Gin tonics con liturgia

He bebido de todo sin sed a condición de que tuviese 40º, umbral que para mí hace a una bebida digna de ser bebida porque sí. Tampoco es que me aventure mucho con graduaciones mayores sobre todo desde que probé el Stroh de 80º, cuya abrasión te quita las ganas de seguir despeñándote  por esas sendas por mucha absenta con aureola maldita que vengan a venderte después. Luego a luego, resulta mejor emborracharte con colonia como la peluquera y su marido y poder mitigar al día siguiente la virulencia de la resaca con la felicidad de estar vivo.

Claro que también se padecen 40º mejor puestos que otros, por mucho que uno pueda presumir saberlo todo de la vida porque empezase curtiéndose con el DYC, o engolfándose en chupitos noventeros, hechos de sustancias tan bodriosas como la granadina. Sólo equiparable a otros licores cómo el 43 o el Ponche, que no llegué a frecuentar pese a que cuando me ha agarrado la fiebre etílica he sido capaz de beber hasta vodka con Coca-cola. Aún peor resulta haberlo bebido con naranja por ahorrar besos con sabor a whisky, concesión de pelele con el agravante de voluntariedad solo disculpable en parte si se tenían 19 años de la enjundia de los míos y tu churri iba todavía al instituto (de entonces).

Tampoco es que  haya tenido nunca un criterio alcohólico demasiado fiable, prefiriendo hasta hace no mucho el Negrita a cualquier ron, excentricidad que abandoné finalmente para decantarme por el Brugal, mucho más másico y por tanto permeable al garrafón, aunque  a estas bajuras ni eso me importa ya demasiado, al menos hasta el día siguiente. Sólo me pongo estrecho en casos extremos como el de cierto bar, hoy afortunadamente extinto, en el que los cubatas iban ganando en suavidad a mayor alcohol vertido. Aún fue peor aquella vez que el ron sabía a anís, lo cual atestigua mucha piratería o mucha negligencia, en el improbable caso de que la reutilización del envase hubiese obedecido a un arrebato indeclinable de conciencia ecológica, ya que en ese supuesto al menos deberían haber tenido la cautela de prever que la botella en sus sucesivas vidas contuviese líquidos similares.

Así pues, he agarrado borracheras casi con todo tipo de mejunjes excepto con gin tonics, ya que de entrada no soy muy devoto de las combinaciones amargas, entendiendo que con la ingesta sin azúcar de una cafetera petada al levantarme agoto el cupo de amarguras autoinducidas, a la espera de las que me vaya deparando el día. Pese a todo, mi absentismo de la ginebra con tónica puede ser provisional, porque uno se sabe lo suficientemente imprevisible como para ser capaz de pedir un gin tonic la próxima vez que salga y pasarse los siguientes 20 años sin probar otra cosa. Mientras, la porción de humanidad víctima de las modas etílicas dará tantas vueltas que seguro que llegará a administrarse bebedizos como coñac con Bitter Kas, o algo peor.

Lo que sí me extrañaría mucho, dada mi educación etílica embrutecida, es que dejase de cagarme la cara todo ese pisto “premium” y “de luxe” transferido a un combo de alcohol y refresco, en el que no sé que pintan pétalos de rosa, enebros  o “láminas de raíz de jengibre”. Peores, aún, resultan las artificiosas ceremonias para servir la copa que pueden incluir desde la mediación de un cilindro metálico en la deposición de la ginebra en el vaso, hasta el concurso de la gota resultante de atenazar la corteza de un limón como si fuese el maná o la fruta prohibida que nos costó la expulsión del paraíso. Aunque, con todo, reconozco que puede tener su aquél el sacrilegio de mezclar el néctar de los dioses con garrafón.

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