La hiperconexión

Infojobs, Infoempleo, Linkedin, Domestika, Jobomas, Periodistas.com, Iberempleos, Quippu y Recib para buscar trabajo. Los correos de las cuentas abiertas en Gmail y Hotmail. La web de Fluentcy para hacer ejercicios de inglés, los cursos de la plataforma on line de la CARM y WordPress para todo lo relacionado con el blog. Los periódicos digitales, nacionales y regionales, Jot Down, series y películas Yonkis. Por supuesto Facebook, Twitter y el guasap. Las páginas de descarga y Youtube cuando apetece escuchar música. Más los sitios de visita esporádica pero segura, en versión confesable o inconfesable.

Además, desde que llegaron a mi vida los smartphones hace unos pocos meses (suficientes para que ya haya estropeado dos de estos móviles perdiendo además uno de ellos), ya ni siquiera hace falta que me enchufe a la hiperconexión para que venga ella a buscarme a mí con silbidos y vibraciones, desplazando más que solapándose a las intrusiones de las llamadas o SMS. Recibir una llamada ahora que no sea del 1004 puede ser sinónimo de catástrofe o si hay suerte de simple marrón, y mandar un mensaje suele significar verdadero amor o muchas ganas de hacerlo. En mi caso hay una excepción bastante puñetera, los SMS que me manda un portal de empleo del que tengo contratado su servicio ‘premium’ para que, entre otras cosas, me informe a ‘tiempo real’ de la evolución de mis candidaturas en las ofertas que más me interesan. El problema es que los mensajes, además de traer malas noticias, hasta hace poco solían irrumpir todos seguidos los viernes por la noche hacia o en pleno alivio de luto, provocándome el mismo efecto que a aquellas infelices criaturas barrocas a las que les erigían cuadros inmensos de tinturas negras y tétrica calavera acompañada de lapidarios lemas “como no olvides que eres hombre”, o de manera aún más fatalista  “recuerda que vas a morir”, con lo que imaginaos la alegría desbordante con la que esos pobres diablos iban a bailar sus chaconas. Casi la misma con la que yo ejecutaría mis contradanzas si no fuera por mis amigos, sobre todo los líquidos.

Se supone que yo debería tener metabolizada la hiperconexión hace tiempo, por aquello de haber trabajado siempre en internet, lo que garantiza un mínimo de ocho horas diarias de movimientos de ratón, clicks  y de exposición a la radiación de la pantalla de ordenador, inductora de ese revenimiento de espíritu tan fielmente reflejado en el careto de después de trabajar. Mi último trabajo fue además en la web de un diario regional, por lo que a la ‘megaconectividad’ se añadía la trepidación que exige tratar de contar de manera inmediata lo que pasa. Eso sí, al salir de currar el no tener conexión a Internet en casa (salvo que pillase la red abierta de algún vecino) ni smartphone me garantizaba un blindaje, o si se mira el reverso tenebroso un aislamiento.

Después no tuve ni una cosa ni otra, al disponer de acceso regular a internet, con PC primero y con móvil también después. Lo que acarreó el absorbente guasapeo “¿Para qué hacer una llamada de teléfono de dos minutos cuando te puede contar lo mismo en cuarenta por whatsapp?”, se preguntaba un lúcido tuitero. Por no hablar de la proliferación de grupos, que pueden rebasar con mucho el número de tus amigos y si te descuidas el de conocidos, de manera que ahora, por ejemplo, resulta imposible abismarse en la lectura de un libro, al menos ininterrumpidamente, ya que con suerte emplearás una tarde entera en leer lo que antes leías en una hora. Además, con tanta conversación simultánea los torpes y empanados somos  un colectivo en riesgo de escribir algo en el sitio equivocado, viviendo yo con el miedo de tuitear por error al mundo alguna de las salvajadas que vomito en alguno de los grupos de guasap de mis amigos, cuya crudeza general ya ha causado la baja de un par de almas enfadicas y sensibles.

Esta nueva ultraconectividad descubre lo tenue y soportable que era la actividad de los móviles anteriores, a menos que uno se hallase inmerso en tejemanejes vía SMS o se los tomase  muy a pecho, como le sucedía a cierto amigo, con el que hicimos una vez el experimento pavloviano de mandarle un mensaje cuando estaba durmiendo con un sueño cebado por muchos trasnoches y madrugones. Fue oír el ‘pi-pi’ y ser todo su cuerpo un estremecimiento propio de descarga de silla eléctrica o de recepción del rayo de la resurrección frankenstiniana. Pero que nadie se apiade mucho de la cobaya, porque la víctima perpetró una vez la jugarreta de asquear a otro amigo suyo con el envío de un mensaje con la foto de lo que en terminología arcaica serían sus partes pudendas, en forense sus genitales y hablando en plata la polla.

Hasta ahí o su equivalente femenino se puede legítimamente estar de los móviles inteligentes, los convencionales, internet y todas las nuevas tecnologías juntas, aunque cualquier anatema general tendría que recular bajo riesgo de recibir un torrente de refutaciones más cuantioso que el de aquel infeliz que no encontraba nada positivo en la dominación romana. Mientras, la vida se ha convertido en eso cada vez más pequeño que aguarda en los intersticios, en los momentos cada vez más leves en los que se apaga la hiperconexión.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: