Vísperas de malaje

Puede parecer mentira, pero en estos tiempos de ligoteo directo por guasaps, redes sociales o tínderes, todavía hay cosas que se cuecen como siempre, con prolegómenos repletos de obstáculos en los que se siguen prodigando malajes épicos, que desde luego serán cometidos por ambas partes, aunque me vais a permitir que hable preferentemente de los de ellas, porque solo faltaba que no se le permitiese a cada uno sangrar por su herida.

En el escalafón de las maldades debería estar el darle a un pobre diablo un número de teléfono hurtándole a propósito la última cifra, para que el infeliz tenga que llamar a todas las combinaciones posibles, devanándose en un devaneo que con tanto divismo por la otra parte no puede augurar nada bueno. Claro, que también hay malajes que si se realizan por una buena causa son más perdonables, como el que hizo una conocida mía tras saber que iba a compartir techo en habitaciones separadas con alguien que le gustaba, para cuya seducción ideó el sortilegio de envenenarle la almohada con su perfume, sutileza que hay que reconocer que difícilmente concebiría un tío, siendo ya complicado incluso que llegue a captarla.

Lo que sí que nunca voy a entender de algunas de ellas en estas tesituras es lo que podríamos llamar su “gestión del silencio”. Admito que pese a que te hayan dado el móvil, cuando te lances a dar el primer paso puedas quedar expuesto a que te basureen con una callada por respuesta. Entra dentro de las reglas del juego, se asume y ya está. Pero ya resulta menos entendible que tú uses algún prosaísmo para romper el hielo y que te contesten después de un muy dilatado periodo de tiempo, extensible incluso a cuatro o cinco días, haciendo ya imposible una naturalidad de por sí bastante espuria en estas situaciones, de manera que se deja así el mismo margen a la espontaneidad que el que debe prever el protocolo de la Casa Imperial Japonesa para sus cosas, con lo que entre esto y el revenimiento consiguiente a la absurda espera uno al final acaba desistiendo, y encima con peste a desinterés e inconstancia propia.

Claro que puede haber experiencias preliminares mucho peores, como la que padeció un amigo mío que teniéndola ya en casa y estando a punto no solo fue parado en seco porque sí, sino que además la tía mientras se iba todavía tuvo el cuajo de soltarle con muchas leyes un “y ahora no te vayas a masturbar pensando en mí”, incurriendo así en el totalitarismo más descarnado, nunca mejor dicho.

Aunque el ‘zasca’ más épico, que tuvo un arte que para hacerlo entendible en términos masculinos universales sería equivalente al taconazo de Guti en Riazor o al gol de toque sutil de Ronaldinho en Stanford Bridge, se lo propinó merecidamente por buitre a un amigo otra buena amiga mía con la que él nunca había hablado, aunque la tenía más que fichada, cuando al coincidir los dos en la cola de un baño, mi amigo expresando una duda de credibilidad insostenible le preguntó:

-“¿Tú eres amiga de Víctor?”

– A lo que ella respondió “sí”, girando acto seguido la cabeza y dando por concluida la conversación.

19-11-2015

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