Los argentinos

Primero conocí a su padre, venido en viaje de prospección a ver in situ como se vivía en Molina. Donde tenían familia, por ser originaria de allí la abuela, que emigró siendo niña a Argentina. Esos parientes españoles incluían una prima, amiga de mi madre, que fue la que nos presentó. Corría el año 2000 y todavía no había corralito pero la cosa ya pintaba fea. La casualidad quiso que viniese justo en fiestas, de las que le llamó la atención que pudiese haber tanta gente en la calle bebiendo y disfrutando en aparente armonía, pensando que una celebración así en Argentina devenía en tragedia fijo.

Tras muchas cavilaciones vinieron todos a los pocos meses, salvándose por poco de la quema, para eso dicen que la fortuna tiene a los valientes entre sus predilectos, de manera que el atraco corralero les pillaría ya en España, viendo esas navidades por televisión los disturbios y caceroladas. A Alfredo y Pablito, los dos hermanos, no los conocería hasta la  primavera, el segundo tenía 16 años pero ni siquiera los aparentaba por qué era todavía más tirillas que yo a su edad, y además tenía cara de nena, semejanza que cuando empezase a salir con nosotros le valdría que lo embromásemos con la amenaza entre cuartelera y presidiaria del “como no liguemos el que más se parece a una tía eres tú, lleva cuidado”, él por si acaso a los años, en cuanto pudo, se dejó una barba de la que nunca no se ha desprovisto.

Esa relación inicial fue breve, lo justo para poder salir un par de noches con Alfredo, presentarle a mi gente y poco más, pues por esos días me agarró una depresión de caballo que me tendría entretenido varios meses, quedándose él al cuidado entre otros del no menos loco de mis amigos quién le procuraría no pocos pasmos. Cuando volví, repuesto a pastillazo limpio, Pablito empezaba también a venir con nosotros, en menoscabo de su inocencia, y al poco tiempo se uniría otro argentino más animado a hacer las españas, Pablo, que se había criado puerta con puerta con los dos hermanos en el mismo barrio bonaerense. Éste tampoco se privaría recién aterrizado de un susto notable a cuenta del significado más gozoso que tiene para ellos el verbo coger, quedándose lívido con la advertencia que le hizo con seriedad impostada el padre de los otros dos argentinos: “Aquí en España se coge todo el tiempo y se coge de todo”.

Como vinieron al principio de la oleada argentina, los cabrones pudieron hacer una buena explotación nocturna de la musicalidad de su acento y de las afiladas técnicas porteñas de ligoteo, curtidas en hacer frente a la dureza de las argentinas, que según me decían ellos no es sólo que fuesen unas “doñas no”, sino que directamente basureaban a cualquiera que osase decirles algo. Tanto frenesí argentinista despertó en la facción española algún patético afán camaleónico en cuanto a la nacionalidad, inventando venidas a España a tempranas edades en una especie de trasunto de las aventuras de Marco, al tiempo que tampoco dejaban de concurrir asunciones interesadas del roll de bombero en los raros casos en los que el rollo argentino no era bien recibido.

Les encantaban los botelleos callejeros de aquellos años, sobre todo por la sensación placentera de poder estar sin cuidado en la calle a esas horas, alejado el temor a que un villero viniese a despojarles hasta de los zapatos, como pasaba en Argentina, donde para poder ir a sacar dinero a un cajero me contaban que tenían que montar una operación de comando. Para no ponernos demasiado bucólicos hay que decir que el ron también les gustaba, bastante, la de botellas de Negrita que habremos bebido juntos a lo largo de los años, cargándome por mi absurdo modus operandi de beber poco en los botelleos y mucho en los bares, contrasentido que solía rematar si íbamos a alguna discoteca con el quijotismo de invertir los 10 euros de la entrada en un cubata de Negrita. En esos trances hablábamos algo de política y de Historia, de España y de Argentina -sobre todo con Pablo-, a menudo de mujeres, nunca de economía como nadie en esa época, y casi siempre de fútbol. Todos eran fanáticos seguidores de River, hasta el punto de defender aún hoy que Saviola no es un paquete y no se la metieron doblada al Barça y al Madrid con él. Ya aquí se harían culés, con una pasión acrecentada con la irrupción de Messi, al que Pablito idolatraría hasta el punto de estar convencido hace unos años de que los jugadores del Barça conspiraban, con Xavi a la cabeza, para no pasarle la pelota.

Esas comuniones junto a las botellas, me permitían satisfacer mi devoción por sus argentinismos, boliche, joda, morocha, chamullero, trucho, canchero, gambeta, merso, bostero, fachero, concheto, petizo. No era la evocación exótica, o la música, ni siquiera la atracción que pueda ejercer en un español esa  mezcla de alteridad e hibridación cultural de lo “argentino”, eran las novedosas texturas de la realidad que algunas de esas palabras descubrían, universos paralelos de magnitud borgiana contenidos en desconocidos vocablos de mi mismo idioma. Los cazadores de palabras saben bien de lo que hablo, salivarán con mí festín. Conforme el alcohol campaba en la sangre sus conversaciones también se permeaban de recuerdos, brotando anécdotas vividas con los amigos de allí, evocadas siempre sin ánimo de luto. Leíto, Mariana, Mato, serían nombres que reverberarían a menudo, con el trasfondo de su barrio de Llavallol, al que Alfredo y Pablito no han vuelto a visitar todavía, sí Pablo, que se reencontró unas semanas con los suyos casi una década después de la despedida.

Tras un tiempo sin vernos con regularidad, regresé roto y con una oposición a cuestas afrontada con espíritu terminal, buscando un quimérico bálsamo de sábado. La memoria caprichosa se detiene en una noche cualquiera, en un leve chirriar de ruedas, en el interior de un coche en el que suena Ráfaga a muchos decibelios, en una garganta rasgada, en unos huevos a revientacalderas, en un amanecer.

De vez en cuando hacía alguna aparición estelar Alejandro, otro argentino, un tipo cuyo epitafio, dentro de muchísimos años, podrá poner que vivió y con más azares que León el Africano. A los 33 años ya ha sido bacán precoz en Argentina, soldado en España, también aquí bancario unos años, fachero y temerario siempre, ya sea en Buenos Aires, en Murcia, en Lugo, en Suiza o en Cataluña. Mientras tanto, el tiempo pasaba pero ellos seguían derrochando vitalidad, la precisa para salir jueves, viernes y sábado, trabajar como el que más de lunes a viernes y todavía, como en el caso de Alfredo, querer echar horas extras el sábado. A esto había que añadir sus cuatro partidos de fútbol semanales, de manera que comprenderéis mi azoramiento al decirles alguna vez que no salía por qué estaba “cansado”, siendo el único estrago que arrastraba el de mi físicamente plácido curro oficinesco. Pero ellos tenían cuerpo y alma para todo, incluso para trocar la nobleza casi inocente en su relación con los amigos por astucia y pillería barrial si la situación lo requería, como cuando a Alfredo y Pablito les tocó ganarse la vida vendiendo tarjetas prepago, recorriendo los locutorios de la Región en jornadas extenuantes, o a Pablo patearse las calles en pleno verano murciano con un traje que esas circunstancias era una mortaja. Putas en la calle si había que serlo, señoras para todo lo demás.

En los últimos años empezamos a coincidir menos por las circunstancias naturales de la vida, desquitándonos a fondo las veces que quedábamos, viniendo incluso una bendita temporada en la que volvimos a quemar las calles juntos, sobre todo con Alfredo, ya que Pablito andaba en mejor compañía, mientras que Pablo se dispersaba haciéndose fuerte en sus dominios de Las Torres. De esa época recuerdo particularmente una noche idílica en la que los padres de mis amigos nos obsequiaron con un lujo de asado argentino, que fue el colofón perfecto a los seis goles que le endosó el Barça al Madrid en el Bernabéu, casi me vuelven partidario de ver este tipo de partidos con gente. Cómo olvidar aquel Bando de la Huerta en el que salí con fiebre y dos magras horas de sueño, queriéndome ir enseguida y a Alfredo que le faltó hacerme el avión de las madres a sus hijos con la comida, “le damos un toque más a un bar y listo”, me decía en este caso con maternidad chunga pues así me llevo de barra en barra y de cubata en cubata hasta ahogar en alcohol el virus y el quebranto, si se descuida aún acaba tumbando él, no hubiese merecido un castigo de menor rigor bíblico.

También se me carcajean los huesos cada vez que pienso en cierta ocasión en la que estaba con las que habían sido mis compañeras, y sin embargo muy amigas, del penúltimo trabajo. Habíamos quedado para comer y después fuimos a mi piso (en esa época aún me podía permitir esas opulencias aunque fuesen de alquiler). En fiel traslación del microcosmos laboral el único tío era yo, algo que en el curro me había asegurado la posibilidad de disfrutar de muchos “desayunos con diamantes” en los que broches, pulseras y demás chuminadas refulgían como tema de conversación, ya que para colmo, en tormenta perfecta, dos de ellas los elaboraban, y aún los elaboran con bastante éxito, por cierto, todo hay que decirlo. Supongo que comprenderéis que por mucho que las echase a ellas de menos cuando empecé en el periódico en la vecindad de la sección de deportes encontré un alivio para poder hablar de culos, tetas, fútbol y demás cosas indispensables. Estando, cómo decía, con ellas en casa me llaman los argentinos, antes de darme tiempo a invitarlos a venir A. se marcó a plena voz  un “que vengan si tienen cojones”, que ya de por sí tenía guasa por qué lo profería una que no era precisamente la menos pavincha para estas cosas, dan fe sus cuitas de ligoteo vía SMS de las que fui testigo en la oficina. Con tan vehemente demanda de su presencia aquellos no pudieron evitar venir con cierta premura, adivino también que en algún caso con fundadas expectativas, por lo menos a priori, que se verían laminadas al llegar y tropezarse con un ambiente nada festivo, presidido por la perorata de M. sobre un tema tan ligero como el de Guantánamo. Todavía saldrían bien librados, por qué a ellos no le echaron los perros como a mi la misma M. por no suscribir de manera inmediata y entusiasta su afirmación de que Julio Anguita era el mejor político de la Historia de España, peroración que sustituyó a la de Guantánamo.

Ya en verano aún nos aguardaría alguna salida torrencial de las nuestras, ya cada vez más crepusculares, como olvidar aquel camino de vuelta en La Manga con el día siguiente con sus reales bien aposentados. Alfredo y yo haciendo eses al caminar, cuyo trazo ilegible a uno lo hacía aproximarse cada vez más al Mar Menor, emulando la pulsión vitalista que condujo Antoine Doinel al mar, aunque su rumbo tuviese menos connotaciones existencialistas y más meandros, mientras que el otro tendía, en sentido contrario, a frisar peligrosamente la carretera. Menos mal que estaba allí Pablito para pastorearnos, que es el más responsable pese a la mala escuela que tuvo en nosotros. Aún nos aguardaba esa misma mañana algún sainete beodo más, cómo cuando Alfredo quiso, atento a mi comodidad, intercambiar los sofás sobre los que pretendíamos desmayarnos, con el argumento de que el suyo era más grande que el mío, operación que realizamos sin reparar en que lo que eran distintas eran nuestras alturas no las ocasionales camas.

Empecé a trabajar los fines de semana en el periódico, todos al principio, después por suerte sólo algunos, los libres por un fatalista deus ex machina solían coincidir con los de finales de mes por lo qué me solían pillar ahorcado. Vivía solo y nunca he sido un prodigio administrándome, confieso. De esta forma se restringía mucho la posibilidad de vernos, además Alfredo empezaba con su chavala, de manera que ya estaban los dos hermanos en mejores cuitas. Con todo, aún salíamos todos juntos de vez en cuando, hacíamos alguna reunión en mi casa, que ganaba en civilización por la presencia de las chicas, alguna nochevieja, y más recientemente Alfredo y Nieves nos juntaron en el piso al que han ido a vivir juntos. Ayer mismo como quien dice, Pablito y Gloria nos invitaron a todos a pasar el fin de semana a Yecla ,donde también se han ido los dos a vivir, querían enseñarnos su hogar y la empresa en la que se han embarcado con mucha ilusión. Eran las fiestas de San Isidro, como tenía que estar el sábado noche en Murcia fui sólo para el viernes, por lo qué volví al día siguiente sin cruzarme con Pablo que venía esa tarde. Cuando Alfredo y Pablito me llevaban a la estación de autobuses los preparativos  en las calles revelaban que si en la noche anterior la gente se había dosificado, para ese día se estaba gestando una gran fiesta, mucha gente saldría a festejar a la calle.

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