Tardeo y nocheo

Nadie podía sospechar que llegaría un día en el que se saldría más por la tarde que por la noche, tendencia casi tan imprevisible como la de la barba poblada, moda especialmente lacerante para imberbes y medios imberbes, que somos los más desgraciados de todos ya que ni podemos tener barba ni nos libramos de afeitarnos. Tampoco es que haya asimilado nunca muy bien los gustos dominantes, de manera que raruzo que es uno, por ejemplo, de los mantras sagrados de esta tierra: ‘Murcia-sol-cerveza-marinera-Plaza de las Flores’, me sobran todos a excepción de un elemento, y aún en verano como todo el mundo rezo por una versión suya atenuada.

Salir por la tarde sí me gusta, sobre todo ahora que si se me permite la simplicidad hace frío por las noches y hay además sitios con buen ambiente. Aunque a los de mal ambiente también he ido mucho, durante año y medio con la coartada de no poder salir los sábados por la noche por tener que pringar los domingos por motivos laborales. El ‘tardeo’, en principio tiene la ventaja de que la cosa flojee como muy tarde a partir de las nueve y media, con lo que se interrumpe antes el aquelarre alcohólico y al día siguiente ese monstruo llamado resaca estará más apaciguado, sobre todo si empapas el alcohol en comida antes de acostarte. Aunque esto puede degenerar en estrategia ruinosa, cuando te da por ensamblar la tarde con la noche y no volver a casa hasta primera hora de la mañana siguiente, con el consiguiente estrago y habiendo dispendiado lo suficiente como para haber podido hacer ese fin de semana una escapada a Londres.

Otro inconveniente de tajarse sin nocturnidad, viene cuando te tiras a la calle sin tener en cuenta que el resto de la humanidad no suele ir tan eufórica ni ser tan permisiva con las euforias a las nueve de la noche. Así, como le pasó a un amigo mío, si te encuentras  en un cajero a una compañera de trabajo con la que tampoco tienes mucha confianza, acompañada de su marido y sus hijos pequeños, no es muy edificante que blandiendo tu copa balón le sueltes un “pero-guapa-que-haces-tú -aquí”, ante la mirada hostil de su cónyuge y de espanto de sus criaturas.

Tampoco es bonito el espectáculo en la puerta de tu edificio de intentar encajar la llave con notorio desmadejamiento ante testigos vecinales. Además, se pueden producir confusiones lamentables como la que nos sucedió a un amigo y a mí, al intentar volver a casa después de uno de estos frenesís vespertinos, cuando nos subimos a un coche blanco pensando que era taxi y resultó que no, como nos debió quedar claro al decir el tipo un ceremonial “caballeros bájense que esto no es un taxi”, pero que fue enunciado con tal ausencia de perturbación que a nosotros todavía nos hizo pensar que estaba de coña, hasta que nos lo volvió a repetir, de nuevo sin inmutarse, lo que habla muy bien del cuajo del tío o muy mal de nuestra apariencia de peligrosidad.

Tanto éxito tiene morir por la tarde que se está produciendo una auténtica deserción nocturna de mi generación treinteañera, observable hasta en fiestas de guardar, de manera que incluso en nochevieja por Murcia solo se veían veinteañeros, y el problema no es lo que yo no quiera con ellos, sino lo que ellas no quieren conmigo. Para colmo, en esa última noche del año me quedé un rato desenganchado de mis amigos, circunstancia que estos aprovecharon  para irse a Molina a dormir con impunidad. Como no había colmado mi sed de champán, era hora punta de demanda de taxis y hacia frío en la calle para estar porfiando por ellos, decidí esperar de bares al bus de las ocho y cuarto, fortificando mi resolución con la engañifa de un presunto ahorro.

Me fui entonces al Musik, rompeolas de todos los noctambulismos murcianos como decía Umbral que Madrid lo era de todas las Españas, seguro de que entre tanta gente me toparía con alguien conocido. Pero solo hallé a un viejo camarada que estaba hablando con una chica, y que una vez hechos los saludos y presentaciones me miró con cara de “ya-te-estás-largando-cagando-leches”. Me tomé entonces un cubatazo de lobo solitario acunado en la barra, y tan a gusto estuve que si me descuido todavía llego tarde a la parada, que estaba atestada de críos. Tras un viaje inenarrable por estar rodeado de hormonas desatadas y muchas testosteronas no resueltas, el autobús me escupió cerca de las nueve de la mañana, ignorante todavía de haber perdido la tarjeta de la Caixa y hasta un paquete de tabaco, por no hablar de las pérdidas intangibles. Aunque en estos casos siempre procuro volver a casa, como dice un amigo, “sin dignidad pero con la cabeza alta”.

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