El auto whatsapp

La torpeza es un atributo letal en esta era de ‘hiperconexión’ tecnológica. Quien más quien menos, acumula errores veniales como enviarse un tuit a sí mismo en vez de al destinatario pretendido, o bien, ha estado a punto o incluso materializado la publicación en el muro de Facebook de un nombre que tan solo se quería escribir en el buscador, efectuando así un homenaje involuntario a la otra persona, que de repente se ve alentada como los ciclistas a los que se les estampa su nombre en el asfalto de los puertos de las etapas de montaña.

Correos electrónicos para enviar un currículum requerido, que la precipitación hace enviar sin adjuntar el archivo correspondiente, en un aturullamiento especialmente lesivo si el trabajo pretendido es en el ámbito de las nuevas tecnologías. Cosa que a mí no me ha sucedido ni espero que me vuelva a suceder nunca más. En cambio, sí he dejado por imposible evitarme el sobresalto producido por el silbido de aviso del email recién auto enviado (voluntariamente). Por si sirve de descargo, leí que Einstein no dejaba de aguardar ilusionado como un infeliz todos los años la llegada de la primavera, pese a que invariablemente siempre le acarreaba una feroz astenia. De manera que si hasta los genios tienen problemas en ocasiones con el principio de causalidad, que no nos ocurrirá a los encarnados en carne mortal.

Por no entrar en otra vertiente, como es la de los ‘accidentes tecnológicos’ no debidos a torpeza alguna, si acaso a la negligencia de, por ejemplo, no asegurarte de tener el móvil bloqueado. Con todo, esto también puede dar lugar a insospechadas y felices consecuencias, como las sobrevenidas una vez en tiempos SMS al enviar un accidental mensaje en blanco. Aunque esta ‘serendipia’ fue cuestionada por el examen pericial de un riguroso comité de amigos en modo comadre, que detectó la necesidad de que el azar hubiese concatenado en el teléfono hasta ocho precisos pasos, cuya ligazón fortuita, según ellos, dejaba en cosa pedestre los zigzagueos imposibles adjudicados a la ‘bala mágica’ justificativa de la existencia de un asesino solitario en la muerte de Kennedy.

Nadie está a salvo de pifiarla con estrépito, en la vida en general y no digamos con el WhatsApp en particular. Da igual lo inteligente que uno sea, que se tenga una titulación técnica obtenida a curso por año en una universidad pública, que se haya culminado un doctorado, o se domine uno de los idiomas más difíciles que pueda existir sobre la faz de la tierra. Que siempre llega tu hora:

Con todo, la frontera entre cometer una estupidez y una genialidad puede ser mucho más porosa de lo que parece, ya que hablar con nuestro yo ebrio de la noche anterior seguro que va más allá de la ensoñación de cualquier genio visionario de Palo Alto, o de la fértil imaginación tenebrista de los guionistas de Black Mirror. Y mientras tanto, la espectadora de semejante diálogo de singularidad cósmica muda. Seguro que por no romper la magia del momento.

 

10-9-2015
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