Errancias viajeras

Ha habido épocas que he viajado tan poco, que he corrido serio riesgo de emparentarme con las abuelas que se persignan en cuanto suben a un coche. También tengo la mala costumbre de atesorar como únicos, momentos más bien prosaicos de los viajes, como el de leer la prensa en una terraza de Berlín al amor frío de un cubata(o más bien lo que resulta su magro equivalente en las cicateras latitudes anglosajonas). Aunque quizás mi mente ha idealizado ese recuerdo  para enterrar otros menos memorables, del estilo de intentar ligar en un lugar que se prestaba tan poco a lirismos como el museo de un campo de concentración, en una de cuyas salas me atreví a romper el hielo con una coterránea –absorta en la lectura de un cartel– preguntándole con impostada maravilla si sabía alemán, lo que fue respondido con un “está en inglés” de gelidez nada postiza. Claro que más traumático fue el estar a punto fenecer durante ese mismo viaje, a causa de unas opiniones vertidas en un farfulleo  coral de siete de la mañana sobre el tópico tema de  añagazas y malevajes de mujeres, hombres y viceversa. Ponderaciones mías que fueron abruptamente interrumpidas por el estruendo de un tacón impactando en la cabecera de la cama, a escasos centímetros de mi cabeza.

Tampoco es que con los años haya aprendido no ya a viajar, sino siquiera los preceptos básicos del viaje, como bien demostré a pachas con un amigo de similar propensión a la inutilidad, al reservar vuelos y hotel en fechas dispares, pese al celo que se suponía habíamos invertido en la ‘operación reserva’, presuntamente realizada bajo el atento escrutinio de nuestros cuatro ojos sobre la pantalla del ordenador. El despiste se transformó en tropelía cuando hubo que llamar al tercer implicado en la escapada para decirle que no nos embarcábamos pasado mañana, sino en unas horas y que había que plantarse allí sin alojamiento hasta el día siguiente. Aunque, eso sí, a la vuelta no tendríamos más prisa por dejar el hotel que la de no perder el vuelo, pudiendo disponer de la habitación gratis durante todo un día si esa circunstancia sucedía, o bien el avión no despegaba, tenía que dar media vuelta o demás contingencias comunes.

Excluyendo el nimio detalle de que se tuvo que quedar en tierra uno de los viajeros(de la parte desorganizadora), la desventura fue menos cara de lo que prometía gracias a una recepcionista latinoamericana(a ver quien explicaba en inglés semejante entuerto), de manera que pudimos disfrutar sin recargas adicionales de un Londres tan pintoresco como para albergar en cada restaurante o cafetería, fuese de mercadillo o aeropuerto, un camarero compatriota, acompañado también de una cohorte de turistas no menos compatriotas por pasar el puente de la Hispanipuagh lejos de España, dicotomía que alguna estupefacción me temo que levantaría en hipotéticos y puntillosos observadores  europeos no pigs.

Como uno nunca sabe los avatares del camino conviene dejarse lo más preciado en casa, como hizo León el Africano dejando antes de partir su inocencia en Granada. La mía y la de los que me acompañaban fue asaltada en una calle de París  durante el viaje de estudios, cuando un tipo se nos acercó preguntándonos en un español proxenético si queríamos chicas, lo que provocó una estampida por nuestra parte, en una huida a la carrera con la que se preservó la inocencia al precio de la dignidad, dejándola más vendida todavía cuando gastamos la visita al Louvre grabando culos de francesas.

Y así podría seguir inventariando sucesos viajeros poco edificantes, pero como me estoy acercando peligrosamente al umbral de extensión que tolerabais leerme mejor lo dejo para una próxima entrega, que no es plan de abusar de vuestra paciencia con la excusa de la larga ausencia.

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