La torpeza

La torpeza como el arte o se tiene o no se tiene, y yo hago masacres abriendo bolsas de patatas fritas y regalos (nunca me he aventurado a envolver uno) o ya con torpeza más artística me pinto bigotes con bolígrafos, asegurando también el dúo cómico formado por el fixo y por mí que se masque siempre la comedia. He grapado más dedos propios que hojas y un sujetador que tenga que desabrochar yo se transforma en un búnker.  El otro día, además, dejé boquiabiertos a mis amigos con el escorzo involuntario que introdujo un paquete de tabaco que estaba sobre la mesa en una caja cerrada de lionesas de nata al pretender sacar una. Aunque a veces no hace falta el concurso de la taumaturgia de mis manos, he roto dos móviles sin necesidad de sacarlos de los bolsillos delanteros y otro más que se creía a salvo en el trasero.

Vivo con el temor de que un grafólogo recomiende encerrarme de por vida, por  una letra perpetrada desde la rara contrahechura de escribir con la derecha doblando la mano como los zurdos, de manera que no hay mayor encriptación que la de algo escrito por mí, así que si le interesa a algún partido político que quiera velar algún secreto, que sepan también que tengo otras virtudes como la tendencia al despilfarro.

Lo mío con las cordoneras deja en nada lo de Sísifo con su roca, por no hablar de que han tenido que pasar seis meses para reunir el valor suficiente para coger a mi sobrina en brazos, mientras que cuando apadriné a mi sobrino, ya me las apañé yo para verterme en la mano toda la cera hirviendo de la vela que te dan en la ceremonia, teniendo que renunciar a “Satanás sus pompas y sus obras” con esa quemazón, en medio de los murmullos y la guasa de la facción pepera de los invitados al bautizo por tan esperpéntica reconversión de la flor más roja del pueblo.

Además, no sé montar en bici ni en nada y creo que tampoco correr. Claro que lo peor de esto son las extrapolaciones gratuitas, como la que se atrevió a hacer una que acababa de conocer y que casi ni habría nacido cuando yo ya arrastraba mi talento por las barras, preguntándome “¿tú haces bien el amor?”(En realidad utilizó un verbo más sintético) “es que por como te mueves tienes pinta de que no”. Así de plebeyo es vivir.

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