Spam y spots

Estar en plena convalecencia dominguera de los numerosos cubatas ingeridos casi a tragaperro la noche anterior y escuchar una sucesión de silbidos chisgarabís en tu teléfono, comprobar que la algarabía obedece a un bombardeo de correos desde los variopintos portales de empleo en los que has tenido a mal tener que inscribirte y trasegar. Echar un vistazo a los mails y encontrar en la mayoría de los casos encabezamientos y asuntos que exclaman frases del tenor de “¡Consigue ser director de cine!” o “¡En este mail te está esperando tu futuro y un Kindle!”, entre otras engañifas propias de vendedores de crecepelo.

Pensar que pese a la ardua competencia, la publicidad es una de las cosas más idiotas de este mundo, aunque en algunos casos, como en el de los anuncios de la tele, se le pueda oponer a su intrusismo una medicinal desconexión mental automática, para la que siempre he tenido una gran facilidad dada una tendencia natural al ensimismamiento. Propensión a pensar en mis cosas, yéndoseme el santo al cielo, que por increíble que parezca también  me ha asomado  en momentos menos prosaicos como cuando me estaban despidiendo, dejando o similares negras encrucijadas. La vacuna es potente aunque inaplicable a todas las variedades de malaria marketiniana, lo saben bien, por ejemplo, los que trabajan en webs con publicidad y tienen que maniobrar en medio de la irrupción de banners, pop ups y demás casquería publicitaria. Nutricia e imprescindible para los medios(o media en jerga de los modernos del sector) a la par que quemasangres y encabronadora si se tiene que soportar un mínimo de ocho horas diarias, no es tan molesto como el zumbido del aleteo del mosquito que te pasa cerca de la oreja en un insomnio de verano, pero casi.

Hay anuncios tan bobos que inspiran hasta ternura, esas coreografías burdas, esas musiquillas infames, esa sugerencia casi explícita de que puedan haber aguas mondas y lirondas cuya mera ingesta adelgace. Algunas piezas pueden pasar a su pesar por creaciones del mejor teatro del absurdo, rozando la autoparodia, como un anuncio de seguros que proliferó hace unos meses en el que se sugerían estados de trance por suscribir pólizas que podían llevar a un individuo alborozado a adentrarse corriendo en un desierto sahariano, acto suicida del verdolagas que intuyo no sería cubierto por el seguro de vida de la compañía. Aunque mis favoritos era un formato de los de productos de limpieza, hoy afortunadamente extintos, en los que se representaba a hombres dominados realizando torpemente tareas domésticas hasta el concurso de sus mujeres proporcionándoles fabulosas lejías y abrillantadores, adscribiéndose los spot a la rancia y desfasada idea de que como eran ellas las únicas que limpiaban había que pelotearlas presentando a sus santos como inútiles.

Pero  estos anuncios aún resultaban más honestos en su simplicidad que los de, por ejemplo, cierta entidad bancaria basados en las artificiosas conversaciones entre personajes presuntamente modélicos, que se empalman prodigando sentencias existencialistas cimentadas en sus cuitas vitales, todo ello envuelto en una atmósfera en blanco y negro que se les antojaría el marco perfecto a diálogos tan socráticos. Ni que decir tiene, que aún obviando los fines bancarios de la cosa, ésta chirría  por su pretenciosidad y pseudotrascendencia, pese al concurso de Guardiola, nunca suficientemente glosado, y por desgracia también vilipendiado sin altura por el florentinismo armado con epítetos como Gandhi. Buenismo naif que al menos en su vertiente desinteresada pudo desmentir con la participación remunerada en este engendro.

Pese a que la publicidad conciba criaturas tan repelentes, en la actualidad gracias a Mad Men se profesa  un culto reatroactivo a los que depositaron la semilla del diablo, pleitesía que en lo tocante a la serie no estoy en disposición de discutir, aún que sí me permite la herejía tengo que decir que los capítulos que vi me aburrieron. Desde luego me sorprende que la recepción en sus devotos espectadores haya desembocado en una fascinación por aquellos tiempos digna de mejor época, embeleso devenido también en multitud de fiestas vintage. A las que sí, he ido, pero a mí aún me escasea más la coherencia que el dinero, sobre todo cuando se pone el sol y se divisan mad women. Con todo, aún resulta dulce esta esquizofrenia en comparación con la de tener que tragarme el menosprecio y arrastrar mi talento haciendo cursos de Marketing 2.0 por aquello de aumentar las decaídas perspectivas profesionales.

Sólo encuentro un reducto permanente de dignidad, buen gusto e inteligencia en unos anuncios, los de BMW, fascinación que no deja de ser paradójica en un sin carné como el que os escribe al que además no le gustan los coches, lo que sin duda aumenta el mérito de los publicistas de la marca, que han concebido anuncios tan poéticos como el de ‘simetría’, tan vitalistas como el que “homenajea” al On The Road de Kerouac o, mi favorito, uno que recrea las texturas del miedo, “ miedo a lo desconocido, a fracasar, miedo a los cambios, a no ser amado y a amar demasiado, miedo a buscar su mano y no encontrarla, a perder la confianza, a ser prescindible y a ser imprescindible, miedo a los otros, miedo a ti mismo, miedo al miedo…si no sientes miedo no estás vivo”.  Tampoco es que no detectemos la parte espuria de las campañas, en la de On The Road, por ejemplo, no deja de ser un bastardeo de la novela pretender identificar esas errancias salvajes con coches de lujo, al tiempo que la música utilizada en el anuncio te agitará mucho por dentro, pero sus resonancias balcánicas casan poco con la generación Beat, con lo que la viscosa sensación de pastiche aflora pronto. Por otra parte, la letanía de miedos del otro spot al que hacíamos referencia resultan demasiado etéreos para estos tiempos, presididos por temores muchos más concretos, aunque los que estén en disposición de poder comprarse un BMW igual hasta se pueden permitir terrores abstractos, y ellos son los perseguidos por esta publicidad, que a fin de cuentas, por mucho que renquee, no nos desdecimos de nuestro parecer de que es uno de los pocos lirios entre los cardos, al menos en espera de que vengan a aliviar su soledad las fabulosas piezas que inspirará España, transmutada en marca.

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