La mano de Ferguson

No practicar deporte no me exime de prosaísmos como que me guste el fútbol, desde siempre o al menos desde que he tenido uso irracional, excluyendo algunos años de abandono, desengañado por la traición de Figo cuando se fue del Barça al Madrid. A la gente gafapasta o simplemente ruin que no sea capaz de entender esta devoción aún me atrevo a proclamarle la herejía de que, a veces, las páginas con más duende de los periódicos son algunas crónicas de deportes, junto a las taurinas (lo que no implica que nos gusten los toros) y los obituarios, sin que eso signifique tampoco ninguna insana pasión gótica o legionaria por la muerte.

Es un amor descompensado ya que mi deseo que gane España es como el del que quiere a un gato, aunque obviamente me llegó a la fibra tocar “violines en tierra de tambores” que escribió el maestro Besa, y arrastrado por el frenesí hasta españoleé un poco. Pero es al Barça al que le reservo todo el estremecimiento de mis vísceras, aunque empatizando con la pasión de cada uno por su club y suscribiendo la máxima de Pedro Luis Ripoll, que escribió que un hombre puede cambiar de trabajo, de amigos, de esposa y hasta de sexo, operándose para convertirse en una mujer, pero nunca puede cambiar de equipo de fútbol. Con los goles catárticos de los partidos terminales, detono un grito cuyos decibelios suelen superar con mucho el umbral de dolor del oído humano, para después quedarme átono y si se confirma la victoria celebrarla interiormente de manera calvinista, renegando de alardes, bocinas y banderas.

Tremendismo, aunque lo lleve por dentro, que me impide concebir que haya gente con la ligereza de espíritu de desear una final de la Champions Barça-Madrid. Loados sean ellos que no tendrán que tomarse dos orfidales y encerrarse en una habitación incomunicada mientras dure el partido, inconscientes son de que si hay un penalti polémico decisivo estallará otra Guerra Civil. Son los mismos que prefieren ver el fútbol en grupo y se preocupan por la cena, ya que tienen la fortuna de que les pase la comida por el esófago en los encuentros a vida o muerte o incluso en los que son “más importantes que todo eso”. Puedo alardear con orgullo de que no es el caso de mi madre y de mi abuela, una del Madrid y otra del Barça, y que tienen que ver este tipo de partidos en televisiones distintas para no pelearse.

Uno de los Barça-Madrid en el que peor lo he pasado fue la final de Copa del año pasado, me pilló currando en el periódico y no se me ocurrió mejor idea que ponerme de fondo por la radio la narración de Víctor Hugo Morales, cuyo relato en tono homérico del gol de Maradona a Inglaterra en el 86 siempre me pone nervioso cuando lo escucho, siendo la jugada con el final más sabido de la historia. Para colmo, después de marcar el Madrid me gané una bronca porque los de redacción central tardaban en actualizar la noticia en la web. Menos mal que para dulcificar el trance ahí estaba mi amigo Gino, al que le importa el fútbol lo que a mí la hípica, para mandarme un SMS con el laconismo de “Mou magno”.

Pero para mí, si hay una imagen que pueda compendiar, por sí sóla, toda la bendita irracionalidad del fútbol es una que pasó inadvertida en la última final de Champions entre el Barça y el Manchester. Faltarían menos de 10 minutos para acabar un partido en el que el Barcelona iba ganando 3-1 y estaba mareando con la pelota a los impotentes rivales. Repentinamente, la cámara se detuvo en Sir Alex Ferguson, el entrenador del Manchester. Una mirada esencialista a la escena ofrecida percibiría, a través de un primer plano, la mano temblorosa de un anciano que medio asía un papel bastante trajinado. La toma se abrió después un poco más para mostrar un rostro demacrado, trabajado por la tensión, al tiempo que una flor extemporánea que llevaba prendida en el ojal de la chaqueta contribuía a incrementar el patetismo de su figura. Ferguson no transmitía sensación de resignación o desolación, era algo mucho peor, ya que en realidad encarnaba la angustia de asirse a una quimera que sabía imposible como era la de sobreponerse al marcador, al baño de juego y al reloj galopando en su contra.

Un entrenador que también es manager de su club desde hace más de un cuarto de siglo, que lo ha ganado todo, que es una leyenda del fútbol mundial, con la posibilidad a sus 70 años de retirarse tranquilamente a disfrutar de sus nietos y de su fortuna. Pero Ferguson debe ser distinto, aunque no sea del todo para bien. Periodistas tan al tanto de sus arcanos como Carlin trazan esbozos de un viejo desagradable, arrogante, colérico y faltón, tan zumbado como para pretender estamparle una bota en la cara a Beckham en una riña de vestuario. Con todo, nadie le podrá negar aunque sea una pizca de redención por tener la grandeza de negarse el alivio, por su humanidad al aferrarse a una esperanza convicta de lo imposible, sufriendo, perjudicándose hasta rozar el daño, temblando, viviendo.

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