Esplendor entre tinieblas

Cuando me levanto por las mañanas y enchufo un viejo ordenador que al encenderse ruge como si hubiese puesto en marcha la nave Enterprise, alzo la mirada y parte de la vista que tengo es este paredón:

paredon

Una mole que si llegan a tenerla en Berlín este por muro todavía estarían desafiando al capitalismo.

He omitido en la foto parte de la visión, ya que a escasos metros justo enfrente de mí,  sobresaliendo del flanco derecho del mazacote, irrumpen las ventanas de un edificio de gente de paso, prescindiendo de su exhibición desde el trauma de lo que me ocurrió un verano. Concretamente el que pasé redactando una tesina extensa, intensa y virgen de lectura no forzosa. El mamotreto lo amasé, además, bajo la veda de alivios por estar también condenado por una de mis ruinas cíclicas. Para colmo, en uno de mis alardes manazas me las arreglé para desvencijar con pocos días de diferencia el mecanismo corredero de la cortina y el de la persiana de la salita desde la que escribo. De manera que ahí tuve que estar yo, dándolo todo por revolucionar el conocimiento histórico bajo el acoso del sol y el calor, ya que tampoco me atrevía a cambiar de habitación el chiringuito informático desde la certidumbre de que algo luego no funcionaría.

Como todo es susceptible de empeorar, en la cercana ventana de enfrente a una pareja le dio por no parar ‘dale que te pego’ a todas horas, desbragados también aunque en su caso desconozco si forzosamente de cortina y persiana. Aunque hubiesen incitado al voyeurismo, que más bien no, mejorando lo escribiente, el problema era concentrase en semejantes circunstancias. Además, al terminar, alguno de los dos siempre se asomaba por la ventana, topando invariablemente con la imagen de un tipo que figurarían simulando mirar una pantalla de ordenador. Encima, por las mañanas, si bajaba a desayunar al único sitio que estaba abierto en leguas a la redonda en agosto, allí estaban ellos mirándome con caras raras. Ubicuos e inexorables como las apariciones fantasmales de los relatos de Poe.

Si hubiese optado por escapar a la calle, la sensación fantasmagórica no hubiese mermado por el exilio general a las playas, en un sitio ya de por sí con el tenebrismo bastante desatado, y que ha dado pábulo a  historias que afirmaban que la población se estudiaba en una facultad de arquitectura de Japón como culmen de fealdad. Desconozco si sabiendo allí, además, que cuando muere alguien sale un coche pregonándolo, en ocasiones con alias del finado incluido. Este panorama de cárcel y entierro me recuerda a la tesitura del tío de Tony Soprano, quien estando en el trullo por sus múltiples delitos, para obtener permisos carcelarios decidió acudir a las exequias de todos los italoamericanos  que se iban muriendo en New Jersey, hasta que acabó estallando y desarrollando una neurosis pesimista digna del mismísimo Cioran. Aquí el pesimismo llega a desembocar a veces en  nihilismo, como el que debió embargar al grafitero que en la fachada de una guardería cercana a mi casa escribió “los reyes son los padres”.

Pero bueno, tampoco pasa nada si uno es de un sitio feo, se asume y ya está. Al igual que decía hace años un amigo mío si salíamos por la noche y no ligábamos: “no le des más vueltas: somos feos tío, somos feos”. Además, que el lugar de donde provienes sea horrible a la vista es una vacuna estupenda contra el localismo y hasta contra el nacionalismo, esa “indignidad de tener el alma regida por la geografía”, que escribió alguien.

Jep Gambardella quizás no lograba encontrar la Gran Belleza que detonase su segunda novela, después de décadas de búsqueda, probablemente porque permanecía camuflada entre el esplendor general de la Roma en la que vivía. Pero en los sitios feos la belleza refulge más. Eso lo expresa a la perfección Jeff Bridges en su papel de vieja gloria acabada del country en ‘Corazón Rebelde’, cuando al ir a entrevistarle una joven y tímida periodista a la que, nada más entrar  en el tugurio donde vive, le dice mirando en derredor  “que horrible es todo esto a tu lado”, “hasta que has entrado por la puerta no me he dado cuenta de lo espantoso que es este cuchitril”.

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