Agarrarse al pebetero y otras reflexiones olímpicas

Pasar las próximas semanas amarrado a una tele para pegarme un atracón de juegos olímpicos no parece el peor de los planes posibles ante la veda de otros edenes, y eso que no andamos desavisados de que las lluvias de medallas suelen tender más bien a pasar olímpicamente de España, apenas cinco oros en China, aunque si extendemos el cómputo al total de metales obtenidos allí sale una cifra de dieciocho, que tampoco es que sea un guarismo exorbitante, sobre todo si se compara con los de los países más pequeños y, de momento, más pobres que suelen adelantarnos en el medallero. Todas las obtenidas son recibidas con entusiasmo por nosotros y en mayor medida como es lógico por los deportistas que las logran, sin muchos miramientos hacia el metal del que estén compuestas, que mande en su hambre de gloria quién se mortifique en su obtención, aunque no por ello dejó de quedárseme tatuada la frase de un cronista en Pequín que lapidaba que los jugadores del equipo de hockey hierba fueron los únicos españoles que tuvieron la grandeza de llorar por haber obtenido sólo la medalla de plata.

Será que el espíritu olímpico nos hace a todos rebajar las expectativas y exigencias que habitualmente tenemos tan altas, a lo mejor nos acordamos de penurias anteriores en las que nuestro concurso se solía saldar con una cosecha de metales que se podían contar con los dedos de una mano, o quizás tenemos interiorizado que los deportistas españoles son de los mejores únicamente en el deporte-espectáculo de masas, ése que tiene siempre adosadas a las cámaras de televisión y no una vez cada cuatro años. Como haya que esperar a dar otro sorpasso  en el escalafón olímpico organizando unos juegos la cosa va estar chunga pese a que la candidatura de Madrid siga perseverando con la obstinación de quienes buscaban el Halcón Maltés, utilizándose el impagable argumento frente a los juegoescepticos, por aquello del pastizal que supondrían, de que las infraestructuras e instalaciones deportivas están ya hechas, beneficio de inventario de derroches inútiles que seguro que los dejará mucho más tranquilos y mofándose de la vulgaridad de los ingleses, que consiguieron las olimpiadas sobre plano y, básicamente, con una sola tarde de esfuerzos persuasivos de Blair con los miembros del COI.

Fui esencialmente un niño prosoviético, por lo qué mientras las circunstancias geopolíticas lo permitieron me llevé muchas alegrías olímpicas, como en Seúl 88 con la victoria en baloncesto de la URSS sobre los americanos. Disuelta la Unión Soviética, me invadió un espíritu ecuménico muy olimpista por el que podía ir, además de con los nuestros, con cualquier atleta o equipo por los motivos más peregrinos y arbitrarios, incluyendo adscripciones repentinas o cambios de bando por una veta voluble y tornadiza. Así, por ejemplo, en el duelo de Sydney entre los nadadores Popov e Ian Hall, iba con el primero y no soportaba al segundo por su bocachancla y sus hechuras de capullo WASP de película universitaria americana, pero éste me acabaría ganando con la simple ocurrencia gilipollesca de rematar su presentación por parte del speaker antes de tirarse a la piscina con una  ridícula serie pugilística de puñetazos al aire proferida con un semblante trascendente de índole raulista, más frívolo todavía fue hacerme luego de Pieter van den Hoogenband por la mera sonoridad de su nombre.

Sí que ha tenido algo más de fuste mi devoción por los deportistas de especialidades duras como la gimnasia artística o el atletismo, y de estos particularmente por los corredores de fondo y medio fondo, con su cuerpo masacrado por el castigo físico, profesando casi toda la admiración que merecen atletas como Hicham El Gerrough, aquel que se torturaba con entrenamientos brutales, aquel que entró en una línea de meta de la mano de un rival rezagado, aquel que vio como pese a dominar su especialidad en los mundiales era llegar los juegos olímpicos y explotarle la fatalidad en la cara, aquel al que Mohamed VI llamó antes de la carrera que iba a ser su última oportunidad para lograr una medalla de oro olímpica para decirle “todo Marruecos espera tú victoria”(por quitarle presión), aquel que se sobrepuso a una derrota segura en la última recta para conseguir la victoria que la propia armonía del cosmos requería, aquel al que todos sus competidores sin excepción fueron a abrazar en el tartán en el que se desplomó de emoción, aquel que días más tarde haría historia haciendo un inesperado doblete histórico en los 5.000 metros. Aquel al que en la víspera de una competición importante en la que también participaban mediofondistas españoles con posibilidades de éxito un periódico deportivo español insultó con el titular a cinco columnas en portada de “leña al moro”, aquel cuya victoria flanqueada en el podio por nuestros compatriotas sería saludada por el mismo medio con un “moro, plata y bronce”, aquel que inspiraría al recibir el premio Príncipe de Asturias la reflexión editorial en otro medio generalista de “se lo podrían haber dado a un español”, con lo que pasamos de la peste a racismo al tufo a chovinismo.

Los juegos siempre  me han dado para mucho, durante los de Atlanta incluso para enamorarme por la tele de una gimnasta, Dina kotchekova. Nata y fresa, hielo y fuego, gracia de jilguero, disciplina de general prusiano, con la altivez de la reina que era, aunque sólo yo viese la corona que ceñía su cabeza y la alfombra roja que pisaba, si se me permite la vampirización sesgada de los Versos del Capitán y la cursilada. Hasta ardía de celos cuando su entrenador le daba  el tradicional beso a la eslava en la boca al terminar un ejercicio, no eran ni mucho menos los morreacos que, por ejemplo, le propinaba Gorbachov a a Erich Honeker antes de traicionarlo, pero era joven, estúpido y propenso a delirios como éste y aún peores. También al hilo olímpico cuatro años antes había experimentado terrores no menos fatuos por culpa de un detector de metales en una de las puertas de acceso al Camp Nou dónde iba a ver  con mi madre y mi hermana la final de fútbol de Barcelona 92. Me pasaron el aparatejo y vete tú a saber por qué urdidumbre del diablo empezó a pitar en la cercanía de uno de los bolsillos, precisamente en el que llevaba un paquete de tabaco clandestino, salvado in extremis de aflorar por una apariencia de zangolotino empanado que hizo al de seguridad imposible concebir cualquier idea de peligrosidad por mi parte. Ahora el terror vivido os puede parecer bastante insulso, pero puedo asegurar que me produjo tal sobresalto que para mitigarlo nada más empezar el partido tuve que encerrarme en un cuarto de baño recurriendo precisamente al instrumento de mi desasosiego, lo que me proporcionaría otro disgusto diferente al perderme el primer gol de España por estar enfrascado en estas caladas.

Al margen de mis desventuras de fumador adolescente, aquellos juegos de Barcelona 92 evocan un tiempo en el que para los españoles todo parecía posible, incluyendo la reconciliación de todas las españas, a través de unos juegos conseguidos en época socialista pero gracias en gran parte a los cabildeos tan enraizados en la cultura franquista de un presidente del COI que nunca renegó de su camisa vieja, con unos atletas que celebraban sus medallas con la banderas que les apetecían sin que nadie se lo afease, por 100.000 catalanes en un estadio gritando ¡Espanya, Espanya! en catalán, ante el estupor de una señora, vecina nuestra de asiento, que también albergaba la teoría de que en una parte del Camp Nou no se hacía la ola por qué a esos espectadores les habían regalado la entrada “los de Convergencia i Unió”.  Los juegos parecían una culminación y al mismo tiempo un comienzo, el inicio de un sueño de prosperidad, de modernidad, de optimismo, el ensamblaje definitivo con los mejores países, el exorcismo definitivo de todos los complejos y lacras históricas. Aquella borrachera también tendría su resaca, pero leve y llevadera, aún no habíamos inflado ninguna burbuja y éramos ajenos a que a todos aquellos sueños le sucedería con el tiempo una gigantesca pesadilla, la misma que hace ver que veinte años sí que son mucho y que hay que ponerse una armadura muy robusta contra la melancolía para ser capaz de ver otra vez la ceremonia de inauguración de aquellos juegos, yo al menos cuando me enteré de su reemisión el viernes por TVE no la encontré y preferí no verla.

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