El pisito

  • A Javier Carrasco

De todas las épocas raras y locas que me han perturbado con sus sobresaltos, recuerdo con un cariño particular los tiempos del pisito que compartí con Javi y Alfonso. Nuestra guarida estaba en un edificio con una fachada con mucho encanto, pero el piso en sí era ya bastante inhóspito incluso antes de nuestro concurso, brindando una gelidez en invierno que dio pábulo a la leyenda de que los cubitos se hacían más grandes en los botelleos, y en verano, por el contrario, condensando un calor que era hasta físico y tangible, haciéndole a uno temer quedarse durmiendo la siesta por si acababa saliendo en la parte chunga de Gente como víctima de un golpe de calor. Recuerdo una noche pegajosa en la que, ausentes también mis compañeros, tuve que dejar a los allí reunidos sin anfitrión y tirarme a los bares, aunque el escuadrón de la muerte mucho no se indignó por mi espantá, engolosinado como estaba con las invitadas.

Tan deficiente era el mobiliario del pisito, que el único armario que teníamos era el que estaba en mi habitación, lo que me granjeó no pocos quebrantos y muchos traumas con los despertares en los que la primera visión que tenía era el puto culo blanco de Javi, maniático de no salir del cuarto de baño siquiera con el mínimo requerible de unos  calzoncillos, y absentista también de sacar la ropa antes de ducharse. Aunque una madrugada de verano me vengué, sin buscarlo, al regalarle la contemplación en todo su esplendor de mi desnudez, penalizando también, de esa manera, el repente bondadoso que le dio al entrar en mi habitación para apagar el ventilador y evitarme un posible resfriado. Que cesen las plañideras de su tragedia porque hace poco en Granada reanudó esta antigua guerra con una crudeza salvaje, inenarrable pese a los nimios estándares de pudor de este blog.

El menaje de hogar tampoco era muy abundante, aunque a esta carestía algo contribuimos nosotros, que tiramos alguna vez platos con tal de no fregarlos, además de la concurrencia involuntaria de otros avatares como la misteriosa desaparición de cuchillos, hasta que resolvimos que los estábamos tirando sin darnos cuenta de su alojamiento polizonte en el interior de las cajas  de las pizzas, uno de nuestros alimentos fetiche. Sobre todo una vez que, en mi caso por ejemplo, decidí que no iba a pedirle más a mi madre los polos de limón gigantes de los que según ella al derretirse salían ricas sopas. Sea como fuere, lo cierto es que pronto nos vimos envueltos en un bucle alimenticio demencial cuya cadencia cíclica era cena de lujo al cobrar la nómina, la Plaza de las flores los primeros días de mes, pizzerías en el ecuador, Bonache o hamburgueserías camino del final, para nutrirnos ya en los últimos días de la cascaruja de las tiendas de los chinos.

También nos dieron problemas los meaderos de los cuartos de baño, primero se fastidió el de mi habitación por lo que tuvimos que usar todos el del pasillo, cuando éste se escacharró también, hicimos en el primero una ñapa de nivel tener que dejar la parte de la cisterna sin tapadera y así seguimos funcionando abrazando la precariedad con tal de evitar llamar a la metiche de la casera y que se enterase de las profanaciones que ya llevábamos perpetradas en su piso. Hubo que acarrear las consecuencias enojosas de tener que ducharnos todos en el baño de mis aposentos y de cagar los tres en el mismo agujero, aunque eso una y cree para siempre un vínculo especial como dicen que les pasa a los musulmanes que comen en la misma escudilla. Pero lo que perdió el confort lo ganó la guasa de la soldadesca, cuando en un Bando de la Huerta pasasen por ese cuarto de baño la totalidad de las molinenses y la mitad de las murcianas y algún espíritu zumbón me observase  “quién te iba a decir a ti que por tu habitación iban a pasar 200 tías”.

Este paraíso más adánico que edénico aún tenía que contener la previsible la lacra del “desorden” , lo entrecomillamos porque en realidad el concepto englobaría más cosas en las que no ahondaremos por no hacer más imposible engañar a alguna para que viva algún día con nosotros. No lo llamemos uso torticero del lenguaje pudiendo tomarlo como una concepción libertaria del vocabulario, algo en lo que es reincidente este prescindible blog. “Caos”  a cuyo favor operaba  cierto mecanismo mental cuando compartes piso que viene a socializar ante hipotéticas visitas la autoría y por tanto la culpabilidad del sindiós, y ya se sabe que si la culpa es de todos no es de nadie, o a ese frágil asidero nos agarrábamos nosotros. Con todo, después, ya viviendo solos, alguno todavía ha tenido que recurrir a limpiezas previas a la llegada de la mujer de la limpieza. Pero no nos hagamos los estrechos, que levante la mano el tío que viva solo y que no agradezca la visita de la churri o de un tucutú ocasional también porque sabe que se obliga a adecentar su guarida. Como la masculinidad es terrible también habrá a los que se la pele quién venga, a esta bajeza abisal no ha llegado este escribiente ni que yo sepa los que fueron sus compañeros de piso. También por secretear el “desorden”, algunas aventuras nocturnas no acabaron como debieran o donde debieran, o bien se exponenciaron con finales en Patiño o Puebla de Soto, en una racha pedánea que tuvimos y a la que regalamos varios numeritos circenses, ya diurnos, por calles y bares, que si se hubiesen saldado con una paliza lugareña habría constituido un acto justicia cósmica.

A la necesidad de encubrir el turbio paisaje doméstico también se debió una anécdota no poco jugosa que protagonizó uno de mis compañeros con su padre. Resulta que éste estaba paseando con un amigo en dirección a la plaza de las flores a tomar un aperitivo, por lo que pasó por nuestra calle aledaña, y decidió pegarle un toque a su hijo, quien sonámbulo de sueño pero embargado de un temor atávico por la posibilidad remota de que a su padre le diese por subir al piso, no se le ocurrió mejor salida que decirle que estaba durmiendo la siesta, lo que hubiese sido un alarde de reflejos si no llega a ser por la unanimidad de los relojes en marcar las 12 del mediodía. Para terminar de derrumbar el débil andamiaje de la coartada, el padre se tropezó conmigo al final de la calle y con un candor guasón y más que impostado me contó la infumable historia de la siesta escapándosele al final una sonrisa de complicidad, que presuponía erróneamente que mi compañero le había dado tan cantinflera explicación por estar encamado con alguna. Yo balbuceé algunas frases inconexas y absurdas, recogiendo de esa manera Antonio Ozores el testigo de manos de Cantinflas, pero aún tuve suerte de ahorrarme el cachondeo que padecería después mi amigo de su progenitor, bajo la forma de una “inocente” deconstrucción de un sábado por la mañana que precisase de una siesta al mediodía. Al padre le salía un madrugón a las 6 de la mañana, un desayuno a las 7, una comida a las 11 y ya por fin la siesta a las 12.

Si hubiese que escoger dos momentos particularmente “desordenados” del piso serían el del botelleo del Entierro por la noche, en el que el menor atentado que hicimos fue el de tirar la ceniza y las colillas al suelo, dejando aquello al irnos en peor estado en el que estaría el parque Fofó en esos mismos momentos. Mientras que el otro tuvo un componente más accidental, lo que potenció el estrago antes de mitigarlo, sobreviniendo el desastre por una bolsa de hielo grande y reventona que alguien dejó olvidada en la pata de una mesa. Como andábamos fundidos esa noche no habíamos salido y nos habíamos disuelto pronto, de manera que cuando nos levantamos a la mañana siguiente nos encontramos con que nuestro sufrido salón se parecía esta vez a otro parque más famoso, el de Doñana, con su especie protegida incluida durmiendo en el sofá bajo la forma de búfalo roncador.

Pese a nuestros ataques al bienestar vecinal, sorprendentemente nunca tuvimos ningún problema, antes al contrario, todo era amabilidad y buenas caras, hasta el punto que la vecina de al lado incluso nos pedía disculpas por el “ruido” que hacían sus chiquillos jugando en el pasillo, unas criaturas sobre las que creíamos tener el cargo de conciencia de estar interfiriendo en su normal crecimiento, perturbando su sueño con nuestra tralla nocturna. Para colmo, cuando deterioramos el ascensor subiendo un tormo de sofá todavía aparecieron carteles reprobatorios que pedían cuidado al subir carricoches. Y eso que estábamos acojonados por qué del vecino de al lado, el padre de los niños, nos constaba por incidentes ajenos a nosotros que era un enfadica y un polémico, del que llegamos a maliciar que había vuelto a casa solo en medio de las vacaciones familiares debido a un castigo de su mujer por hacer alguna de las suyas, sin embargo siempre que coincidíamos con él en el edificio, por la calle o desayunando por los bares del barrio nos prodigaba una simpatía digna de mejor causa.

Tampoco hubo hostilidad en la vecina de enfrente pese a mis temores, guisados con el caldo de cultivo de haber sido ella años antes mi profesora de Relaciones de Género en la España Contemporánea (feminismo), clases a las que no iba mucho porque empezaban a las ocho de la mañana, no por otra cosa como barruntaba yo que ella podía pensar al detectarle cierta ojeriza conmigo por aquellos tiempos, ahora inexistente, pese a la mala vecindad que afrontaba la pobre. El brillo de la buena estrella era tan fulgurante, que ni siquiera consiguió ser enturbiado por el cubo agua sucia que se me cayó por el patio de luces sobre la ropa tendida de la vecina del primero, de manera que pese al furor que merecía esa torpeza tan mía cuando, cordero degollado, bajé a disculparme a la buena mujer solo le faltó decirme que podía repetir el alarde de destreza todas las veces que quisiese. El único esbozo de recriminación que padeció uno de nosotros, fue la mirada oblicua proveniente del cercanísimo edificio de enfrente por parte de un padre que había tenido que alejar a sus hijas de la ventana para ahorrarles la mejorable vista de un toneras descamisado fumando Dios sabe qué.

Fueron pasando los meses también con sus momentos menos idílicos y con canseras de alma repetitivas, como el ‘Eres’ de Massiel que nos regalaba Javi por las mañanas y por las tardes, resultando particularmente insufrible para el que os escribe tener que soportarla cuando venía de trabajar a las ocho de la tarde con el cerebro lobotomizado por la pantalla del ordenador, encontrándome, alfa y omega, la misma banda sonora y al cabrón que la detonaba con su estado de felicidad inducido, fresco como una lechuga por su horario intensivo. Claro que para cansa almas mis compañeros podrían señalarme a mí y a mis monopolizaciones para baños de una hora del cuarto de baño comunal, por contar la más leve de mis fechorías. A todo esto se fue añadiendo el desgaste físico de las salidas del viernes, las visitas al día siguiente por la tarde de los que no habían salido la noche anterior, luego la preceptiva fiesta del sábado por la noche y alguna furtiva aparición estelar de vez en cuando los domingos por la mañana. Como la cosa no podía acabar ahí, entre semana solíamos tener nuestra noche de “tinieblas”, “yo nunca he” y “escondimorris” a las que jugábamos a nuestros veinte y muchos años metidos en los huevos con nuestras amigas jovencicas a las que invitábamos vampirizando a Alfonso, que para eso era el guapo. Como el estrago en los organismos no era paliado ni por la buena alimentación ni por el ejercicio hubo que idear innovadoras soluciones regenerativas, como la de Javi de dormir en su habitación durante los botelleos para levantarse a las tres listo para la cabalgada a la Sala B.

Pero pese a la creatividad de ese trío de idiotas haciendo lo que sería sólo parcialmente disculpable diez años antes, parafraseando a nuestros liberales de toda la vida, aquel bendito estado de malestar era insostenible. Ya que, aún con fenómenos paramédicos como la desaparición de las alergias de alguno, lo cierto es que perdíamos todos un kilo de peso matemáticamente cada mes. Con todo, al final fuimos la única forma de vida superviviente del piso, muerta la planta, suicidas las cucarachas, extinguida la plaga de palometas que ese año invadió Murcia y cazado un murciélago que pasaba por allí a manos de Javi, con una pericia que sólo le he vuelto a ver otra vez en una noche de años después, en la industria nada altruista de unos mojitos. De manera que, tras un año, periclitamos arriando la bandera pirata de nuestro peñón de Argel, enseña a la que todavía le debemos meterle fuego como acto de desagravio, ya que por el celo de alguna madre acabó lavada, planchada y almidonada. Tomamos caminos distintos viviendo solos, aunque no exentos de locura, como por ejemplo la subyacente en lo que me dijo unos de mis compañeros al poco tiempo de dejar el pisito: “Me acabo de comprar un piso de más de 30 millones y tengo 60 euros en la cuenta del banco”.

 

Coda: Este post va dedicado a Javi, aunque en realidad tiene rango de coautor ya que interviene en las anécdotas que son la parte buena del relato, mientras que la mala bajo la forma de fárragos y palabros ya sabemos a quién adjudicársela. También me gustaría mencionar a Laura, la única que ponía un poco de cordura, a Juan Pedro, Ayatollah de la colonia molinense en Murcia a la que espero volver pronto, a Manolo en recuerdo de sus pitos ‘al vent’ y de la noche en la que fue el emperador Francisco José, a Antoñico al que le debemos unas tinieblas, a ‘Lampard’ Jesús, a Unai, singular sátrapa, a Rafa, al que prometemos no volver a recibirlo ataviados exclusivamente de sombrero y chaleco, a Luís, del que espero no olvide en los juzgados sus habilidades cerrajeras que me han salvado alguna vez de dormir en la calle, a Santiago gran escrutador del techo del pisito y de cuyo trastero aún tenemos pendiente sacar los restos del naufragio y a todos los que pasaron por allí y participaron en tan poco edificante aventura.

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6 responses to “El pisito

  • Mam

    Recuerdo, al leerte, mis años de universidad de pisito compartido. Mi vecina de abajo estaba loca, de atar. Al llegar de madrugada y seguir la fiesta, hacia que su marido saliera de casa para apagarnos la luz directamente del contador…allí nos quedábamos a dos velas. Literal. Pero lo mejor fue cuando la pillé, con el gancho ese de bajar y subir los toldos, intentando pillar los sujetadores tendidos en el patio. Siempre me quedará la duda de qué iba a hacer con ellos ¿Quemarlos? En fin, gustazo de vecinos/as que teníais.

  • Víctor Ramón

    Lo de los sujetadores es grandioso, merecería hacerse un post sobre la base de esa anécdota……la verdad es qué nosotros tuvimos una inmerecida suerte con los vecinos…… 😉

    • Mam

      Esa fue una de muchas, pero inolvidable. Hasta que un día vimos sus muebles en un camión de la mudanza. Nunca supe donde se fueron a vivir. Pero da la casualidad que la semana anterior, después de 200 cubatas, “jugábamos” a describir distintas maneras de asesinar a la vecina…¡japuta seguro que había conseguido ponernos micros y cámaras en el piso!

  • Juanpe

    Grande, Victor. Un día contaré cuando nuestros pisos se unieron en una cena-charla-coloquio-reunión-bienvenidadelaprimavera-quienestagente-voyacasaporlabotelladeron-sacaelorujoquecomprasteenlugo-pereanovalesdemoderador-porquelloraestachica de domingo por la noche hasta las mil.

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