Constatación en un domingo de verano (en Molina)

¿Y quién no recuerda siempre,
a todas horas, a oscuras,
la sombra de aquellas caricias
que titubeaban?

José Luis Cuerda

Escribo esto para infligirme una terapéutica constatación: ya no soy joven. Para todo el mundo la evaporación de mi juventud puede ser una obviedad desde hace mucho tiempo, pero para mí la asunción de la circunstancia ha sido mucho más lenta y dolorosa, haciéndolo de manera tan tardía que incluso se cernía el peligro insólito que dentro de un año le fuese a sobrevenir una crisis de los cuarenta a un muchacho en plena juventud. El caballo te puede dar muchos revolcones, pero ahí sigue uno manoteando para intentar asir de nuevo las riendas con la incoherencia de quien pretende cabalgar un tigre salvaje, albergando la vana ilusión del que todavía aspira a ir en volandas por la vida, amarrándote para ello a la cancha como equipo sudamericano en Copa América, o mi amigo Pochitov al Musik ya sin música.

Pero cuando uno tiene se tiene que humillar y ponerse unos pantalones cortos para ejercitarse combatiendo una incipiente barriga, o se escruta día sí día también la coronilla temiendo evoluciones más devastadoras que las del agujero de la capa de ozono, ya no hay ‘dulce pájaro de juventud’ que pueda sostener su trino. Por no mencionar el estar dándolo todo arrastrando tu talento enrobinando pendiente y que te escupan un “tú debiste ligar mucho…..en tus tiempos”. Frente a esto, uno se queda exangüe, y solo le queda apelar a lemas rancios como el de cierta marca de colonia dirigida a caballeros maduros, que proclamaba que impregnarte con su esencia significaba detentar “la diferencia entre los hombres y los chicos”.

Ahora le dan a uno ganas de vivir en la Viena de entreguerras que cuenta Zweig, en la que los jóvenes se teñían de gris porque la juventud era la peste y para ser importante o meramente tenido en cuenta había que aparentar vejez, bien lejos de este ‘forever young’ de ahora, extinguido ya hace tiempo también el espíritu de esas juventudes anarquistas que a diferencia de las socialistas o comunistas no ponían límite alguno de edad para militar en ellas.

Sales de noche y menguan los sitios en los que no estás fuera de lugar, y a partir de cierta hora ya no hay ninguno, como bien saben las tías de mi generación que no asoman el pelo, imbuidas de toda la dignidad que nos falta a nosotros. Por no hablar de las comidas con la totalidad de tu grupo de amigos, en el que sin darte cuenta de repente han florecido un montón de niños pequeños, preguntándote de dónde cojones ha salido tanto crío así como de repente.

Con todo, uno tiene la sensación  de que nunca va a madurar, que pasará de lo verde a lo podrido directamente, trabajado por el paso del tiempo, que suele quitarte todo lo que preveías sin dejarte más que las migajas de lo que aguardabas, con el regusto a ceniza en la boca que dejan los fracasos aunque se intenten enjuagar con besos. “Hablo con la humildad, con la desilusión, la gratitud de quien vivió de la limosna de la vida” escribió José Hierro, y si a uno a día de hoy le conmueve esto es que ha dejado de ser joven. No tiene nada que ver ya con los adolescentes de la fea ciudad en la que vivo, que en pleno invierno las noches de los fines de semana copan los bancos de la plaza del ayuntamiento, sin dinero para meterse en ningún sitio, ni siquiera para hacer botelleo, desafiando al frío, a la tristeza, al consumismo, a la crisis, al capitalismo y a lo que se les ponga por delante, incluyendo al tiempo.

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