Edén fugaz

A Ma, Pa y El Encarnito
flores de asfalto

Estar corroído por meses repletos de días de la marmota y pensar en oxigenarme haciendo cosas nuevas. Barajar distintas posibilidades y creerme por un momento la fantasía de que voy a salir a correr por los parajes de huerta aledaños a mi pueblo.

Hacer un planteamiento más posibilista que consistiría en correr/andar para dejarlo finalmente en un, ya plenamente realista, mero paseo. La cosa, aún así, no deja de entrañar sus riesgos porque me adentro en pos de la naturaleza al buen tuntún y sin preocuparme por tener claro el camino de vuelta. Una auténtica osadía para alguien que arrastra el oprobio de ser capaz de perderse en su propio pueblo con veinte añazos. Aquella vez había salido a comprarme una hamburguesa solo-carne-y-queso a la hamburguesería Kentucky, que había cambiado de sitio. Circunstancia que sabía, así como la nueva ubicación, lo que calculé mal fue la distancia del trecho a recorrer, de manera que para la vuelta quise idear un atajo que a la postre, llevando todavía la cena en la mano, me enmarañaría por los barrios altos de Molina pese a que no son el laberinto del Minotauro. Por hacernos una idea de la magnitud de la aventura, salí de casa en el descanso de la final de Copa entre el Barça y el Mallorca y regresé en la segunda parte de la prórroga, acarreando una exhamburguesa por toda recompensa al despilfarro andariego.

Para la incursión actual por las vías verdes cuento con el móvil por si la cosa se tuerce, el mismo que no para de silbar, mientras inicio el camino, para ponerme al día de la guasa de guasap que prodigan mis amigos en mi honor, así el cabrón de A. se pregunta que atuendo llevo considerando que no tengo ropa deportiva (efectivamente voy vestido de andar por calle), que si me estoy dando los “paseos del colesterol”(como si yo fuera tan valiente para medirme eso). Languidece el chateo y avanzo en un paseo por un entorno natural cuyo aire puro agradecen mis baqueteados pulmones, al igual que la ausencia del bullicio urbano tonifica una paz de espíritu siempre quebradiza, escucho los sonidos de la naturaleza no los ruidos de lo erigido contra ella, por momentos incluso hasta parece que se levanta un poco de viento a favor, el deseo que sé que no materializaré de llegar a un sitio aislado en el que gritar toda la angustia, toda la rabia. Regreso(sin perderme) de ese primer día de caminata con la limpia sensación que proporciona el cansancio físico, con el anhelo inédito desde hace mucho tiempo de retornar a un hogar, aunque sea al obligado por las circunstancias, antes de tocar la malla de vuelta me tomo mi fantucha en una terraza  y consigo dormir mejor esa noche.

Ahondo varios días más en esta veta verde insospechada extrayendo similares efectos medicinales, pero tras las sucesivas caminatas lo que comparece ante mí va perdiendo paulatinamente el valor de lo novedoso, de lo inexplorado, y yo venía huyendo de la cansera de alma que proporcionan los caminos trillados, el fatigar siempre las mismas aceras, las mismas calles, las mismas plazas. Además, después de todo, el río que merodeo es el Segura, ya me gustaría que fuese el Mekong y estar surcándolo en compañía del capitán Billard, entre brumas, hasta el culo de opio. Si hay gente alrededor me molesta su mera presencia y si no me inquieta por si me dan un palo o me sobreviene un jamacuco en medio de un paraje recóndito. Con todo, será una viscosa sensación de absurdo la que diluya definitivamente el nuevo edén tan afanosamente buscado, aquella no muy definible de la que escribió el filósofo honrado, la que te amenaza a la vuelta de cualquier esquina, no digamos si estás en medio de la nada un lunes a las ocho de la tarde.

Vuelvo a mis rutinas habituales no sin envidiar a la gente sana de cuerpo y de alma que, por toda terapia, pasa el fin de semana haciendo senderismo, subiendo montañas, buscando piedras, cazando mariposas, paseando en bicicleta o practicando cualquier deporte, que no tienen porque beber en su tiempo libre aunque no haya un mañana, que pueden combatir su dolor sin enturbiarse. Imposible, eso sí, que se puedan sustraer a los cuatrocientos golpes de todos los días, a la carcoma del trabajo o a la corrosión de su ausencia, quizás no tengan el miedo desbocado, a lo mejor apenas tendrán mácula sórdida, oscura, o atormentada. Yo algunas, “ese ser de tiniebla es mío”, a lo peor por todo ello eso sigo siendo el más entusiasta de la fiesta semanal de la orquesta del Titanic, como dice la canción jodido pero contento, siempre rodeado de cemento, ladrillo, asfalto y ruido.

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