Póquer

“Que el miedo a perder no te impida jugar”

 Cualquier tahúr genuino sabe que el póquer es una cosa muy distinta a lo que sugieren las partidas online, o esas panoplias televisadas con estética de videojuego que incluyen jugadores con gafas de sol de alias indigerible. Charlotadas que, eso sí, están providencialmente recluidas a horarios fantasmagóricos por los programadores televisivos, sin duda en un fútil intento por su parte de ahorrarse los peores círculos del infierno que tan ameritados tienen por otras fechorías, a cuya contemplación no ha sido todo lo ajeno que debiera este escribiente.

Me inicié con mis amigos en las primeras timbas a los 17 años, al principio en alguna casa con padres ausentes y luego en la sala especialmente habilitada para estos menesteres en el VJ. Reservado que permitía calibrar desde el exterior la importancia de la partida que acogía por el nivel de ruido que emitiese, alto en decibelios si la partida era de fuchina e inaudible si la timba era seria. Las primeras veces la nubilidad arruinaba lo que el azar había estipendiado y no era raro ver a algún jugador que tendía a bostezar falsamente cuando llevaba buenas cartas o a otro ponerse a hablar con las eses, yo tampoco me quedaría corto en candor al comprarme tres bolas de nata la primera vez que gané, la segunda ya no desperdicié el dinero y lo invertí en una borrachera.

Pronto las partidas irían haciéndose más serias y los jugadores calándonos los respectivos modus operandi, el mío tendía al farol y al riesgo, vocación terminal que me deparaba tardes de gloria en las que reventaba la mesa, pero también dolorosos batacazos. Con todo, pese a los indudables inconvenientes de intentar cabalgar un tigre salvaje, esa manera de jugar siempre me pareció la más honesta, la servidumbre a lo que te quisiese proveer el mazo de cartas se me antojaba bastante triste, a lo mejor ya tenía cierta presciencia de que la vida a veces reparte manos de mierda y no por ello está legitimado aliviarse en la resignación acomodaticia.

Lateralmente y de manera imperceptible el póquer posaba enseñanzas como la de aprender a controlar la adrenalina si llevas una bomba atómica en las cartas, la de aceptar la derrota y levantarte de la mesa para no caer en la catástrofe por aferrarte a una quimérica remontada, la de saber guardar la compostura cuando has perdido, o la de tener grandeza y no ser ventajista yéndote si vas ganando aunque se haya sobrepasado la hora límite prefijada. Tampoco es desdeñable el aprendizaje a mantener la firmeza cuando te echan un órdago, aunque te lo envíe alguien a quién perder ese dinero le suponga una nimiedad y a ti el abismo. A veces hay que porfiar que es lo mismo que pelear pero con la rémora añadida de la desventaja.

Todo acaba saturando, aunque para acabar colmado fueron necesarias varias partidas maratonianas que empezaban después de comer y podían acabar de madrugada, y contemplar en toda su crudeza la parte sórdida del juego, encarnada, por ejemplo, en el tío que se deja en la mesa toda la nómina que acaba de cobrar.  Con los años he vuelto a jugar al Póquer alguna vez, pero pese a la generosidad de los anfitriones estas timbas no han conseguido embeberme demasiado, supongo que uno con la edad se acaba volviendo maniático y no está a gusto si se propone jugar con toda la baraja, o hay alguien que revoca sistemáticamente la mano, o si afloran propuestas peregrinas como jugar a la cabra, o proliferan los parones para echar cubatas o uno se tiene que ir a las ocho por qué ha quedado con su mujer. Sin embargo, la mayor metamorfosis que he notado ha sido en mi manera de jugar estas partidas, afrontándolas a priori con la mentalidad conservadora de echar el rato, intentando administrar el presupuesto para que me durase el mayor tiempo posible aunque al final perdiese el dinero, a fin de cuentas cuando sales de fiesta si lo pasas bien no reparas al día siguiente en lo que has gastado, me digo. Desde que me asaltaron este tipo de reflexiones no he vuelto a ganar al póquer, ni siquiera al Risk.

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