Devoción crepuscular

Que yo sepa, el último videoclub que queda abierto en mi entorno es uno de Molina. Es grande, desangelado, ahorrativo con el aire acondicionado y pertenece a una franquicia, de manera que como exponente no es un dechado de dones particulares. Si tiene algún carisma éste residirá en su supervivencia crepuscular, aunque la prolongación de la agonía seguramente encubra una prosaica imposibilidad de traspasar o alquilar el local.

Tras mucho tiempo sin frecuentar ningún videoclub, desde hace un mes aproximadamente voy una vez por semana y acopio cinco películas por cuatro euros. En un principio la relación entre el alquiler de la mercancía y el precio era la contraria, cuatro películas por cinco euros, pero habrán tenido que dar una desesperada vuelta de tuerca más para atraer clientes al precio que sea, literalmente. Tampoco es que vaya por ningún afán solidario ni por romanticismo, descargo como todo el mundo aunque desde la movida de Megaupload la cosa se ha vuelto más ardua y quemasangres, por lo qué últimamente me permito ese mínimo dispendio de cuatro euros semanales, que equivale a un paquete de Fortuna, que se evapora en una tarde, y a menos de lo que cuesta un cubata, que me pimplo en cuestión de minutos.

Cuando vivía en Murcia frecuenté también a un par de supervivientes terminales. Primero uno que quedaba cerca del piso dónde vivía en ese momento, frente al Malecón, era el típico videoclub de barrio y solía acudir si se me truncaba el acceso a las redes inalámbricas ajenas. Algo que me sucedía como imaginaréis de manera bastante recurrente por lo que me pasaba largas temporadas sin conexión a Internet, a despecho de trabajar en el medio, dada mi alergia a contratar un abastecimiento regular. Repelencia motivada en parte por la inflación de domiciliaciones bancarias que padecía, en una porción por excentricidad, y mayormente por qué no me daba la gana, lo que en su literalidad desliza la resolución del prescindible misterio a una cuestión de dejadez. Ese antepenúltimo resistente chaparía a los meses de que lo descubriese por “el hijo de puta de Zapatero”, según su dueño. El siguiente, el penúltimo, lo rondaría de vez en cuando viviendo ya en el Carmen, era de franquicia y también cerraría al tiempo, de un día para otro, en esta ocasión con estertores mudos, con la frialdad de lo impersonal.

Hubo una época de hace varios lustros en la que recorría día sí día también los abundantes videoclubs a mi alcance, demorándome en meticulosos escrutinios de sus estanterías en  busca de películas inéditas y de rarezas, procurando que la tarea no me absorbiese tanto como para que se me cayese la ceniza al suelo o que, aún peor, con torpeza muy mía quemase a alguien, propósito que requería cuidados adicionales si merodeaban niños, tan imprevisibles en sus movimientos. Pero tergiversando a Pessoa aquella lámpara hace tiempo que se apagó y ya ni siquiera está caliente, ahora sólo le pido a las películas un entretenimiento primario, me habré embrutecido, aunque me debería de pesar más el envilecimiento de preferir novelas, cuentos y versos sueltos  a los ensayos o monografías heavys de antes, ahora cuando leo algo analítico suele haber sido producido con fines periodísticos o aledaños, con lo que puede llegar a estar muy bien, pero no es lo mismo.

Es decadencia, pero también puede ser decadentismo si además abominas del corrector de ojeras de las mujeres, no te desagrada cerrar los bares rodeado de rostros demacrados, no le haces ascos a salir por la ciudad sin playa en lo más crudo del verano, tienes héroes como el Conde Duque de Olivares y te sientes guarecido en el último videoclub.

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