Bailar mal (alarde de torpeza)

Verme a mí bailar es asistir a un insulto a la física de los cuerpos. Contradanzas de un desmañado que además pertenece a una generación en cuyas ciernes todavía operaba el axioma de que la única manera en la que un hombre podía bailar con dignidad era mal. Teoría desmentida sin ir más lejos por mi amigo A.,que siempre bailó bien con honor, también con la ventaja a efectos coordinativos de ser bajito, todo hay que decirlo. Los altos lo máximo que podemos pretender bailando es ser graciosos, como el ‘esparrago’ Crouch, un futbolista inglés que cada vez que hacía un gol se marcaba también un baile robótico que debería ser un espejo para los que no podemos aspirar a otra cosa.  Lustros antes de los espasmos de Crouch, algún amigo mío ya había explorado las posibilidades de las coreografías autómatas, ideando  un baile que denominó del “robot imbécil”, de prescindible descripción y afloramiento recurrente cuando la noche se destensaba por la ausencia de chicas, hora feliz  en la que uno podía liberarse del roll noventero de codo en barra y mirada al infinito.

Con el tiempo descubrí que bailar ostentosamente mal tiene sus ventajas, por ejemplo para escapar del celestineo compulsivo de las bodas, que actúa cómo si tras la celebración fuesen a finiquitar el mercado amoroso. Me vienen a la cabeza atmósferas propias de películas neorrealistas italianas con la afluencia expectante de abuelas, madres con carricoches y niños pequeños a una no muy idílica puerta de un servicio masculino para asistir a la parca presentación entre dos que sólo se despertaban apatía mutua. Contra esto no hay mejor antídoto que mimetizar tus bailes con los del típico borracho locoide que hay  en todos estos saraos, aunque abochornes a las no menos ubicuas señoras de edad que bailan en la pista con el bolso colgado. Con todo, no nos engañemos, lo de haber dejado hace tiempo de ser esperanza blanca ha sido suficientemente disuasorio de que me impongan los estreses casamenteros, asegurándome la libertad de poder seguir siendo espontáneo en mis buitreos también en las bodas, sin necesidad de tener que recurrir a movimientos estrambóticos.

Tampoco resultan desdeñables los efectos terapéuticos de lo que mi amigo Javi y yo conceptuamos como  ‘dancing with myself’, que consiste en los mismos gambeteos infumables pero ejecutados esta vez con ánimo solipsista. Qué se le va a hacer,  somos tan ingenuos que albergamos la superchería  de que las fauces del  Apocalipsis no nos engullirán si nos encuentran bailando con nuestra sombra la infamia de turno que suene en ese momento.

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