Los libros salvajes

Hay dos tipos de libros que me fascinan. Unos serían los iniciáticos que generosamente te conducen a otras lecturas, ejerciendo de condensadores de infinitos universos en el espacio nimio de un objeto que puedes asir con una mano, estos libros ungidos con las virtudes del Aleph se persiguen con denuedo de sombra a cuerpo sobre todo cuando se empieza a leer, siendo un buen ejemplo de ellos, siempre desde mi subjetivísimo canon, el Péndulo de Foucault, una obra imperfecta como solo lo puede ser lo genuinamente hermoso y turbador.

Con el tiempo, sin embargo, he tendido a valorar más todavía los libros que te abocan a apurar la vida hasta el fondo, inoculándote una pulsión vitalista de magnitud de quimera quijotesca. Son aquellos que te incitan a tirarte a la calle y ansiar peripecias como la de García Madero en el D.F., cuando decidió que iba a consagrar los siguientes veinte años de su existencia a una errancia salvaje tras las huellas de una nebulosa poetisa desaparecida, viaje para el que sólo aceptaría como mentores a la flor y nata de la golfemia literaria más rufianesca que poblaba los tugurios de la capital mexicana. Gente que podía presentarse a sí misma como “poeta y gandul” como hacía el propio Roberto Bolaño, el padre de todas estas criaturas, alguien que a lo largo de su vida fue de todo, incluyendo guardia de seguridad en un camping, vendimiador en Francia y temporero en el Maresme, antes poder ganarse la vida como escritor y que afirmaría antes de morir prematuramente que él lo único que había sido en toda su vida era un poeta del D.F.

Vitalismos literarios furiosos como los de François Rabelais en el siglo XVI, creador de personajes como Gargantúa, Pantagruel y Panurgo, apologetas del exceso, barrigueras, dipsodas, fornicadores y empaladores literales de sacerdotes. Un viejo profesor dijo una vez que en la obra de Rabelais latía un amor a la vida terrenal que era la mayor disidencia que se había concebido contra las negruras ascéticas y deístas imperantes en su época. Una rebeldía artillada con la risa, el mejor antídoto contra el miedo que siempre quieren propagar las fuerzas de las tinieblas, no por casualidad el viejo monje purista Jorge de Burgos en el monasterio Medieval de El Nombre de la Rosa utilizó de cebo la Comedia de Aristóteles para envenenar a sus compañeros más escapistas de los rigores de la ortodoxia. Podría haber depositado el veneno en un tratado político, una obra herética o incluso en un libro erótico, pero elige una comedia por qué con un razonamiento que es un silogismo escolástico perfecto piensa que con la risa se espanta el miedo, y si se deja de temer, deja de operar el pavor al Diablo, y si se pierde el miedo al demonio, languidece el amor a Dios.

Ausencia de miedo a rebelarse a un destino de sota, caballo y rey, que propicia también las cabalgadas en coches destartalados de los protagonistas de On The Road de Kerouac ,cuyas páginas están pobladas de personajes a punto de explotar de vitalidad como aquel que:

“(…)Tenía más libros de los que yo había visto en toda mi vida: dos bibliotecas, dos habitaciones con las cuatro paredes llenas hasta el techo, y libros como el Apócrifo Esto-o-lo-Otro en diez volúmenes. Puso óperas de Verdi e imitaba a los cantantes vestido con un pijama que tenía un gran roto en la espalda. Todo le importaba un comino. Es un gran erudito que anda dando tumbos por los muelles de Nueva York con manuscritos musicales originales del siglo diecisiete bajo el brazo, chillando. Se arrastra por las calles como una gran araña. La excitación le salía por los ojos en llamaradas de luz diabólica. La cabeza le daba vueltas en éxtasis espasmódicos. Balbuceaba, se retorcía, se tiraba al suelo, gemía, aullaba, se echaba hacia atrás desesperado. Apenas podía articular palabra debido a lo que le excitaba la vida(…) ”.

Incluso, las ganas de exprimir la existencia a veces alcanza a fantoches como Berlusconi que afirmó en un breve rapto de dignidad que él “a los treinta años no podía ni dormir”, y no se puede permitir que éste pueda dar mayor fe que nosotros de que quien no tiene ojeras no se entrega a la vida.

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