Breves confesiones de un libresco venido a menos

Una parte bastante considerable de los gustos que albergo es bastante chabacana, como ya escribí una vez. Sin embargo, en cuestiones librescas me considero exigente, siempre poniendo el énfasis en el ‘me’ y desde el punto de vista de mero lector. No me empalmo en ensoñaciones escriturarias con el bromuro de que todo lo que he escrito, sin vergüenza propia, se pueda leer en un par de horas. Hora y media si tengo el bochorno subido.

Cuando era más joven todavía, cometía locuras lectoras irreproducibles ahora. Algunas por imperativos académicos, más o menos inevitables, y otras como reto intelectual, sin que se me ocurra otra manera menos pomposa de decirlo. Al empezar a trabajar se me  amplió la conciencia de que el tiempo es finito y valioso, descartando libros  o muy áridos o muy fuchineros, a no ser que estuviese de vacaciones. En este sentido, recuerdo unas en Torrevieja leyendo a Isaiah Berlin ante la veda de otros placeres por estar especialmente arruinado. U otras, en cuyas vísperas me había dejado una chica, que gasté diurnamente leyendo las Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España desde 1599 hasta 1614  de Luís Cabrera de Córdoba, lo peor es que las disfruté, aunque creo que hoy en semejante trance sería más sensato darme a la droga.

He tenido luchas con libros muy pastosos, de épica solo comparable a la porfía del viejo con el mar o la de Ahab con la ballena blanca, recordando una particularmente cruenta con Las Palabras y Las Cosas de Foucault, en el que llegué a invertir casi una hora por página sin entender nada de aquel sindiós, para sufrimiento de mi vanidad doctoranda por entonces a flor de piel. Luego, al hilo de una reedición leí en las reseñas que la nueva versión venía con otra traducción por lo pésima hasta la ilegibilidad de la anterior, con lo que algo se repuso mi amor propio, sin atreverme eso sí, a comprometerlo otra vez con la lectura del nuevo ejemplar.

Si en aquella vorágine pedante me hubiesen dicho que alguna vez existirían e-books, muy bien podría haber tenido una reacción parecida a la de aquel Guido de Montefaltro, el detentador de la mayor biblioteca de manuscritos de su tiempo, que al enterarse del invento de la imprenta juró no tocar siquiera un libro parido por tan vulgar artefacto. Hoy en día, ahora que ante ciertos artículos me digo “lo-dejo-para-la-pantalla-del-ordenador-en-vez–de-leerlo-por-el-móvil” (obsoleto ya el “espero-a-leerlo-en-papel”), aún estoy tentado de lanzar una prédica vintage en el desierto. Hasta que caigo en el contrasentido de hacer un llamamiento desde un blog a favor del éxodo de las pantallas.

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