Urbanizaciones

A mis sufridos familiares y amigos
que viven en urbanizaciones

Cuando pueda elegir donde vivir, procuraré que no sea en una urbanización. Hace dos veranos frecuenté bastante una con innumerables quebrantos, solo resultando cierto el remanso de paz y tranquilidad previsto durante las tediosas horas de unos días de verano mortecinos. Paz de cementerio cuyas ventajas nocturnas eran truncadas, para colmo, por los ladridos incontinentes de unos perros que incitaban a un canicidio o al menos al asesinato de sus dueños, verdaderos responsables resguardados por cristales insonoros del sindios que tenían en el jardín.

Además, excitando mis terrores nocturnos, una alimaña de origen desconocido bramaba unos sonidos ululantes de un pavor que ya querría para sí la lechuza de Twin Peaks. Para empeorar aún más la situación, cualquier valiente intento de huída para un sin carné como yo topaba con unas líneas de autobuses de regularidad habanera, por no hablar de las largas peregrinaciones bajo un sol sahariano a comprar tabaco, cuando esta contingencia tenía a bien suceder a horas intempestivas a alguien que siempre ha pensado que la vida es demasiado corta para prever el tabaco que vas a necesitar dentro de unas horas.

No hay civilización que proporcione una mínima calidad de vida sin una alta densidad de bares y ‘chinos’ a mano, y siempre desde mi radical subjetividad resulta un poco mejor si se puede avizorar por la ventana el poderío de alguna carmelitana de cualquier nacionalidad. En cambio, cuando uno se asoma desde casa en una urbanización solo comparecen en el peor de los casos la nada y en el mejor lo de siempre.

Ese verano acabó y con él la permanencia en tan cuestionable edén, el reparador paso del tiempo casi había disuelto el trauma, cuando hace unos meses avatares que no vienen al caso me colocaron en la tesitura de precisar salir de esa misma urbanización al amanecer. Como tengo vocación quimérica y además el alcohol me vuelve muy antojadizo, para complicar la operación quise desayunar antes de pedir un taxi, de manera que sin arredrarme por la lejanía de los lugares que podrían satisfacer la apetencia emprendí una larga caminata cuesta arriba que me llevaría de un extremo a otro de la muy kilométrica urbanización.

Un periplo de heroísmo digno de mejor causa al que fue forzado un organismo que no tenía ni mierda en las tripas, al margen de otros deterioros preexistentes o inducidos, que encima se arrastraba cuesta arriba en medio de las acechanzas de los mosquitos que poblaban los setos. Haciendo buenos los dichos de tontos y sendas, pese a que todo aconsejaba llamar de una vez al 968 24 88 00, decidí proseguir mi camino ahora por el medio de la carretera para evitar la fauna de los vergeles y fatigando de paso también el asfalto, además de las aceras.

Sin otros incidentes memorables que el escrutinio a distancia de los guardias de seguridad que patrullaban por la urbanización, coroné su cenit en el que para remate del sainete no había ninguna cafetería abierta, por lo que escarmentado me di por vencido y en un breve rapto de lucidez decidí llamar a un taxi que me condujese a Murcia, dónde siempre había existido la posibilidad de desayunar antes de ir a la cama. Circunstancia que bien me recordaría la guasa de la clá de supertacañonas que tengo por amigos que me bautizaría como ‘Iron Man’ al contarles mi aventura, que a falta de alguna virtud edificante por lo menos hace buena la frase aquella de las cosas que suceden dos veces, la primera como tragedia y la segunda como comedia. También en las urbanizaciones.

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