trabajar con ellas y sus teclados predictivos de desactivación indescifrable, hasta para los ingenieros informáticos de Palo Alto. Lo cual no impidió que se convirtiesen, cuando irrumpieron, en un complemento inseparable de jerifaltes (y de paso también de tertulianos) sobre todo del área ‘social media’, algo que considerando las virtudes menesterosas de un pequeño portátil, dotaba del mismo sentido a ir acarreando una tablet en un contexto laboral que el de ir con una tele debajo del brazo.

Pero un día la tablet empezó a flojear, primero con que si ahora me dura cada vez menos la batería, luego para funcionar tenía que estar siempre conectada a la corriente del enchufe. Después dependía de la posición del cable del cargador para no apagarse y al poco tiempo, un arcano encaje de su clavija se sumaba también a todos los requisitos anteriores. Rematando la espiral destructiva, la batería empezó a hincharse como un hígado enfermo, hasta deformar el aparatejo con una curvatura convexa que asemejó el fenómeno al de un embarazo. Por fin, un día dio un respingo desde mis manos y se quebró estampándose contra el suelo, en lo que pudo ser un suicidio para acortar su agonía, y de paso liberarse de mis mejorables gustos musicales.

Para colmo, la destrucción definitiva coincidió con la campaña del nuevo Ipad Air, y aunque el nuevo artefacto en concreto me resbale bastante, sí que machaconamente tenía el recordatorio del paraíso perdido. Por otro lado, tengo que reconocer que el anuncio me molaba bastante, aunque a mí se me embauca fácilmente con pastiches como meter a Walt Whitman en un anuncio de Apple, y tiendo a pasar por alto  cinismos como que pregunten “¿Cuál será tu verso?”, como si no estuviesen extinguiendo a todos los ruiseñores.


Cafeína

La inspiración me suele llegar tomando cafés solitarios, pese al ocasional boicot del camarero que le da por putearte con el hielo. Aún padezco alguna otra negligencia, como la que se emperra en ponerme el café con sacarina, algo que no es siquiera tenuemente explicable ni por mi creciente deriva ‘flaco-fofa’. La ceremonia de la confusión con los cubitos, al menos, puede excusarse en que la desidia me pueda tanto como estar tomando cafés sin hielo hasta julio y con el hasta diciembre.

Podría afearle al café que por su culpa fume más cigarros, pero siendo honesto a mí la fumona me la da comer, beber, leer, escribir, escuchar música, estresarme, relajarme, enamorarme. Es decir lo que viene siendo estar vivo. Agradezco  a todos los que me recomiendan no fumar, aunque, ay, me temo que eso también me da ganas de fumar. Pero bueno, dejémonos la mezcla de café y tabaco no nos vaya a salir algo parecido a esa plaga de  películas indies en blanco y negro que proliferó hace unos años. En las que tazas humeantes y pitillos enmarcaban diálogos  de intensitos que jugaban a cortejar una suerte de fracaso cool, sin saber que luego vendría el de verdad para quedarse.

Lo que vale un café lo sabe bien quién tuvo que estudiar de noche en la era pre-Red Bull, cuando la disyuntiva era apretarte una cafetera o las anfetas. Lo cierto es que por placer, a la mayoría de la gente con un café cada ciertas horas le suele bastar. Aunque,  por lo que se vio, no pensó lo mismo mi amigo P, acojonando a otro amigo con el que le había tocado al lado en una boda, donde después de deglutir toda la comida posible y beber tropecientas botellas de vino (que escanciaba en ex aqueo forzoso a su vecino) pidió tres cafés sucesivos. Con lo que ya cometió el pantagruelismo definitivo, cuyo susurro asustado por parte de su testigo y víctima me espeluznó a mí también.

En el polo contrario se sitúa una amiga que a partir de cierta frontera más o menos arbitraria de su cortado deja de beberlo, sin darlo tampoco por finiquitado. Limbo que se hacía particularmente latoso hace años, en el café pre-playa en un chiringuito cuyo calor nos deslizaba ya a estribaciones infernales. Menos mal que por lo menos no nos traían el café en un cenicero, como justicieramente le ocurrió en otro sitio a un tipo que tenía la puerca costumbre de tirar la ceniza en la taza vacía del café, hasta que saturó la quemazón del dueño de la cafetería, harto también de una clientela tendente a copar durante horas las mesas con un parco café respectivo.

Yo no tiro ceniza en las tazas vacías, pero por despiste alguna vez he llegado a tirarla en las llenas de mis acompañantes, por no citar otras fechorías fruto de la desmaña. Por esto y otras cosas gano mucho tomando café solo, dándome igual si el néctar negro viene de cafetera oxidada, maquina infecta de periódico o tanatorio, o de esos bares que sabemos que sirven café posguerrero. Todos me provocan esa dulce sensación que es notar en la garganta como la cafeína amarga baja.