Soledades

La soledad es esa sensación que puede provocar irracionalidades como la de hablar sin interlocutor-viviendo solo yo lo hacía recurrentemente en el cuarto de baño- o la de dormir toda la noche con el molesto zumbido de una radio, enchufada no para ser escuchada, sino en búsqueda de una etérea compañía.

Pese a esto, sigo pensando que siempre será mejor vivir que convivir, sobre todo si concurro yo en la convivencia, en cuya evitación son referentes parejas históricas como la de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, sempiternamente juntos excepto cuando se separaban para ir a su hogar respectivo, dijeron las malas lenguas de entonces que para así poderse poner los cuernos mejor. Hay gente tan celosa de su soledad, que incluso para los meros  lances nocturnos siempre prefiere la otra casa a la suya, por aquello de que de la ajena te puedes ir cuando quieras y en cambio requiere mucho arte echar de la propia.

Los solitarios vocacionales en las comidas grupales tienden a ser parcos en chácharas y a devorar su plato a velocidad de alimaña, incluso los que aúnan la rareza inconsecuente de ser solistas y extrovertidos. Como, además, la segunda parte de esta naturaleza atenta contra la primera, en estos casos auguro, por poner un ejemplo nimio, itinerancias varias por las cafeterías mañaneras de desayuno y periódico para no caer en las fauces de los brasas de turno allí emboscados. Recuerdo particularmente  al que me acabó desterrando de mi sitio fetiche en Murcia, por su costumbre de clavarse en mi mesa para iluminarme sobre el alcance y la extensión de la conspiración judía mundial.

Aunque me cayese mejor, tampoco eran desdeñables los rollos que pretendía endosarme el tío que trabajaba en el 24 horas en el que solía procurarme la ‘cena’ cuando salía del periódico. Uno se podía hacer cargo de que por su turno nocturno estuviese falto de conversación, pero la parte hablante también debería de haber pensado en la posible merma de la disposición conversadora en la parte comprante. Por la hora, el desamparo estomacal y la lobotomía cerebral procurada por el tiempo de exposición a la pantalla del ordenador. Al final siempre tenía que cortarlo de forma abrupta, y maldiciendo interiormente el infausto día originario en el que, expansivo, se me ocurrió darle carrete.

Fuera de mis vivencias, se pueden encontrar hasta  formas épicas de arrostrar la soledad como la de aquella familia, de la más rancia aristocracia prusiana, que no comulgaba con los nazis, aferrándose al lema de su linaje “Etiam si omnes, ego non” (“aunque todos lo hagan, yo no”). No de manera heroica pero sí muy poética, la reflejaría Jesús Lizano en unos  tristes versos   “¿Es posible construir un barco tan grande como el puerto?/ ¿Es posible construir un puerto tan grande como el mar? / ¿Es posible construir un mar tan grande como el universo? / ¿Es posible construir un universo tan grande como mi soledad?”. Misma tristeza, aunque esta vez no exenta de cierto sentido del humor, con la que un personaje de El Abuelo replicaba “a mí me habla usted de soledad que llevo tres perros enterrados.”

También hay soledades especialmente mal llevadas, como la de aquella señora de edad que cenaba sola en una cafetería del centro de Murcia, en la poco alegre noche de un día de todos los santos. Atrincherada en su mesa disparaba contra todo lo que se movía, ya fuera un camarero sudamericano, del que exigía los papeles por entender que no la había tratado con la deferencia persa que su grandeza merecía, o basureando a uno de los escasos clientes, escandalizada de que fuese atendido antes que ella, cuando estaba claro que se iba a “gastar cuatro perras”, agravio por el que además pretendía llamar a la policía (¡a la policía!). No quiero ni pensar lo que habría salido por su boca si fuese víctima del chuleo que me hizo una vez el chino de las rosas. Estaba comiendo solo en una pizzería y apareció por allí revoloteando por las mesas, al llegar a la mía me ofreció sus flores  y yo puse cara y gestos de “no querrás que me regale una rosa a mí mismo”, ante lo que él respondió blandiendo hacía mí su dedo índice y una sonora carcajada.

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