A.

A. tenía junto a su hermano una pequeña empresa. Ya al inicio de la crisis empezó a perder clientes, de los que quedaron, los unos pagaban tarde y mal y los otros directamente dejaron de pagarle. A pesar de ello, durante los primeros meses aún pensaba que podría resistir, e incluso recuerdo haberle escuchado por aquel entonces una reflexión sobre la situación general en el sentido de que la cosa era pasajera y motivada más bien por qué los bancos habían cerrado momentáneamente el grifo. Algo que todos pensábamos o queríamos pensar, como aquel otro que le preguntaba  a un amigo bancario en 2008 ¿es qué no vamos a aguantar un año?

La cosa empeoró más todavía por lo qué él y su hermano tuvieron que tirar de la suspensión de pagos, primero, para cerrar poco después. Con el plomo en las alas y sin recrearse en la melancolía, decidieron aprovechar los contactos y experiencia en su sector para intentar seguir ganándose la vida como intermediarios. Pero como la mediación suponía una tercería entre los que andaban con la soga al cuello y los ya ahorcados, el negocio rendía pocos dividendos, así como bastantes berrinches abonados con toda la casuística quita vidas del pagaré, del de a tropecientos días, del sin fondos,  todo ello sazonado con toda la picaresca concebible del escaqueo, la que responde a las llamadas con el “ justo acaba de salir, yo le digo que te llame”, o con el “ pues que raro, te hice el ingreso esta mañana”, sin que dejasen tampoco de concurrir los mantras del “si no me pagan a mí no te puedo pagar a ti”.

Pese a que respiraron al desprenderse con una venta de una de las hipotecas que tenían, lo cierto es que con mucho quebranto apenas podían sacar el equivalente de un magro sueldo para uno. De esa forma los meses se fueron sucediendo  para A., minándolo cómo sólo sabe hacerlo el tiempo que transcurre en tú contra, aunque a través de otro amigo común consiguiese un curro a turno rotatorio en una cadena de montaje, con lo que obtenía así un alivio momentáneo del asedio de la otra hipoteca que le quedaba. Descomprensión que se podía observar en su semblante, libre de turbiedad, en fuga los espantajos pese a estar absorbido por un curro físicamente duro que además solía privarle de poder socializarse los fines de semana, sin mitigación de este escribiente que le escatimó alguna salida entre semana que luego no poco le pesó.

Pero como el coño no lo tiene nadie para farolillos, en la empresa pronto le dijeron que iban a dejar de llamarlo una temporada, hasta que hubiese otro pico de producción, que se lo tomase como unas vacaciones, aunque sin dejar de pronunciar la frase fatal, la de “estás despedido”, esa que te hace sentirte escupido como gargajo, como lapo, como la mierda que han cagado, por muchos miramientos, “no hay más remedio” y sugerencias de futuridades que concurran en el trance. Repuesto del mal trago, al principio A. no se angustió demasiado, pensando que tarde o temprano podía volver al último trabajo o encontrar otro similar, al tiempo que tampoco le venía mal un alivio de luto después de haber pasado el verano casi sin poder salir, por lo qué aprovechó para desquitarse con mesura, echarle un cable a su hermano con la intermediación y solventar asuntos propios pospuestos. Pasadas las primeras semanas, se acomodó a la fuerza a una rutina que empezaba por las mañanas con un vistazo a las ediciones digitales de La Opinión y La Verdad, seguía con un escrutinio del Infojobs y similares, y completaba el curso de turno. Las tardes al Facebook, y las noches eran para series, películas, fútbol si había, y Punto Pelota.

El tiempo iba pasando y no le salía nada, el dinero empezó a escasearle y la angustia a trabajarlo a fondo, ya ni siquiera salía de fiesta ni con juramentos por nuestra parte de llevarlo a los sitios de julandroneo, mecherío, tetas neumáticas y baile de máscaras que tanto le gustan a él. Fue encerrándose y aislándose, siendo el único escapismo diario que se permitía el café mañanero en la cafetería de debajo de su casa, endulzado por la simpatía de la rubiala guapetona que trabaja allí, a veces también agriado por algún “qué bien vives” de algún tonto de los que tanto proliferan. Con su gente tan solo quedaba de vez en cuando a tomar un café, en el qué trataba de comparecer de buena cara y prodigando sus tocadas de pelotas características, eludiendo siempre hablar de su tormento. Sólo lo hacía, con sinceridad pero escuetamente, si te quedabas a solas con él y le preguntabas, ya dejó escrito Borges que “hay una dignidad que el vencedor nunca alcanzará”.

Un día me sorprendió diciendo que estaba yendo a misa, reverdeciendo una remota fe de niño y en desaire a sus no pocos pecados, muchos de los cuales conozco por las varias veces que nos hemos condenado juntos. De esa manera, tras aguantar que le vomitasen muchas homilías y sermones, llegó un domingo genesiaco, no exento de una tentación absentista previa bajo la forma de una propuesta para ir al cine, que desdeñó, aunque como la ordalía no tenía tetas muy ardua tampoco fue la prueba divina, todo hay que decirlo. Asistió, así pues, a la ceremonia como a otra anterior cualquiera, cuándo el cura iba a repartir las hostias fue esta vez el Demonio del hastío el que le tentó para irse, pero se quedó, al terminar la ingesta masiva, el impulso arremetió de nuevo pero él que no, que no se iba. El sacerdote terminó de decir las últimas palabras pero A. a esas alturas estaba poseído por un misterioso fatum  que le condujo a ser de los últimos en abandonar la iglesia, para tropezarse de bruces y por casualidad con la salvación, encarnada en un veterano empresario que él conocía de vista y que le dijo “me ha dicho tú padre que estás buscando trabajo, tengo algo para ti, esta semana te llamo y te digo”, avanzándole que consistiría en llevar la administración y controlar la recaudación de un negocio grande y que funcionaba, para el que requerían a alguien de confianza.

Como todo el puterío de la vida no puede ser contenido en un relato al estilo de una parábola bíblica o de aquellos de las Mil y una Noches que tienen como protagonistas a los fedatarios de Alá y su infinita misericordia, la cosa aún se complicaría un poco más. Primero con la previsible incertidumbre del cuando llamará, después con una nueva vuelta de tuerca más, para destrozo de los nervios de mi amigo, al recibir la anhelada llamada su padre quién no pudo si no contestar con “un no me ha dicho nada” a la pregunta del empresario de si estaba al tanto. “Cómo son los hijos”  zanjó el último dejando, eso sí lo más importante, una dirección de correo electrónico para que A. le mandase el currículum antes de las tres, pues a esa hora tenía una reunión con sus socios para abordar el tema de la contratación que querían dejar ya cerrada. Tras las explicaciones de rigor entre padre e hijo, éste manda el correo y a rezar. Pasan las horas sin noticias y con creciente jindama, la de cucharadas de sopa que se caen de la cuchara a la boca, hasta que mi amigo receloso le da por mirar el mail y…. ¡espanto! con las prisas nerviosas ha mandado el mensaje a una dirección errónea, al borde del colapso llama al empresario pero no lo coge. No hay palabras para describir lo qué debió sentir durante la hora y media en la qué no consiguió localizarlo, sé que se le pasó por la cabeza que entre esta cagada y lo de no haberle comentado al principio nada al padre (por no crear expectativas) el otro podía pensar que pasaba del trabajo, también me comentaría luego que llegó a tener por cierto que si en la comida del mediodía de los socios había sobre la mesa más candidatos él estaba liquidado. Ya se veía dando unas imposibles explicaciones a su familia de la manera tan idiota en la que había perdido la oportunidad que llevaba tanto tiempo necesitando, cuándo el empresario le devolvió las llamadas para decirle que pasase al día siguiente por su despacho para una entrevista con él y sus asociados. Por elemental justicia cósmica el trabajo fue suyo.

Los que no sean milagreros pensarán que su benefactor le hubiese llamado de todas formas al día siguiente, extrañado de no recibir el correo, o retrotrayéndose que tampoco era descartable que tanta espera en misa encubriese el afán de hacerse el encontradizo con alguna feligresa o, ya puestos, que podría haberle tocado la lotería al poco tiempo, al que obtuvo el curro salvador poco le importa lo que vayamos a pensar. Pocas horas después de conseguirlo, ajeno el que os escribe de toda la peripecia al completo, y enfrascado en los avatares del partido de vuelta entre el Chelsea y el Barça, padecido con la intensidad de quién busca desahogos en lo que sea a sus no pocas frustraciones, le tuiteé, de blaugrana a blaugrana, alguna truculencia gratuita del estilo de que me apetecía beber como cerdo lo que había sufrido como perro, a lo que él me respondió, con parca alegría, “para mí no ha sido un mal día, pero a unos copas no le hago ascos”.

Anuncios

10 responses to “A.

  • Mam

    Aunque te leo en otros lares, prefiero comentar aquí. Me gusta imaginar a A. sobrecogido, pensando que, pase lo que pase a partir de ahora, sobre todo en el trabajo, este escrito siempre quedará. Siempre estará ahí, demostrando lo que sientes por él. Pensando que lo pasado puede que haya valido la pena sólo por el hecho de leer estas líneas. Es mucho más que una historia bien contada. Los trabajos van y vienen y las malas rachas también; los amigos de verdad, no. Felicidades. A los dos.

    • Víctor Ramón

      Muchas gracias Mam por tus palabras, aunque son un poco exageradas, 🙂 ya me gustaría a mí que perdurase tanto este post, el soportarnos A. y yo mutuamente,eso seguro, pese a las no pocas lacras respectivas jajaja, ¿por cierto nos conocemos?

      • Mam

        No. Te leía en La Opinión. Luego dejé de ver tu blog y al poco tiempo te cruzaste en muros de amigos en Facebook. Ahora te sigo por aquí. Es lo que tiene ser público (suena ésto un poco mal o me lo parece?)…bueno, en todo caso, más visible.

      • Víctor Ramón

        Yo encantado de tener buenos lectores como tú, era curiosidad solamente, gracias por la fidelidad 😉

  • Nichabel

    Muy bien, no esperaba menos. Cuanta calidad hay en lo que escribes y no menos razón.

    • Víctor Ramón

      Es la gran Ana Isabel??, jaja cuánto tiempo, aunque con propiedad solo puedo decir esto si os veo de nuevo…en este mismo blog tengo un homenaje al Camborio que hice con la memoria puesta en la última vez que fui, que fue con vosotras. Un besazo

      • Nichabel

        Que bueno! pues lo buscaré y lo leeré. Me gustó mucho leerte. Parece que por ti no pasan los años Victor, o debo llamarte Dorian? jajaja un abrazo fuerte.

      • Víctor Ramón

        También tengo el alma vendida al diablo como el dorian,Sí que pasan sí pese a lo que pueda engañar alguna foto,jajaja a vosotras sí que os veo por ahí tan estupendas como siempre, a ver si os da una ventolera y venís un día a Murcia, aunque ya sé que no es Granada…un abrazo para ti, y recuerdos a las demás….

  • Mam

    De nada. Más tarde o más temprano, coincidiremos en algún sitio (Murcia es así). Prometo presentarme como Mam y estaremos en igualdad de condiciones.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: