El Camborio

Bastante rezagado del trillón de sitios inéditos que me quedan por disfrutar, también albergo el ansia de volver a unos cuantos rincones ya descubiertos. Uno de ellos arrastra el prosaísmo de ser una discoteca, que se le va a hacer, el duende y el carisma son así de caprichosos y antojadizos en sus encarnaciones en seres y sitios, servidumbres de la grandeza.

La primera vez que fui al Camborio en Granada me prendieron su techo de cueva y la fauna variopinta que contenía, entregada a una misma pulsión febril noctívaga que maridaba codo con codo en la barra las sagradas libaciones ingeridas bajo un retrato de García Lorca de poetas guiris cincuentones con coleta, el crapuleo de señoritos andaluces canónicos y el regocijo sobrio de gitanos adustos, que no iban a estar siempre de zambra para que nosotros hagamos de palmeros. Esto estuvo a punto de comprobar T con una merecida hostia cuando en unos carnavales de Águilas vaciló a unos calés, que de tan circunspectos no iban ni disfrazados, arrancándose con unas palmas estentóreas a un palmo de ellos mientras gritaba “arsa”, “arsa”[sic].

Para no arrojarnos del todo en brazos de una evocación idílica, hay que reconocer que en aquella primera incursión ayudó a una óptima socialización el hecho de que P, que por aquel entonces ya salía con 20.000 duros en el bolsillo, se pusiese a repartir cubatas entre la concurrencia, magnificencia que antes que del corazón le nació de la borrachera que le impidió aclarar al camarero que lo que él quería era un Havana Cinco y no cinco havanas, de metabolización imposible también para nosotros que andábamos muy trabajados por el ron.

La segunda vez que fui al Camborio, preservaba todas las virtudes de la primera vez y además le habían añadido una terraza cubierta con una cristalera inmensa que daba a la Alhambra. También, mejorando lo ausente, esa vez en vez de con una jauría de perros sarnosos iba con una chica y sus amigas, una de ellas, la más sensible a los estragos etílicos de la noche, fue pronto asaltada por un sufridor de recurrentes síndromes de Stendhal, provocando una reacción pretoriana del resto de amigas, que yo, padecedor eventual de este tipo de malevajes y aún peores, intenté amortiguar, pensando que al igual que el dicho milaximenesco que reza que de “puta a puta taconazo”, pues de un jornalero de trabajos de amor dispersos y efímeros a otro no puede haber otra cosa que solidaridad. El bucolismo de una contemplación guarecida y acompañada de buena música(según mi canon heterodoxo) de la Alhambra al amanecer, hubo de ser abandonado en aras de un largo éxodo de vuelta, que aconsejo parco en peroratas, chascarrillos y ocurrencias en caso de que la tía que te aguante lleve calzado con tacón.

Hace nueve años de mi última visita al sitio al que me prometí volver pronto, tanto que me dice la ‘chulica Belench’ que ahora es un antro pasto de la burricie de la fauna erasmus y demás gentuza de alegría fácil e injuriosa, aún así volveré, siempre hay que arrostrar el retorno a Roma, aunque Roma ya no esté.

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