El mañana no existe

Los alardes de filosofía ‘carpe diem’ y  ‘tempus fugit’ como brindis al Facebook están muy bien, pero los imprevisores sabemos que aplicada a la grisura del día a día tiene sus inconvenientes y hasta peligros, como el de exponerte al salir de madrugada un día de semana a comprar un tabaco que podías haber pillado a las siete de la tarde, operación que repetí muchas veces en distintos barrios de Murcia, dentro mi errancia de alquileres por la ciudad. En Molina, donde vivo ahora, no hay nada abierto entre semana a partir de medianoche con lo que ya no tengo estas tribulaciones. Otro motivo que me ha hecho aventurarme por la calle en lo más crudo del invierno, pongamos, a la una de la mañana de un martes, era saber si había cobrado para poder desayunar, comer, cenar y fumar  al día siguiente, e incluso, ya desde la indigencia más absoluta,  poder satisfacer también el mono de nicotina en ese mismo momento. Para ello, tengo que reconocer que entre los defectos de los sitios en los que he trabajado no se ha encontrado nunca el de los retrasos en las nóminas. Más suerte he tenido con que ni el tabaquismo ni el ‘cigarrismo’ (de cigarra de fábula y hasta de parábola bíblica) nunca me hayan costado ningún incidente y ni tan siquiera susto, de lo que se puede deducir o bien mi suerte o que los quinquis tienden a horarios más regulares, y es probable que también a una vida más ordenada que la mía.

Ya que el mañana no existe, por no ir al Mercadona una o dos veces por semana se acaba yendo al chino aledaño varias veces al día, hasta el punto que, como le ocurre a alguien que conozco, los chinos acaban haciéndose íntimos también de sus amigos,  y si caen por su tienda les preguntan si “van a casa de  Ismael”. La falta de costumbre, además, hace que cuando vayas al supermercado no sepas donde está nada y des  trescientas vueltas para buscar cuatro chuminadas. A veces, incluso, se te va el santo al cielo y te pones a pensar abstraído en tus cosas mientras das vueltas inútiles por los pasillos, entre miradas de ‘barrunto loco’ de algunas marujas, las mismas que luego se te intentan colar en la caja y si se les pone algún pero, como el que le puso una antigua compañera mía, pueden llegar hasta soltarte un “yo-seguro-que tengo-más-cosas-que hacer-que tú”.

El ‘presentismo’ provoca que no hagas nunca por quedarte con las calles por las que pasas fuera de los recorridos habituales, lo que unido a un nulo sentido de la orientación hace que siempre que vayas con alguien a algún sitio que implique callejeo no seas tú la brújula. Más patológica resulta todavía la exaltación del ‘aquí y el ahora’ si tienes que forzar al máximo la voluntad para sacar un bonobús, sufriendo la pérdida inmediata de dinero sin considerar el ahorro venidero.

Para colmo, ya ni siquiera con los libros tengo la paciencia, disciplina, y en definitiva la capacidad de posponer la recompensa que tenía antes, cuando la máxima era ‘libro abierto, libro leído de pasta a pasta’, propósito que me garantizó muchas horas de tedio con truños infumables, pero también el acceso al néctar escondido de muchos libros exigentes, cuya huella casi siempre perdura mucho más que los que brindan un placer inmediato. Una de las pocas excepciones de entonces se produjo hace ya tantos años como los del primer quebranto amoroso, al buscar un bálsamo en el libro de poemas de Vicente Alexandre ‘De la destrucción o el amor’, de cuyo título uno solo podía esperar que colmase sus expectativas bequerianas en vez de tener que tragarse un desfile de selvas y sus alimañas pobladoras. De manera que por mucho que digan que esta obra es un hito de la poesía surrealista, yo me sentí tan estafado como se debió sentir Tejero al llegar el general Armada al congreso con una lista del futuro Gobierno tras su golpe repleta de comunistas, socialistas y nacionalistas.

Atender solo al placer inmediato como si el mañana no existiese, puede conducir también a locuras como la de aquel anfitrión de una partida de Póquer del que habla Groucho Marx en sus ‘memorias de un amante sarnoso’, que para poder seguir jugando con sus invitados en medio del frío que sobrevino al anochecer en su casa nueva pero todavía deshabitada y sin calefacción, no encontró mejor recurso para caldear el ambiente que quemar sus muebles recién comprados.  Pero aunque parezca increíble, todavía hay casos más extremos, como el de cierto conocido remoto, al que le preguntaron si estaba dispuesto a tener el tercer hijo que quería su mujer y respondió: “yo lo que haga falta con tal de follar”.

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