Caos en los bolsillos

Es un fastidio tener que llevar cosas. Siempre con el vademécum del tabaco, el mechero, la cartera, las llaves y el móvil. Más de vez en cuando chicles, clínex o el inevitable papelujo, ya sea en versión plebeya o de tipo  ‘flyer’, que pese a su sonoridad patricia solo sirve para aumentar el engorro por el mayor tamaño.

Si no hace tiempo de cazadoras ni chaquetas, este kit de andar por calle se tiene que repartir entre los cuatro bolsillos del pantalón (al menos hasta que vuelvan a hacer las camisas con bolsillos), o aún en menos, ya que para un amigo mío, insospechado purista de la estética, no se debe llevar nada en la parte de atrás porque “estropea la vista del culo”. Yo bastante he tenido con procurar que el peso de este ejército de cosas, pese al auxilio de la correa, no hiciese que se me cayese el pantalón en tiempos de flaqueza, huyendo de una poco gloriosa estampa cantinflera.  En épocas de mayor turgencia, en cambio, lo que pierdo es comodidad, ya que el ceñimiento provoca que se te clave o incomode todo, por no hablar que se te rompan cigarros o más terriblemente se te jodan  móviles.

Cuando se puede llevar chupa (o chaqueta) se mitiga el problema de la escasez de bolsillos (aunque tengo una con la extravagancia de no tener ninguno. También le basta una gota de agua para mancharse) pero, ay, al aumentar los espacios irrumpe la incertidumbre y el problema de no encontrar nunca nada, en  hermanamiento con las problemáticas de las mujeres con sus bolsos, siendo yo especialmente perdulario de mecheros, inhallables en cualquiera de mis bolsillos como un Vietcong en la jungla sobre todo si me pide fuego una chica guapa en un bar.

Para colmo, tengo una cartera que la desidia ha convertido en un aleph borgiano, cebado por elementos tan imprescindibles como un carné de estudiante del milenio anterior, otro caducado hace cuatro años de investigador (académico aclaro aunque nadie me sospeche vetas detectivescas) o una tarjeta de crédito inutilizada de mi primo que no explicaré por qué llego hasta mí, entre otra farfolla que incluye también alguna concesión sentimental como el primer carné que tuve de la biblioteca de Molina. Con tanto abigarramiento, lo más preciado de la cartera que son los hipotéticos billetes siempre tienen su integridad amenazada, de manera que a veces me veo en la tesitura de gastarlos para evitar que se pierdan o rompan. De forma menos drástica también recurro a la monetarización, no exenta de peligros (esa piñata de monedas que caen al abrir la cartera para pagar el billete de bus), incomodidades (veníamos hablando de saturación en los bolsillos) y, last but not least, tampoco a salvo de inelegancias, ya que intuyo que la Asamblea Fashion de Telecinco no aprobaría que se vaya por ahí como si se llevara el tesoro de Long John Silver en los bolsillos.

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