Insomnios

Para Unai, de ruta o por algún
caravansar de  extremo oriente.

Un depredador de cafeína y convulsiones como este escribiente nunca podrá alegar haber padecido insomnios patológicos. Aunque hace lustros que no duermo ocho horas seguidas, no ha habido asalto insomne sin fundamento en el que Orfidal o Lexatin no hayan propiciado mis sueños, envenenados, eso sí, con muchos nombres en contraste con el monoteísmo del libro aquel.

Lo que sí  acarreo son unos cuantos insomnios de otras modalidades, que abarcarían desde los voluntarios a los forzosos, de los tormentosos a los gozosos, aunque ninguno tan peculiar como los de Ferlosio, quién desveló a Dragó un peculiar método de trabajo que consistía en escribir dopado 48 horas sin parar (en una habitación que solo podía estar iluminada por luz eléctrica), dormir después un día entero y al siguiente desconectar  yendo al zoológico con su hija pequeña y cosas similares. Con todo, lo más bizarro de semejante modus operandi era que el desvelo iba orientado a escribir una gramática. Algo que equivale a alquilar una astrosa buhardilla en París, frisando la tuberculosis,  para alumbrar en loor de malditismo una obra de bricolaje.

Pero al  insomnio no le hace falta ser enfermedad cuando la sociedad detenta patologías como el ruido que trabajan a su favor, propensión al estruendo alentada desde los propios políticos que nos rigen, pues es bien sabido que en una de las cláusulas universales del pliego del concurso de adjudicación del servicio de recogida de basuras en nuestras ciudades, se recoge que las empresas adjudicatarias tienen que contar con las máquinas que produzcan los ruidos más infernales, que además habrán de propagar cuando más joda.

El mayor impulso homicida que he tenido nunca, me sobrevino una vez hace muchos años precisamente a consecuencia de un estallido de ruido desaforado. Era la noche antes de mi examen de cuarta convocatoria de Prehistoria Universal, y  como necesitaba dormir sí o sí, había recurrido a la artillería pesada y me había cascado un Diazepam. Entonces, justo a punto de conciliar un anhelado sueño precedido de la inducida laxitud muscular y hasta espiritual, sobrevino un apocalipsis sonoro que, pese a que no parecía  proceder de este mundo, era generado por un engendro motorizado calificable de criminal injuriando al crimen. Por lo menos, pese al casi infarto, esa vez al menos operó una tenue justicia cósmica compensatoria y al final aprobé el examen.

A mi sueño aún tendrían que turbarlo asaltos que sin llegar a ser el tremedal anterior, sí que fueron más graves por su frecuencia, haciéndome fantasear con encarnarme en Wallestein, el general de las tropas imperiales durante la Guerra de los Treinta Años que prohibió bajo pena de muerte cualquier  ruido alrededor de su cuartel. La plaga me sobrevino en el primer piso que habité solo, cuando de manera crónica sobre las una menos cuarto irrumpía un ruido como de maquinaria en la pared contigua de una de las habitaciones, que daba al edificio de al lado (en el que yo vivía no tenía vecinos). Una orgía ruidosa a la que le acabaría brindando mi mejor repertorio de gritos arrabaleros además de innumerables mañanas de comparecencia zombi en el curro. Pregunté a los vecinos del palacio del ruido, me devané los sesos, ¿Sería el ascensor del edificio de al lado?, ¿Pero por qué siempre a esa hora?, ¿Algún idiota padecía un ataque de ansiedad si no se hacía un zumo a las 00:45? ¿Acaso experimentaba un imperativo categórico kantiano que le obligaba a poner el lavavajillas siempre 45 minutos después de la medianoche?

Descartada la perpetración humana del ruido me trasladé de piso, aunque la historia aún se demacraría más, esta vez a modo de escarnio, cuando a los meses me encontré con el casero que se había ido a vivir allí y le pregunté por el sindios, pensando en una persistencia fatalista digna de un relato de Poe. El dueño del apartamento, en cambio, con malicioso candor me escupió que sí, que había escuchado los bramidos mecanizados, pero solo una noche por qué dio unos cuantos puñetazos en la pared y ni en la noche siguiente ni en las sucesivas volvieron a repetirse. Para rebajar la malandanza me repetí a modo de mantra que eran peores los ruidos aislados que también escuchaba, con el consiguiente acojonamiento, pues se suponía que el único habitante del edificio era yo y a mí la valentía me dura lo que la luz solar al día, de hecho pretextaré cualquier excusa antes de ir con una tía que me guste al cine a ver una película de sustos. Uno que es un antiguo y piensa que no queda bonico que noten como no mantienes el tipo con los sobresaltos.

En la siguiente guarida me aguardaba un primero cuyo climalit no me privó del todo de la audición, por ejemplo, de los líricos canturreos vernáculos de los erasmus que pasaban el Puente Viejo, consolándome con la idea de que los nuestros estarían poniendo más decibelios en la venganza de esta afrenta por toda Europa. Además ya está bien, no vamos a ser tan ruines de hacerle tantos reproches al insomnio que nos acompaña en esa zambra, ese follisqueo, esa fantasía febril, ese libro que te prende hasta el amanecer, desdiciendo que el sueño sea una rosa como dicen los persas y anhelan los enturbiados  por una hipoteca.
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