Hipocondría y decadencia

Por si no se tuviesen a estas alturas de la vida ya bastantes obsesiones todavía me va apareciendo alguna nueva, y no precisamente del tipo que tendría en mente cierto escritor para afirmar que “si no tienes al menos una obsesión tu vida no merece la pena”. A la recién llegada podemos llamarla hipocondría, más bien por inexistencia de un término científico exacto que mente el pavor lógico a que uno recoja lo que lleva sembrando mucho tiempo, con dietas manifiestamente mejorables, ejercicios físicos notoriamente parcos, así como generosas ingestas de nicotina que se retrotraen a cuando uno producía agua limón por toda simiente.

Antes de los temores hipocondríacos, es decir hasta antesdeayer mismo, uno todavía se iba haciendo el valentón alardeando de que sus últimas zapatillas deportivas databan de primero de BUP, o que el último reconocimiento médico se lo había hecho con treinta años, ofreciendo unos imprevistos buenos resultados, por lo que urgía seguir haciendo lo mismo las siguientes tres décadas, por aquello de que lo semejante llama a lo semejante. Idiotez mayúscula que tampoco era del todo descartable que enmascarase una alergia a las pruebas médicas, considerando que en aquellas últimas que hice, de empresa, los trabajadores tuvimos que pasar en un momento dado por la poco glamurosa circunstancia de coincidir en una sala de espera acarreando nuestras respectivas micciones en muestras envasadas, cuya transparencia (la de los tarros se entiende) provocaba una fuga de intimidad que se escapaba también, con perdón, a chorros.

Otro temor subyacente a la recién estrenada hipocondría es que a estas alturas se tiene la sensación de haber padecido muchas de las desgracias estándar que le pueden caer hoy en día a un murciano medio, sin excluir tampoco la comparecencia de alguna realmente exótica, en infortunios que uno tiende a pensar no haber convocado, con lo que se acaba albergando auténtico terror a la jugarreta que es capaz de deparar el destino si se le tienta de verdad, de manera que ahora, por no hablar de temores más crudos, cuando me sobreviene la tos pienso que se va a quedar para siempre, de la misma forma que un dolor de muelas hace temer que lo próxima que escriba aquí lo haga ya parcialmente desdentado.

Supongo que si no una hipocondría desbocada, sí una cierta lógica preocupación por la salud es consustancial a lo que pomposamente podemos llamar el amanecer de la decadencia, habiendo dejado atrás aquella sensación de invulnerabilidad, como se fue también aquella otra autopercepción de crecimiento permanente en un espacio infinito, para verte ahora en cambio menguante entre paredes que cada vez se estrechan más. Así, uno barrunta que ha de amoldarse a la gestión de una decadencia que cuesta asumir, de la misma forma que a comienzos del siglo XVII el Conde Duque de Olivares se resistía a captar el ocaso de la monarquía que gobernaba, moviendo sobre un mapa de Europa ejércitos de existencia fantasmagórica, totalmente rebelado frente a la realidad, aunque con todo hay que reconocer que siempre ha tenido más mérito rebelarse en decadencia, y además siempre se puede contar con ese excepcional combustible que es la rabia acumulada.

27-1-2016

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