Antros

En los últimos meses había salido tan poco de noche que casi se me había olvidado como era la demacre del día siguiente. El zombi que abre el ojo el domingo lo hace, además, con el pasmo de observar tatuado en su antebrazo el símbolo de las SS hitlerianas. Lentamente su cerebro reacciona y lee las otras letras que preceden las dos eses rúnicas, asimilando que solo se trata del sello con el nombre del último antro en el que se había malogrado.

Amago con pensar que ya queda menos para que sean molonas y hipster las camisetas con esvásticas, como anticipó Woody Allen en una película, pero como mi baqueteada mente no está para estas expediciones, me anclo rápido en el dilema de si Orfidal para intentar seguir durmiendo o Paracetamol para la resaca, los dos juntos no me atrevo, porque conociendo mi propensión al numerito capaz soy hasta de palmar por ese coktail tan ‘ridi’.

El lunes la moribundia empieza a remitir y  pienso que cabe la posibilidad, por pequeña que sea, que ya no tenga edad para estos desfases, razonando sombríamente que en una sociedad agrícola tradicional del Antiguo Régimen sería factible que hasta tuviese nietos. Temo entrar en pánico y acabar cometiendo una cordura. Pero para el miércoles ya estoy como un león enjaulado en casa, y deseando que se haga carne la  promesa que me hizo una amiga de llevarme a “un antro que no conoces donde además dejan fumar”.

Tampoco es que tenga predilección por estos sitios, o al menos no más allá que la de los náufragos por su isla. Cuando la noche te da con la puerta en las narices cualquier cobijo es un palacio, sin importar que éste tenga poca luz, ventilación mejorable e inquilinos bizarros. Y lo digo así en masculino plural aunque el vampirismo no entienda de géneros, porque por una mera cuestión de cómputo no son sitios a los que quepa aplicar aquella frase de “hay muchas tías buenas vámonos”, que soltaba un amigo mío de target posibilista si entrábamos a determinado tipo de bares. Sin que aquí “buena” sea interpretable en la acepción con la que era utilizada por parte de la madre de otro amigo.  Que era recibido hace años al llegar a casa de madrugada con la letanía “¿de dónde vienes a estas horas?”, “¡qué en la calle ya no hay mujeres buenas!”.

Como la mayoría de vosotros sabréis, cuando la noche obliga comparecen los antros más chungos que son los que tienen mirilla en la puerta, en realidad un escudo para velar el aquelarre  de los príncipes de las tinieblas allí reunidos antes que un muro. A éstos no he ido nunca y no volveré más. Ahorraré anécdotas, excepto la peor de ellas: que no nos abriesen la puerta en el más sórdido de todos. Pese a que con la circunspección que repentizamos casi habíamos conseguido mutar de horda a banda.

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