Cinema inferno

Llevaba tanto tiempo sin ir al cine, que cuando fui el otro día me dio un pasmo al ver las descomunales figuras por la pantalla, y hasta me mareé un poco, en una reacción casi homologable al sobresalto espantado que dicen que el invento provocó en sus primeros espectadores, a cuya inocencia me había devuelto la larga ausencia de las salas. Este retorno virginal, por patético que pueda ser considerado, aún lo es en un sentido metafórico, no como el de cierto amigo mío, que nos decía que llevaba tanto tiempo sin hacer el amor que temía haber vuelto a ser literalmente virgen.

La verdad es que siempre he preferido ver una película tumbado o derrengado sobre un sofá o cama, antes que encajonado por unos asientos separados como si la altura prototípica siguiese siendo la de Alfredo Landa. También, el síndrome de abstinencia de la nicotina siempre me da unos dolores de cabeza espantosos, por mucho que fume  después del cine, del que siempre salgo no solo revenido, sino lo bastante empanado como para ser incapaz de dar una impresión de lo que he visto que implique usar dos palabras. Temerariamente, pretendí ver en su momento en pantalla grande la versión extendida de Apocalipse Now (que comprimida ya dura tres horas), braseando, además, durante las semanas previas al reestreno con la magnitud del hito a la chica con la que estaba. Llegado el gran día, a los tres cuartos de hora ya estaba conspirando para que nos largásemos, sin que fuesen tampoco ajenas otras pretensiones, que todo hay que reconocerlo.

En los cines de verano tampoco me ha ido mucho mejor, buceando en la memoria creo que  la última película que he disfrutado vista así es tan remota como la de Matrix. No niego la ventaja de que se pueda fumar y el encanto de las estampas costumbristas que se despliegan allí, lo que pasa es que la generosidad a priori de la oferta de sesión doble acaba convirtiéndose en tortura duplicada, de nuevo por los asientos. En este caso de una dureza plástica o metálica que resulta muy incómoda sobre todo para  los que tenemos culo de carpeta, y por tanto nada mullido que oponer a la rigidez sobre la que nos derramamos. Ya sé que alquilan almohadillas, pero yo al menos no he conseguido domesticarlas para que se estén quietas. Y paso por alto, para que no me acusen de melindres, la pequeñez de que dada su suciedad es probable que alguna de ellas incube algún día el virus que propagado en pandemia destruya a la humanidad.

Puede que también me resista  a ir al cine por considerarlo una experiencia  rebajada, descafeinada en comparación a la intensidad que suponía acudir al cine Consu de Molina en los 80 y los 90, donde la gente no es que aplaudiese al final de la película, es que lo hacía además, pongamos por caso, si el protagonista decía una chulería a la chica o vacilaba a los malos, propinaba el golpe definitivo en una pelea o lograba una maniobra espectacular en una persecución de coches. Ignoro lo que pasará ahora en las salas en los estrenos de Crepúsculo, lo que sí sé es lo que supuso el de Dirty Dancing en aquel cine, con el griterío de las alumnas un colegio entero de monjas, entre muchas otras, copando el antes, todo el durante y extendiéndose hasta el después de la película. Retrospectivamente, pienso que deben de haber existido pocas profesiones tan heroicas como la del acomodador del Consu, tratando de mantener un orden precario amenazado por malotes de toda laya, dispuestos a incendiar el cine por estar jugando con el mechero, fumando o por la mera aspiración al incendio por el incendio. Aprovechándose, encima, del anonimato que les brindaba la oscuridad para gritarle al sufrido centinela cosas como “¡Mariano hijo de puta!”(en realidad no se llamaba así pero me ha salido ese nombre ficticio).

¿Y las veces que estaba en el cine debiendo estar en otro sitio?. Por ejemplo, aquella vez que me tragué el bodrio de La Amenaza Fantasma y me perdí la mejor final de la historia de la copa de Europa (descontando las ganadas por el Barça), aquella en la que el Liverpool le remontó tres goles al Milán. Claro que más grave fue perderme el ‘iniestazo’ de Stanford Bridge por ir a un ballet (¡un ballet!). Con todo, siempre habrá gente que pueda desdeñar estos inconvenientes míos tan prosaicos, aferrándose a magias y misticismos de pantalla grande y cosas así. Solo me queda invitarlos a contemplar la aventura, el derroche, la orgía que es la mencionada Apocalipse Now desde la intimidad de una modesta habitación, en una madrugada lluviosa de verano sin mañana siguiente con la ventana abierta de par en par.

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