La tablet

Hace como año y medio me regalaron una tablet. Durante el tiempo que me logró sobrevivir le saqué bastante pringue, aunque sin llegar a las cumbres de esos chamanes tecnológicos que se instalan el Plus pirata, el mundial en Google Glass y un día de estos hasta aplicaciones de teletransporte a Marte.

Como criatura de la Facultad de Letras de finales de los 90, arrastré algún tiempo una indiferencia hacia la tecnología ya superada, además de una devoción por los siglos XVI y XVII que casi también. He conseguido progresar la cosa hasta el XX. Al menos en este siglo era indefendible el espanto ante las innovaciones, salvo que uno se encontrase en lugares exóticos como España.

El fetichismo sobre juguetes tecnológicos no sexuales es infantil, pero el eremitismo sobre sus ventajas es idiota, y propio de anacoretas marginales. Tampoco conviene obviar las servidumbres de la hiperconexión, sobre las que no voy a ahondar, ya lo hice en otro post, y además quiero hablar de mi difunta tablet. Se lo merece, entre otras cosas, porque cuando venía de currar con el estrés disparado me ayudaba en la descompresión, pese al boicot de una destreza dactilar quema sangres, poco dotada para el tableteo, y no quiero ni pensar para tener que ganarse la vida con un oficio manual.

Con todo, mi momento favorito con ella era por la noche, cuando nos acostábamos juntos después de que me tomase la rula y, ya destensado por la anestesia, me quedaba frito viendo un documental de esa mina inagotable de joyas que es Youtube. La tablet era cojonuda también para leer las entrevistas kilométricas que se marcan los de la bolica negra, así como bien sabéis para leer periódicos en general, aunque eso de que iba a ser la “salvación del periodismo”, que predecían algunos con notorio empalme, pues al final resultó que no. Más bien  han contribuido a que mucha gente haya dejado de comprarlos. Todo quisque sabe que lo que El País pretende cobrar por la mañana, te lo ha dado entero gratis la noche anterior, y El Mundo es un periódico muy aburrido desde que no está Pedro J fabulando y embargando chorradas como catedrales.

Eso sí, para escribir lo que sea, desde un simple correo, son un engorro. No digamos para trabajar con ellas y sus teclados predictivos de desactivación indescifrable, hasta para los ingenieros informáticos de Palo Alto. Lo cual no impidió que se convirtiesen, cuando irrumpieron, en un complemento inseparable de jerifaltes (y de paso también de tertulianos) sobre todo del área ‘social media’, algo que considerando las virtudes menesterosas de un pequeño portátil, dotaba del mismo sentido a ir acarreando una tablet en un contexto laboral que el de ir con una tele debajo del brazo.

Pero un día la tablet empezó a flojear, primero con que si ahora me dura cada vez menos la batería, luego para funcionar tenía que estar siempre conectada a la corriente del enchufe. Después dependía de la posición del cable del cargador para no apagarse y al poco tiempo, un arcano encaje de su clavija se sumaba también a todos los requisitos anteriores. Rematando la espiral destructiva, la batería empezó a hincharse como un hígado enfermo, hasta deformar el aparatejo con una curvatura convexa que asemejó el fenómeno al de un embarazo. Por fin, un día dio un respingo desde mis manos y se quebró estampándose contra el suelo, en lo que pudo ser un suicidio para acortar su agonía, y de paso liberarse de mis mejorables gustos musicales.

Para colmo, la destrucción definitiva coincidió con la campaña del nuevo Ipad Air, y aunque el nuevo artefacto en concreto me resbale bastante, sí que machaconamente tenía el recordatorio del paraíso perdido. Por otro lado, tengo que reconocer que el anuncio me molaba bastante, aunque a mí se me embauca fácilmente con pastiches como meter a Walt Whitman en un anuncio de Apple, y tiendo a pasar por alto  cinismos como que pregunten “¿Cuál será tu verso?”, como si no estuviesen extinguiendo a todos los ruiseñores.

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