Verano muérete

Uno se crea expectativas antes de cada verano que luego no se cumplen. Tampoco resultó un buen augurio que estuviese a punto de defecarme encima una de las noches que salí por Murcia a finales de junio. Imaginad la situación. Dos de la mañana, bares llenos, con colas en esos baños de excelsa pulcritud que son tan Marca España, al final me salvó el retrete de un Kebab de la condena que me habían impuesto tres cubatas bebidos con un entusiasmo digno de un bar más fiable, y una merienda consistente en una bolsa grande de gusanitos, otra de triskis y una bolsa de estrellitas, además de una pseudo pantera rosa. Tampoco conviene obviar que la vejez es un pozo sin fondo de penurias, siendo una de ellas que con la edad uno se va volviendo más caganías.

Fui a cortarme el pelo y el peluquero se emocionó tanto hablando de su mili que me prodigó un corte  bastante militarista, o de monje budista si se prefiere un símil más pacifista y representativo del inexorable celibato al que fui condenado. Como bastante mortificación tuve con esto, este verano no me he vuelto runner. Además de, entre otras cosas, porque creo que nunca he sabido correr. De manera que no he podido hacerme de esta secta en la que debe haber caído ya hasta Charlie Rexach, el ideólogo de aquel mantra para gandules como yo de “correr es de cobardes”. Aunque si no runner, sí he tenido que volverme walker, tratando de comprar con caminatas un cansancio que me haga dormir medio bien sin recurrir al pastillazo. Lo de andar en vez de correr tendrá sus ventajas,  pero uno no puede evitar sentir cierta punzada de indignidad cuando pasa una chica guapa corriendo y tú vas caminando como un jubilado de Móstoles de paseo por la playa.

En los ratos libres que no han copado esta frenética actividad deportiva, el trasnoche o la hiperconexión, me he dado como nunca a la lectura y a las series, con las que he hecho tabla rasa, hasta el punto de estar viendo ahora la versión inglesa de House of Cards. Para poder leer he contado con la ventaja de que por fin se cumpliese en la Biblioteca Regional la sanción con aplicación de la doctrina Parot que tenía. Draconismo padecido como si hubiese devuelto los libros, además de con retraso, mutilados a mordiscos, y especialmente fastidioso teniendo en cuenta que estoy en una época en la que no puedo derrochar en libros el dinero que necesito para juergas.

Estuve unos días en La Manga, al principio de lujo ya que siempre se empieza disfrutándola mucho antes de comenzar a padecerla con sus cosas, como que el 3G vaya como el culo, algo que podría ser hasta terapeútico a menos que te urja, por ejemplo, mandar un CV. O la escasez de cajeros, pocos y propensos a escacharrarse, con lo que por paradójico que pueda resultar un sábado de estos la banca va a hacer allí factible la utopía anarquista de la abolición del dinero. Peor resulta la contradicción entre su extensión neoyorkina y su transporte público murciano, contrapunto apreciable en toda su magnitud cuando uno ha caído en la parte final de La Manga y aspira al noctambulismo o simplemente a ver a sus amigos, instalados por fatalidad elemental por el comienzo.

Prohibitivo el taxi, que es lo mínimo que nuestra grandeza merecería, y esquilmada la bondad de mis amigos que son los que tienen carné de conducir, solo quedan unos autobuses también libertarios con los horarios o el límite de pasajeros, al menos  hasta que éstos vayan tan embutidos  que no consigan tocar el suelo, entonces no es que no paren en las paradas a recoger a más gente, es que ni siquiera lo hacen para dejar a la que ya llevan y tiene caprichos exóticos como bajarse en su destino, con lo cual la cosa ya se desliza desde el anarquismo al más descarnado nihilismo. Por no hablar de la confusa política de trayectos que, en conjunción con mi caraja, me hizo embarcarme de regreso una madrugada en un bus cuya última parada estaba situada a casi cuatro kilómetros de mi alojamiento, distancia que hube de recorrer exprimiendo mis dotes andariegas recién entrenadas. El esfuerzo me provocó un quebranto que, una vez desmayado sobre la cama, por lo que se oyó, mi cuerpo trató de exorcizar con ronquidos especialmente ruidosos, ya que cuando desperté mi sobrino de cuatro años me hizo saber que había roncado como “un cerdo”.

Pese a mi rajada no hace falta que insista en las ventajas de La Manga sobre Molina o Murcia, pareciendo esta última un viernes noche que aterricé a finales de agosto más un cementerio que un desierto por un hedor cadavérico que no tenía nada de metafórico, como si por la calle solo anduviesen zombis y la gente que quedase viva se hubiese refugiado en otro sitio, por ejemplo en el centro comercial de Nueva Condomina, donde caímos otro sábado tarde en lo más crudo del verano DG y yo a por un regalo para DV, asombrándonos de que estuviese tan petadísimo como para hacer difícil encontrar aparcamiento.

Lo peor de todo es que el año que viene estaré suspirando otra vez como un infeliz para que llegue el verano.

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