Escritura Terminal

A Rafa

Creo que nunca sería capaz de escribir un relato largo. Primero porque tiendo a ser perezoso a menos que me paguen para lo contrario, y mis únicos escritos remunerados han sido en el contexto de mis trabajos. Magro saldo que incluiría los reportajes sobre temas variados (no siempre candentes) del penúltimo curro, y, del último, las noticias de lance sin firma, así como miles de titulares y subtítulos si se quieren computar como escritura. Y Hasta aquí se podría leer, porque el blog que perpetraba corría, no sin motivo, de mi tiempo libre y riesgo. Con semejantes antecedentes, no hace falta estar ebrio de realismo para intuir que ninguna editorial va a pagar a un escritor inédito un adelanto por promesas de futuridades insospechables.

En segundo lugar, aunque surgiese de la nada un editor enloquecido que creyese ver  mirlos blancos donde sólo hay letras negras, aún tendría que tropezar con el escollo verdaderamente insalvable de que su Dulcinea no sabría escribir una novela digna. Supongo que cualquiera que lo sea ha de contener buenas descripciones de ambientes, atmósferas, paisajes, habitaciones, fisionomías, rostros…  lo que exige una capacidad de disección de la que carezco (tampoco tengo mucha paciencia). Probablemente porque para reflejar bien todo eso haya que ser un buen observador y esa cualidad no la tenemos los despistados, pudiendo yo llegar a serlo al nivel de, por ejemplo, desconocer la noble ocupación a la que se pueda dedicar el bajo que hay al lado de la puerta del edificio donde vivo.

Lo único largo que escribí, hace como unos diez años, fue un trabajo de investigación de casi 200 páginas, cuyos muchos fárragos y palabros sólo tuvo el placer de degustar una persona y porque tenía la obligación académica de hacerlo. Sólo mencionaré el título sin que sirva de amenaza: Poder y Literatura Barrocos: Discursos de Poder e Imágenes Regias en el Teatro de Lope de Vega, texto al que nadie podrá negar la originalidad insólita de maridar pedantería e ignorancia, derramadas en una prosa que en un alarde de capacidad eufemística mi profesor calificó de decimonónica.

Además por mucho que me empalme escribiendo en este blog, rebozando el teclado de ceniza, siempre subyace el temor de que los lectores, por muy amigos que sean bastantes de ellos, tengan un umbral de dolor a mi prosa de sonajero de unos dos folios. O a  lo peor no es nada de eso, sino que quizás tenga alma de corredor de fondo pero piernas para recorrer apenas 100 metros lisos, extensión máxima de unos textos muy masturbatorios, concebidos además bajo la muy pretenciosa aspiración de decir algo que si no lo dijeses tú no sería dicho y como si el lector tuviese de alguna manera la necesidad de que eso  fuese dicho (aunque sea inconscientemente afirma Juan Bonilla), escribiendo al igual que cuando Puyol va a disputar una pelota, de manera terminal, como si fuese la última. Darlo todo en cada post, en cada párrafo, en cada frase, en cada palabra, en una escritura que aspira también a descargar un peso, de la misma manera que leer es un intento nunca satisfecho de colmar un vacío, aunque al finalizar cada escrito la eyaculación me deje también con una angustiosa sensación de horror vacui, de que es lo último que hago, que no me queda nada más dentro que se pueda escribir.

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