Cafeína

La inspiración me suele llegar tomando cafés solitarios, pese al ocasional boicot del camarero que le da por putearte con el hielo. Aún padezco alguna otra negligencia, como la que se emperra en ponerme el café con sacarina, algo que no es siquiera tenuemente explicable ni por mi creciente deriva ‘flaco-fofa’. La ceremonia de la confusión con los cubitos, al menos, puede excusarse en que la desidia me pueda tanto como estar tomando cafés sin hielo hasta julio y con el hasta diciembre.

Podría afearle al café que por su culpa fume más cigarros, pero siendo honesto a mí la fumona me la da comer, beber, leer, escribir, escuchar música, estresarme, relajarme, enamorarme. Es decir lo que viene siendo estar vivo. Agradezco  a todos los que me recomiendan no fumar, aunque, ay, me temo que eso también me da ganas de fumar. Pero bueno, dejémonos la mezcla de café y tabaco no nos vaya a salir algo parecido a esa plaga de  películas indies en blanco y negro que proliferó hace unos años. En las que tazas humeantes y pitillos enmarcaban diálogos  de intensitos que jugaban a cortejar una suerte de fracaso cool, sin saber que luego vendría el de verdad para quedarse.

Lo que vale un café lo sabe bien quién tuvo que estudiar de noche en la era pre-Red Bull, cuando la disyuntiva era apretarte una cafetera o las anfetas. Lo cierto es que por placer, a la mayoría de la gente con un café cada ciertas horas le suele bastar. Aunque,  por lo que se vio, no pensó lo mismo mi amigo P, acojonando a otro amigo con el que le había tocado al lado en una boda, donde después de deglutir toda la comida posible y beber tropecientas botellas de vino (que escanciaba en ex aqueo forzoso a su vecino) pidió tres cafés sucesivos. Con lo que ya cometió el pantagruelismo definitivo, cuyo susurro asustado por parte de su testigo y víctima me espeluznó a mí también.

En el polo contrario se sitúa una amiga que a partir de cierta frontera más o menos arbitraria de su cortado deja de beberlo, sin darlo tampoco por finiquitado. Limbo que se hacía particularmente latoso hace años, en el café pre-playa en un chiringuito cuyo calor nos deslizaba ya a estribaciones infernales. Menos mal que por lo menos no nos traían el café en un cenicero, como justicieramente le ocurrió en otro sitio a un tipo que tenía la puerca costumbre de tirar la ceniza en la taza vacía del café, hasta que saturó la quemazón del dueño de la cafetería, harto también de una clientela tendente a copar durante horas las mesas con un parco café respectivo.

Yo no tiro ceniza en las tazas vacías, pero por despiste alguna vez he llegado a tirarla en las llenas de mis acompañantes, por no citar otras fechorías fruto de la desmaña. Por esto y otras cosas gano mucho tomando café solo, dándome igual si el néctar negro viene de cafetera oxidada, maquina infecta de periódico o tanatorio, o de esos bares que sabemos que sirven café posguerrero. Todos me provocan esa dulce sensación que es notar en la garganta como la cafeína amarga baja.

 

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