Del ron al libro(endeble propósito veraniego)

A Charli

Como de martes a domingo salí todos los días, para esta semana sólo albergo proyectos intelecto-monacales del estilo de releerme La Rama Dorada, aunque intuyo que el propósito no se hará carne y me pasará lo mismo que con las memorias de Chateaubriend, me leeré unas pocas páginas y me aliviaré con lecturas más ligeras, pelis y cosas así, sin descartar  tampoco que de aquí un par de días me vuelvan a tocar palmas y acabe otra vez malográndome en ron, trasnoches y canciones de verano.

La cosa empezó en La Manga, donde mi amigo Javi tuvo la bondad de invitarme a su casa de la playa y la maldad de hacerme recorrer el equivalente al camino de Santiago en paseos a la orilla del mar, yo me consideraba andariego pero es que lo suyo es una febril incontinencia caminera. Aunque de acabar con el dedo gordo del pie, su vecino y la frontera entre ambos en carne viva no tuvo la culpa él, sino las chanclas de dedo asesinas que me compré, eso me pasa por abandonar la sabiduría morisca que confía para todo en las de toda la vida.

Para colmo el viernes perdí el móvil dos veces, la segunda de manera definitiva, considerando que la primera vez me lo dejé encima de una máquina de tabaco, vaya usted a saber que fue de él por la noche en plena vorágine festiva, a lo mejor es una señal divina porque al ir ayer a por otro no pude llevármelo por haber perdido también, horror, el DNI. He acabado tan traumatizado que si antes de lo del carné de identidad estaba sopesando muy seriamente abandonar los smartphones y volver a los móviles perrugueros, ahora directamente ni me atrevo a llevar cartera cuando salgo a la calle.

Será que pierdo facultades por la edad, aunque creo que dado nuestro modus vivendi más bien hemos sufrido una regresión al empanamiento de la adolescencia, hasta me ha rebrotado el acné después de al menos tres lustros sin él, tampoco descarto que ya que el desbarajuste en el organismo me ha atacado justo después de venir de la playa en realidad esté operando alguna alergia a tener que pasar el resto del verano en Molina. Lo de los granos no será contagioso pero lo de la caraja mental puedo asegurar que sí, como bien acreditó mi amigo Pochitov el sábado al zambullirse en una piscina con la cartera, que incluía un total de cien eurazos en varios billetes, tarjetas, además de documentos y efectos personales que secó al sol ideando un trasunto de puesto de mercadillo, en el que pintaba especialmente maltrecho su carné del Partido Popular,  esperemos que si sigue emperrado en militancias al menos sondee si tienen carnés acuáticos en partidos de esos modernos como U PyD(ance).

El sábado por la noche fuimos al Electromar, lo que sirvió para que diésemos de nuevo numerosas pruebas de haber retrocedido mentalmente dos décadas, hasta el punto de que algunos se permitieron atormentar a una pobre relaciones públicas que cayó cerca de nosotros,ilustrándola con la pueril y presunta división de roles de nuestra minipandi. Para evitar sonrojos de nadie, velaré quien se autoadjudicó el papel de “tío bueno” y quien el de “inteligente”, sólo diré que me aproximé a la conversación justo a tiempo de evitar que a mí me colgasen el sambenito de “simpático”, o algo más inductor de un seguro celibato como  “buena persona”, al final me cayó lo de “intelectual”, que como es fácilmente traducible por pedante y aburrido tampoco es un calificativo que a priori provoque efectos afrodisíacos. Pero por lo que verdaderamente indignado me hallo es por la costumbre que tiene la gente que me conoce de plantarme un “¿tú que haces aquí?” cada vez que me ve en un festival, vale que sea un hortera musical pero todos tenemos derecho a la redención o al menos a buscar nuevos meollos festivos.

Dada la tralla acumulada desde el martes, al acabar los Love of Lesbian me derrengué sobre un puff pese al doping de los tres Red Bull ingeridos, postración de la que sólo saldría para darle motivos de cabreo a un mastuerzo desmangado que era tres veces yo, aunque al final se recondujo la situación, pudiendo Javi y yo seguir agonizando en paz, mientras Pochitov  amenazaba con no ir a ningún sitio que no fuese un After tipo su amado Moss, quizás, temeroso de incurrir en mi estupidez de perder dos veces el móvil en el mismo día, quería salvar su dinero de una nueva inmersión derrochándolo en una barra libre en la que al final él sabrá como se dejó cuarenta euros sin contar los cinco paquetes de Marlboro que también compró, aunque en lo del tabaco  tuvo la culpa su costumbre de darte medio paquete si le pides un cigarro. Por fin nos fuimos a dormir, cayendo en un coma que yo aún alternaría con un episodio de sórdido sonambulismo por el que me acosté sin camiseta y me desperté llevando la que Pochitov había sudado en el concierto. Ya dijo Míchel una vez comentando un partido de fútbol que quien abominase del sudor que cogiese un libro, a ello voy con determinación reversible.

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